DÍA DOMINGO
Contuvo un instante la respiración, clavó las uñas en la palma de sus manos y dijo, muy rápido:
"Estoy enamorado de ti". Vio que ella enrojecía bruscamente, como si alguien hubiera golpeado sus mejillas, que eran de una palidez resplandeciente y muy suaves. Aterrado, sintió que la confusión ascendía por él y petrificaba su lengua. Deseó salir corriendo, acabar: en la taciturna mañana de invierno había surgido ese desaliento íntimo que lo abatía siempre en los momentos decisivos.
Unos minutos antes, entre la multitud animada y sonriente que circulaba por el Parque Central de Miraflores, Miguel se repetía aún: "Ahora. Al llegar a la avenida Pardo. Me atreveré. ¡Ah, Rubén, si supieras cómo te odio!". Y antes todavía, en la Iglesia, mientras buscaba a Flora con los ojos, la divisaba al pie de una columna y, abriéndose paso con los codos sin pedir permiso a las señoras que empujaba, conseguía acercársele y saludarla en voz baja, volvía a decirse, tercamente, como esa madrugada, tendido en su lecho, vigilando la aparición de la luz: "No hay más remedio. Tengo que hacerlo hoy día. En la mañana. Ya me las pagarás, Rubén". Y la noche anterior había llorado, por primera vez en muchos años, al saber que se preparaba esa innoble emboscada. La gente seguía en el Parque y la avenida Pardo se hallaba desierta; caminaban por la alameda, bajo los ficus de cabelleras altas y tupidas. "Tengo que apurarme, pensaba Miguel, si no, me friego." Miró de soslayo alrededor: no había nadie, podía intentarlo. Lentamente fue estirando su mano izquierda hasta tocar la de ella; el contacto le reveló que transpiraba. Imploró que ocurriera un milagro, que cesara aquella humillación. "Qué le digo, pensaba, qué le digo." Ella acababa de retirar su mano y él se sentía desamparado y ridículo. Todas las frases radiantes, preparadas febrilmente la víspera, se habían disuelto como globos de espuma.
-Flora -balbuceó-, he esperado mucho tiempo este momento. Desde que te conozco sólo pienso en ti. Estoy enamorado por primera vez, créeme, nunca había conocido una muchacha como tú.
Otra vez una compacta mancha blanca en su cerebro, el vacío. Ya no podía aumentar la presión: la piel cedía como jebe y las uñas alcanzaban el hueso. Sin embargo, siguió hablando, dificultosamente, con grandes intervalos, venciendo el bochornoso tartamudeo, tratando de describir una pasión irreflexiva y total, hasta descubrir, con alivio, que llegaban al primer óvalo de la avenida Pardo, y entonces calló. Entre el segundo y el tercer ficus, pasado el óvalo, vivía Flora. Se detuvieron, se miraron: Flora estaba aún encendida y la turbación había colmado sus ojos de un brillo húmedo. Desolado, Miguel se dijo que nunca le había parecido tan hermosa: una cinta azul recogía sus cabellos y el podía ver el nacimiento de su cuello, y sus orejas, dos signos de interrogación pequeñitos y perfectos.
-Mira, Miguel -dijo Flora; su voz era suave, llena de música, segura-. No puedo contestarte ahora.
Pero mi mamá no quiere que ande con chicos hasta que termine el colegio.
-Todas las mamás dicen lo mismo, Flora -insistió Miguel-. ¿Cómo iba a saber ella? Nos veremos cuando tú digas, aunque sea sólo los domingos.
-Ya te contestaré, primero tengo que pensarlo –dijo Flora, bajando los ojos. Y después de unos segundos añadió-: Perdona, pero ahora tengo que irme, se hace tarde.
Miguel sintió una profunda lasitud, algo que se expandía por todo su cuerpo y lo ablandaba.
-¿No estás enojada conmigo, Flora, no? -dijo humildemente.
-No seas sonso -replicó ella, con vivacidad-. No estoy enojada.
-Esperaré todo lo que quieras -dijo Miguel-. Pero nos seguiremos viendo, ¿no? ¿Iremos al cine esta tarde, no?
-Esta tarde no puedo -dijo ella, dulcemente-. Me ha invitado a su casa Martha.
Una correntada cálida, violenta, lo invadió y se sintió herido, atontado, ante esa respuesta que esperaba y que ahora le parecía una crueldad. Era cierto lo que el Melanés había murmurado, torvamente, a su oído, el sábado en la tarde. Martha los dejaría solos, era la táctica habitual.
Después, Rubén relataría a los pajarracos cómo él y su hermana habían planeado las circunstancias, el sitio y la hora. Martha habría reclamado, en pago de sus servicios, el derecho de espiar detrás de la cortina. La cólera empapó sus manos de golpe.
-No seas así, Flora. Vamos a la matiné como quedamos. No te hablaré de esto. Te prometo.
-No puedo, de veras -dijo Flora-. Tengo que ir donde Martha. Vino ayer a mi casa para invitarme.
Pero después iré con ella al Parque Salazar.
Ni siquiera vio en esas últimas palabras una esperanza. Un rato después contemplaba el lugar donde había desaparecido la frágil figurita celeste, bajo el arco majestuoso de los ficus de la avenida. Era posible competir con un simple adversario, no con Rubén. Recordó los nombres de las muchachas invitadas por Martha, una tarde de domingo. Ya no podía hacer nada, estaba derrotado. Una vez más surgió entonces esa imagen que lo salvaba siempre que sufría una frustración: desde un lejano fondo de nubes infladas de humo negro se aproximaba él, al frente de una compañía de cadetes de la Escuela Naval, a una tribuna levantada en el Parque; personajes vestidos de etiqueta, el sombrero de copa en la mano, y señoras de joyas relampagueantes lo aplaudían. Aglomerada en las veredas, una multitud en la que sobresalían los rostros de sus amigos y enemigos, lo observaba maravillada, murmurando su nombre. Vestido de paño azul, una amplia capa flotando a sus espaldas, Miguel desfilaba delante, mirando el horizonte. Levantada la espada, su cabeza describía media esfera en el aire: allí, en el corazón de la tribuna estaba Flora, sonriendo. En una esquina, haraposo, avergonzado, descubría a Rubén: se limitaba a echarle una brevísima ojeada despectiva. Seguía marchando, desaparecía entre vítores.
Como el vaho de un espejo que se frota, la imagen desapareció. Estaba en la puerta de su casa, odiaba a todo el mundo, se odiaba. Entró y subió directamente a su cuarto. Se echó de bruces en la cama; en la tibia oscuridad, entre sus pupilas y sus párpados, apareció el rostro de la muchacha - "Te quiero, Flora", dijo él en voz alta- y luego Rubén, con su mandíbula insolente y su sonrisa hostil; estaban uno al lado del otro, se acercaban, los ojos de Rubén se torcían para mirarlo burlonamente mientras su boca avanzaba hacía Flora. Saltó de la cama. El espejo del armario le mostró un rostro ojeroso, lívido. "No la veré decidió. No me hará esto, no permitiré que me haga esa perrada."
La avenida Pardo continuaba solitaria. Acelerando el paso sin cesar, caminó hasta el cruce con la avenida Grau; allí vaciló. Sintió frío; había olvidado el saco en su cuarto y la sola camisa no bastaba para protegerlo del viento que venía del mar y se enredaba en el denso ramaje de los ficus con un suave murmullo. La temida imagen de Flora y Rubén juntos le dio valor, y siguió andando. Desde la puerta del bar vecino al cine Montecarlo, los vio en la mesa de costumbre, dueños del ángulo que formaban las paredes del fondo y de la izquierda. Francisco, el Melanés, Tobías, el Escolar lo descubrían y, después de un instante de sorpresa, se volvían hacía Rubén, los rostros maliciosos, excitados. Recuperó el aplomo de inmediato: frente a los hombres sí sabía comportarse.
-Hola -les dijo, acercándose-. ¿Qué hay de nuevo?
-Siéntate -le alcanzó una silla el Escolar-. ¿Qué milagro te ha traído por aquí?
-Hace siglos que no venías -dijo Francisco.
-Me provocó verlos -dijo Miguel, cordialmente-. Ya sabía que estaban aquí. ¿De qué se asombran?
¿O ya no soy un pajarraco?
Tomó asiento entre el Melanés y Tobías. Rubén estaba al frente.
-¡Cuncho! -gritó el Escolar-. Trae otro vaso. Que no esté muy mugriento.
Cuncho trajo el vaso y el Escolar lo llenó de cerveza. Miguel dijo "por los pajarracos" y bebió.
-Por poco te tomas el vaso también -dijo Francisco-. ¡Qué ímpetus!
-Apuesto a que fuiste a misa de una -dijo el Melanés, un párpado plegado por la satisfacción, como siempre que iniciaba algún enredo--. ¿O no?
-Fui -dijo Miguel, imperturbable-. Pero sólo para ver a una hembrita. Nada más.
Miró a Rubén con ojos desafiantes, pero él no se dio por aludido; jugueteaba con los dedos sobre la mesa y, bajito, la punta de la lengua entre los dientes, silbaba La niña Popof, de Pérez Prado.
-¡Buena! -aplaudió el Melanés-. Buena, don Juan. Cuéntanos, ¿a qué hembrita?
-Eso es un secreto.
-Entre los pajarracos no hay secretos -recordó Tobías-. ¿Ya te has olvidado? Anda, ¿quién era?
-Qué te importa -dijo Miguel.
-Muchísimo -dijo Tobías-. Tengo que saber con quién andas para saber quién eres.
-Toma mientras -dijo el Melanés a Miguel-. Una a cero.
-¿A qué adivino quién es? -dijo Francisco-. ¿Ustedes no?
-Yo ya sé -dijo Tobías.
-Y yo -dijo el Melanés. Se volvió a Rubén con ojos y voz muy inocentes-. Y tú, cuñado, ¿adivinas quién es?
-No -dijo Rubén, con frialdad-. Y tampoco me importa.
-Tengo llamitas en el estómago -dijo el Escolar-. ¿Nadie va a pedir una cerveza?
El Melanés se pasó un patético dedo por la garganta:
-I halJen't money, darling -dijo.
-Pago una botella -anunció Tobías, con ademán solemne-. A ver quién me sigue, hay que apagarle las llamitas a este baboso.
-Cuncho, bájate media docena de Cristales -dijo Miguel.
Hubo gritos de júbilo, exclamaciones.
-Eres un verdadero pajarraco -afirmó Francisco.
-Sucio, pulguiento -agregó el Melanés-, sí, señor, un pajarraco de la pitri-mitri.
Cuncho trajo las cervezas. Bebieron. Escucharon al Melanés referir historias sexuales, crudas, extravagantes y afiebradas y se entabló entre Tobías y Francisco una recia polémica sobre fútbol. El Escolar contó una anécdota. Venía de Lima a Miraflores en un colectivo; los demás pasajeros bajaron en la avenida Arequipa. A la altura de Javier Prado subió el cachalote Tomasso, ese albino de dos metros que sigue en Primaria, vive por la Quebrada ¿ya captan?; simulando gran interés por el automóvil comenzó a hacer preguntas al chofer, inclinado hacía el asiento de adelante, mientras rasgaba con una navaja, suavemente, el tapiz del espaldar.
-Lo hacía porque yo estaba ahí -afirmó el Escolar-. Quería lucirse.
-Es un retrasado mental -dijo Francisco-. Esas cosas se hacen a los diez años. A su edad, no tiene gracia.
-Tiene gracia lo que pasó después -rió el Escolar-. Oiga chofer, ¿no ve que este cachalote está destrozando su carro?
-¿Qué? -dijo el chofer, frenando en seco. Las orejas encarnadas, los ojos espantados, el cachalote
Tomasso forcejeaba con la puerta.
-Con su navaja -dijo el Escolar-. Fíjese cómo le ha dejado el asiento.
El cachalote logró salir por fin. Echó a correr por la avenida Arequipa; el chofer iba tras él, gritando: agarren a ese desgraciado.
-¿Lo agarró? -preguntó el Melanés.
-No sé. Yo desaparecí. Y me robé la llave del motor, de recuerdo. Aquí la tengo.
Sacó de su bolsillo una pequeña llave plateada y la arrojó sobre la mesa. Las botellas estaban vacías. Rubén miró su reloj y se puso de pie.
-Me voy -dijo-. Ya nos vemos.
-No te vayas -dijo Miguel-. Estoy rico hoy día. Los invito a almorzar a todos.
Un remolino de palmadas cayó sobre él, los pajarracos le agradecieron con estruendo, lo alabaron.
-No puedo -dijo Rubén-. Tengo que hacer.
-Anda vete nomás, buen mozo -dijo Tobías-. Y salúdame a Marthita.
-Pensaremos mucho en ti, cuñado -dijo el Melanés.
-No -exclamó Miguel-. Invito a todos o a ninguno. Si se va Rubén, nada.
-Ya has oído, pajarraco Rubén -dijo Francisco-, tienes que quedarte.
-Tienes que quedarte -dijo el Melanés-, no hay tu tias.
-Me voy -dijo Rubén.
-Lo que pasa es que estás borracho -dijo Miguel-. Te vas porque tienes miedo de quedar en ridículo delante de nosotros, eso es lo que pasa.
-¿Cuántas veces te he llevado a tu casa boqueando? -dijo Rubén-. ¿Cuántas te he ayudado a subir la reja para que no te pesque tu papá? Resisto diez veces más que tú.
-Resistías -dijo Miguel-. Ahora está difícil. ¿Quieres ver?
-Con mucho gusto -dijo Rubén-. ¿Nos vemos a la noche, aquí mismo?
-No. En este momento. -Miguel se volvió hacía los demás, abriendo los brazos- Pajarracos, estoy haciendo un desafío.
Dichoso, comprobó que la antigua fórmula conservaba intacto su poder. En medio de la ruidosa alegría que había provocado, vio a Rubén sentarse, pálido.
-¡Cuncho! -gritó Tobías-. El menú. Y dos piscinas de cerveza. Un pajarraco acaba de lanzar un desafío.
Pidieron bistecs a la chorrillana y una docena de cervezas. Tobías dispuso tres botellas para cada uno de los competidores y las demás para el resto. Comieron hablando apenas. Miguel bebía después de cada bocado y procuraba mostrar animación, pero el temor de no resistir lo suficiente crecía a medida que la cerveza depositaba en su garganta un sabor ácido. Cuando acabaron las seis botellas, hacía rato que Cuncho había retirado los platos.
-Ordena tú -dijo Miguel a Rubén.
-Otras tres por cabeza.
Después del primer vaso de la nueva tanda, Miguel sintió que los oídos le zumbaban; su cabeza era una lentísima ruleta, todo se movía.
-Me hago pis -dijo-. Voy al baño.
Los pajarracos rieron.
-¿Te rindes? -preguntó Rubén.
-Voy a hacer pis -gritó Miguel-. Si quieres, que traigan más.
En el baño, vomitó. Luego se lavó la cara, detenidamente, procurando borrar toda señal reveladora. Su reloj marcaba las cuatro y media. Pese al denso malestar, se sintió feliz. Rubén ya no podía hacer nada. Regresó donde ellos.
-Salud --dijo Rubén, levantando el vaso.
"Está furioso, pensó Miguel. Pero ya lo fregué."
-Huele a cadáver--dijo el Melanés--. Alguien se nos muere por aquí.
-Estoy nuevecito -aseguró Miguel, tratando de dominar el asco y el mareo.
-Salud -repetía Rubén.
Cuando hubieron terminado la última cerveza, su estómago parecía de plomo, las voces de los otros llegaban a sus oídos como una confusa mezcla de ruidos. Una mano apareció de pronto bajo sus ojos, era blanca y de largos dedos, lo cogía del mentón, lo obligaba a alzar la cabeza, la cara de Rubén había crecido. Estaba chistoso, tan despeinado y colérico.
-¿Te rindes, mocoso?
Miguel se incorporó de golpe y empujó a Rubén, pero antes que el simulacro prosperara, intervino el Escolar.
-Los pajarracos no pelean nunca -dijo, obligándolos a sentarse-. Los dos están borrachos. Se acabó. Votación.
El Melanés, Francisco y Tobías accedieron a otorgar el empate, de mala gana.
-Yo ya había ganado -dijo Rubén-. Este no puede ni hablar. Mírenlo.
Efectivamente, los ojos de Miguel estaban vidriosos, tenía la boca abierta y de su lengua chorreaba un hilo de saliva.
-Cállate -dijo el Escolar-. Tú no eres un campeón que digamos, tomando cerveza.
-No eres un campeón tomando cerveza -subrayó el Melanés-. Sólo eres un campeón de natación, el trome de las piscinas.
-Mejor tú no hables -dijo Rubén--; ¿no ves que la envidia te corroe?
-Viva la Esther Williams de Miraflores -dijo el Melanés.
-Tremendo vejete y ni siquiera sabes nadar--dijo Rubén-. ¿No quieres que te dé unas clases?
-Ya sabemos, maravilla -dijo el Escolar-. Has ganado un campeonato de natación. Y todas las chicas se mueren por ti. Eres un campeoncito.
-Este no es campeón de nada -dijo Miguel, con dificultad-. Es pura pose.
-Te estás muriendo -dijo Rubén-. ¿Te llevo a tu casa, niñita?
-No estoy borracho -aseguró Miguel-. Y tú eres pura pose.
-Estás picado porque le voy a caer a Flora -dijo Rubén--. Te mueres de celos. ¿Crees que no capto las cosas?
-Pura pose -dijo Miguel-. Ganaste porque tu padre es Presidente de la Federación, todo el mundo sabe que hizo trampa, descalificó al Conejo Villarán, sólo por eso ganaste.
-Por lo menos nado mejor que tú -dijo Rubén-, que ni siquiera sabes correr olas.
-Tú no nadas mejor que nadie -dijo Miguel-. Cualquiera te deja botado.
-Cualquiera -dijo el Melanés-. Hasta Miguel, que es una madre.
-Permítanme que me sonría -dijo Rubén.
-Te permitimos -dijo Tobías-. No faltaba más.
-Se me sobran porque estamos en invierno -dijo Rubén-. Si no, los desafiaba a ir a la playa, a ver si en el agua son tan sobrados.
-Ganaste el campeonato por tu padre -dijo Miguel-. Eres pura pose. Cuando quieras nadar conmigo, me avisas nomás, con toda confianza. En la playa, en el Terrazas, donde quieras.
-En la playa -dijo Rubén-. Ahora mismo.
-Eres pura pose -dijo Miguel.
El rostro de Rubén se iluminó de pronto y sus ojos, además de rencorosos, se volvieron arrogantes.
-Te apuesto a ver quién llega primero a la reventazón -dijo.
-Pura pose -dijo Miguel.
-Si ganas -dijo Rubén-, te prometo que no le caigo a Flora. Y si yo gano tú te vas con la música a otra parte.
-¿Qué te has creído? -balbuceó Miguel-. Maldita sea, ¿qué es lo que te has creído?
-Pajarracos -dijo Rubén, abriendo los brazos-, estoy haciendo un desafío.
-Miguel no está en forma ahora -dijo el Escolar-. ¿Por qué no se juegan a Flora a cara o sello?
-Y tú por qué te metes -dijo Miguel-. Acepto. Vamos a la playa.
-Están locos -dijo Francisco-. Yo no bajo a la playa con este frío. Hagan otra apuesta.
-Ha aceptado -dijo Rubén-. Vamos.
-Cuando un pajarraco hace un desafío, todos se meten la lengua al bolsillo -dijo Melanés-. Vamos a la playa. Y si no se atreven a entrar al agua, los tiramos nosotros.
-Los dos están borrachos -insistió el Escolar-. El desafío no vale.
-Cállate, Escolar -rugió Miguel-. Ya estoy grande, no necesito que me cuides.
-Bueno -dijo el Escolar, encogiendo los hombros-. Friégate, nomás.
Salieron. Afuera los esperaba una atmósfera quieta, gris. Miguel respiró hondo; se sintió mejor.
Caminaban adelante Francisco, el Melanés y Rubén. Atrás, Miguel y el Escolar. En la avenida Grau había algunos transeúntes; la mayoría, sirvientas de trajes chillones en su día de salida. Hombres cenicientos, de gruesos cabellos lacios, merodeaban a su alrededor y las miraban con codicia; ellas reían mostrando sus dientes de oro. Los pajarracos no les prestaban atención. Avanzaban a grandes trancos y la excitación los iba ganando, poco a poco.
-¿Ya se te pasó? -dijo el Escolar.
-Si -respondió Miguel-. El aire me ha hecho bien.
En la esquina de la avenida Pardo, doblaron. Marchaban desplegados como una escuadra, en una misma línea, bajo los ficus de la alameda, sobre las losetas hinchadas a trechos por las enormes raíces de los árboles que irrumpían a veces en la superficie como garfios. Al bajar por la Diagonal, cruzaron a dos muchachas. Rubén se inclinó, ceremonioso.
-Hola, Rubén -cantaron ellas, a dúo.
Tobías las imitó, aflautando la voz:
-Hola, Rubén, príncipe.
La avenida Diagonal desemboca en una pequeña quebrada que se bifurca; por un lado, serpentea el Malecón, asfaltado y lustroso; por el otro, hay una pendiente que contornea el cerro y llega hasta el mar. Se llama "la bajada a los baños", su empedrado es parejo y brilla por el repaso de las llantas de los automóviles y los pies de los bañistas de muchísimos veranos.
-Entremos en calor, campeones -gritó el Melanés, echándose a correr. Los demás lo imitaron.
Corrían contra el viento y la delgada bruma que subían desde la playa, sumidos en un emocionante torbellino; por sus oídos, su boca y sus narices penetraba el aire a sus pulmones y una sensación de alivio y desintoxicación se expandía por su cuerpo a medida que el declive se acentuaba y en un momento sus pies no obedecían ya sino a una fuerza misteriosa que provenía de lo más profundo de la tierra. Los brazos como hélices, en sus lenguas un aliento salado, los pajarracos descendieron la bajada a toda carrera, hasta la plataforma circular, suspendida sobre el edificio de las casetas. El mar se desvanecía a unos cincuenta metros de la orilla, en una espesa nube que parecía próxima a arremeter contra los acantilados, altas moles oscuras plantadas a lo largo de toda la bahía.
-Regresemos -dijo Francisco-. Tengo frío.
Al borde de la plataforma hay un cerco manchado a pedazos por el musgo. Una abertura señala el comienzo de la escalerilla, casi vertical, que baja hasta la playa. Los pajarracos contemplaban desde allí, a sus pies, una breve cinta de agua libre, y la superficie inusitada, bullente, cubierta por la espuma de las olas.
-Me voy si este se rinde -dijo Rubén.
-¿Quién habla de rendirse? -repuso Miguel-. ¿Pero qué te has creído?
Rubén bajó la escalerilla a saltos, a la vez que se desabotonaba la camisa.
-¡Rubén! --gritó el Escolar-. ¿Estás loco? ¡Regresa!
Pero Miguel y los otros también bajaban y el Escolar los siguió.
En el verano, desde la baranda del largo y angosto edificio recostado contra el cerro, donde se hallan los cuartos de los bañistas, hasta el límite curvo del mar, había un declive de piedras plomizas donde la gente se asoleaba. La pequeña playa hervía de animación desde la mañana hasta el crepúsculo. Ahora el agua ocupaba el declive y no había sombrillas de colores vivísimos, ni muchachas elásticas de cuerpos tostados, no resonaban los gritos melodramáticos de los niños y de las mujeres cuando una ola conseguía salpicarlos antes de regresar arrastrando rumorosas piedras y guijarros, no se veía ni un hilo de playa, pues la corriente inundaba hasta el espacio limitado por las sombrías columnas que mantienen el edificio en vilo, y, en el momento de la resaca, apenas se descubrían los escalones de madera y los soportes de cemento, decorados por estalactitas y algas.
-La reventazón no se ve -dijo Rubén-. ¿Cómo hacemos?
Estaban en la galería de la izquierda, en el sector correspondiente a las mujeres; tenían los rostros serios.
-Esperen hasta mañana -dijo el Escolar-. Al mediodía estará despejado. Así podremos controlarlos. -Ya que hemos venido hasta aquí que sea ahora -dijo el Melanés-. Pueden controlarse ellos mismos.
-Me parece bien -dijo Rubén-. ¿Y a ti?
-También -dijo Miguel.
Cuando estuvieron desnudos, Tobías bromeó acerca de las venas azules que escalaban el vientre liso de Miguel. Descendieron. La madera de los escalones, lamida incesantemente por el agua desde hacía meses, estaba resbaladiza y muy suave. Prendido al pasamanos de hierro para no caer, Miguel sintió un estremecimiento que subía desde la planta de sus pies al cerebro. Pensó que, en cierta forma, la neblina y el frío lo favorecían, el éxito ya no dependía de la destreza, sino sobre todo de la resistencia, y la piel de Rubén estaba también cárdena, replegada en millones de carpas pequeñísimas. Un escalón más abajo, el cuerpo armonioso de Rubén se inclinó; tenso, aguardaba el final de la resaca y la llegada de la próxima ola, que venía sin bulla, airosamente, despidiendo por delante una bandada de trocitos de espuma. Cuando la cresta de la ola estuvo a dos metros de la escalera, Rubén se arrojó: los brazos como lanzas, los cabellos alborotados por la fuerza del impulso, su cuerpo cortó el aire rectamente y cayó sin doblarse, sin bajar la cabeza ni plegar las piernas, rebotó en la espuma, se hundió apenas y, de inmediato, aprovechando la marea, se deslizó hacia adentro; sus brazos aparecían y se hundían entre un burbujeo frenético y sus pies iban trazando una estela cuidadosa y muy veloz. A su vez, Miguel bajó otro escalón y esperó la próxima ola. Sabía que el fondo allí era escaso, que debía arrojarse como una tabla, duro y rígido, sin mover un músculo, o chocaría contra las piedras. Cerró los ojos y saltó, y no encontró el fondo, pero su cuerpo fue azotado desde la frente hasta las rodillas, y surgió un vivísimo escozor mientras braceaba con todas sus fuerzas para devolver a sus miembros el calor que el agua les había arrebatado de golpe. Estaba en esa extraña sección del mar de Miraflores vecina a la orilla, donde se encuentran la resaca y las olas, y hay remolinos y corrientes encontradas, y el último verano distaba tanto que Miguel había olvidado cómo franquearla sin esfuerzo. No recordaba que es preciso aflojar el cuerpo y abandonarse, dejarse llevar sumisamente a la deriva, bracear sólo cuando se salva una ola y se está sobre la cresta, en esa plancha liquida que escolta a la espuma y flota encima de las corrientes. No recordaba que conviene soportar con paciencia y cierta malicia ese primer contacto con el mar exasperado de la orilla que tironea los miembros y avienta chorros a la boca y los ojos, no ofrecer resistencia, ser un corcho, limitarse a tomar aire cada vez que una ola se avecina, sumergirse -apenas si reventó lejos y viene sin ímpetu, o hasta el mismo fondo si el estallido es cercano-, aferrarse a alguna piedra y esperar atento el estruendo sordo de su paso, para emerger de un solo impulso y continuar avanzando disimuladamente con las manos, hasta encontrar un nuevo obstáculo y entonces ablandarse, no combatir contra los remolinos, girar voluntariamente en la espiral lentísima y escapar de pronto, en el momento oportuno, de un solo manotazo. Luego, surge de improviso una superficie calma, conmovida por tumbos inofensivos; el agua es clara, llana, y en algunos puntos se divisan las opacas piedras submarinas.
Después de atravesar la zona encrespada, Miguel se detuvo, exhausto, y tomó aire. Vio a Rubén a poca distancia, mirándolo. El pelo le caía sobre la frente en cerquillo; tenía los dientes apretados.
-¿Vamos?
-Vamos.
A los pocos minutos de estar nadando, Miguel sintió que el frío, momentáneamente desaparecido, lo invadía de nuevo, y apuró el pataleo porque era en las piernas, en las pantorrillas sobre todo, donde el agua actuaba con mayor eficacia, insensibilizándolas primero, luego endureciéndolas.
Nadaba con la cara sumergida y, cada vez que el brazo derecho se hallaba afuera, volvía la cabeza para arrojar el aire retenido y tomar otra provisión con la que hundía una vez más la frente y la barbilla, apenas, para no frenar su propio avance y, al contrario, hendir el agua como una proa y facilitar el desliz. A cada brazada veía con un ojo a Rubén, nadando sobre la superficie, suavemente, sin esfuerzo, sin levantar espuma ahora, con la delicadeza y la facilidad de una gaviota que planea. Miguel trataba de olvidar a Rubén y al mar y a la reventazón (que debía estar lejos aún, pues el agua era limpia, sosegada, y sólo atravesaban tumbos recién iniciados), quería recordar únicamente el rostro de Flora, el vello de sus brazos que en los días de sol centelleaba como un diminuto bosque de hilos de oro, pero no podía evitar que, a la imagen de la muchacha, sucediera otra, brumosa, excluyente, atronadora, que caía sobre Flora y la ocultaba, la imagen de una montaña de agua embravecida, no precisamente la reventazón (a la que había llegado una vez hacía dos veranos, y cuyo oleaje era intenso, de espuma verdosa y negruzca, porque en ese lugar, más o menos, terminaban las piedras y empezaba el fango que las olas extraían a la superficie y entreveraban con los nidos de algas y malaguas, tiñendo el mar), sino, más bien, en un verdadero océano removido por cataclismos interiores, en el que se elevaban olas descomunales, que hubieran podido abrazar a un barco entero y lo hubieran revuelto con asombrosa rapidez, despidiendo por los aires a pasajeros, lanchas, mástiles, velas, boyas, marineros, ojos de buey y banderas.
Dejó de nadar, su cuerpo se hundió hasta quedar vertical, alzó la cabeza y vio a Rubén que se alejaba. Pensó llamarlo con cualquier pretexto, decirle "por qué no descansamos un momento", pero no lo hizo. Todo el frío de su cuerpo parecía concentrarse en las pantorrillas, sentía los músculos agarrotados, la piel tirante, el corazón acelerado. Movió los pies febrilmente. Estaba en el centro de un círculo de agua oscura, amurallado por la neblina. Trató de distinguir la playa, o cuando menos la sombra de los acantilados, pero esa gasa equivoca que se iba disolviendo a su paso, no era transparente. Sólo veía una superficie breve, verde negruzca, y un manto de nubes, aras de agua. Entonces, sintió miedo. Lo asaltó el recuerdo de la cerveza que había bebido, y pensó ''fijo que eso me ha debilitado". Al instante pareció que sus brazos y piernas desaparecían. Decidió regresar, pero después de unas brazadas en dirección a la playa, dio media vuelta y nadó lo más ligero que pudo. "No llego a la orilla solo, se decía, mejor estar cerca de Rubén, si me agoto le diré me ganaste pero regresemos." Ahora nadaba sin estilo, la cabeza en alto, golpeando el agua con los brazos tiesos, la vista clavada en el cuerpo imperturbable que lo precedía.
La agitación y el esfuerzo desentumecieron sus piernas, su cuerpo recobró algo de calor, la distancia que lo separaba de Rubén había disminuido y eso lo serenó. Poco después lo alcanzaba; estiró un brazo, cogió uno de sus pies. Instantáneamente el otro se detuvo. Rubén tenía muy enrojecidas las pupilas y la boca abierta.
-Creo que nos hemos torcido -dijo Miguel-. Me parece que estamos nadando de costado a la playa.
Sus dientes castañeteaban, pero su voz era segura. Rubén miró a todos lados. Miguel lo observaba, tenso.
-Ya no se ve la playa -dijo Rubén.
-Hace mucho rato que no se ve -dijo Miguel-. Hay mucha neblina.
-No nos hemos torcido -dijo Rubén-. Mira. Ya se ve la espuma.
En efecto, hasta ellos llegaban unos tumbos condecorados por una orla de espuma que se deshacía y, repentinamente, rehacía. Se miraron, en silencio.
-Ya estamos cerca de la reventazón, entonces -dijo, al fin, Miguel.
-Si. Hemos nadado rápido.
-Nunca había visto tanta neblina.
-¿Estás muy cansado? -preguntó Rubén.
-¿Yo? Estás loco. Sigamos.
Inmediatamente lamentó esa frase, pero ya era tarde. Rubén había dicho "bueno, sigamos".
Llegó a contar veinte brazadas antes de decirse que no podía más: casi no avanzaba, tenía la pierna derecha seminmovilizada por el frío, sentía los brazos torpes y pesados. Acezando, gritó "¡Rubén!". Este seguía nadando. "¡Rubén, Rubén!". Giró y comenzó a nadar hacía la playa, a chapotear más bien, con desesperación, y de pronto rogaba a Dios que lo salvara, sería bueno en el futuro, obedecería a sus padres, no faltaría a la misa del domingo y, entonces, recordó haber confesado a los pajarracos "voy a la iglesia sólo a ver a una hembrita" y tuvo una certidumbre como una puñalada: Dios iba a castigarlo, ahogándolo en esas aguas turbias que golpeaba frenético, aguas bajo las cuales lo aguardaba una muerte atroz y, después, quizás, el infierno. En su angustia surgió entonces como un eco, cierta frase pronunciada alguna vez por el padre Alberto en la clase de religión, sobre la bondad divina que no conoce límites, y mientras azotaba el mar con los brazos - sus piernas colgaban como plomadas transversales-, moviendo los labios rogó a Dios que fuera bueno con él, que era tan joven, y juró que iría al seminario si se salvaba, pero un segundo después rectificó, asustado, y prometió que en vez de hacerse sacerdote haría sacrificios y otras cosas, daría limosnas y Ahí descubrió que la vacilación y el regateo en ese instante critico podían ser fatales y entonces sintió los gritos enloquecidos de Rubén, muy próximos, y volvió la cabeza y lo vio, a unos diez metros, media cara hundida en el agua, agitando un brazo, implorando: "¡Miguel, hermanito, ven, me ahogo, no te vayas!".
Quedó perplejo, inmóvil, y fue de pronto como si la desesperación de Rubén fulminara la suya; sintió que recobraba el coraje, la rigidez de sus piernas se atenuaba.
-Tengo calambre en el estómago -chillaba Rubén-. No puedo más, Miguel. Sálvame, por lo que más quieras, no me dejes, hermanito.
Flotaba hacía Rubén, y ya iba a acercársele cuando recordó, los náufragos sólo atinan a prenderse como tenazas de sus salvadores y los hunden con ellos, y se alejó pero los gritos lo aterraban y presintió que si Rubén se ahogaba él tampoco llegaría a la playa, y regresó. A dos metros de Rubén, algo blanco y encogido que se hundía y emergía, gritó: "no te muevas, Rubén, te voy a jalar pero no trates de agarrarme, si me agarras nos hundimos. Rubén, te vas a quedar quieto, hermanito, yo te voy a jalar de la cabeza, no me toques". Se detuvo a una distancia prudente, alargó una mano hasta alcanzar los cabellos de Rubén. Principió a nadar con el brazo libre, esforzándose todo lo posible por ayudarse con las piernas. El desliz era lento, muy penoso, acaparaba todos sus sentidos, apenas escuchaba a Rubén quejarse monótonamente, lanzar de pronto terribles alaridos, "me voy a morir, sálvame, Miguel", o estremecerse por las arcadas. Estaba exhausto cuando se detuvo. Sostenía a Rubén con una mano, con la otra trazaba círculos en la superficie. Respiró hondo por la boca.
Rubén tenía la cara contraída por el dolor, los labios plegados en una mueca insólita.
-Hermanito -susurró Miguel-, ya falta poco, haz un esfuerzo. Contesta, Rubén. Grita. No te quedes así. Lo abofeteó con fuerza y Rubén abrió los ojos, movió la cabeza débilmente.
-Grita, hermanito -repitió Miguel-. Trata de estirarte. Voy a sobarte el estómago. Ya falta poco, no te dejes vencer.
Su mano buscó bajo el agua, encontró una bola dura que nacía en el ombligo de Rubén y ocupaba gran parte del vientre. La repasó, muchas veces, primero despacio, luego fuertemente, y Rubén gritó: "¡no quiero morirme, Miguel, sálvame!".
Comenzó a nadar de nuevo, arrastrando a Rubén esta vez de la barbilla. Cada vez que un tumbo los sorprendía, Rubén se atragantaba, Miguel le indicaba a gritos que escupiera. Y siguió nadando, sin detenerse un momento, cerrando los ojos a veces, animado porque en su corazón había brotado una especie de confianza, algo caliente y orgulloso, estimulante, que lo protegía contra el frío y la fatiga. Una piedra raspó uno de sus pies y él dio un grito y apuró. Un momento después podía pararse y pasaba los brazos en torno a Rubén. Teniéndolo apretado contra él, sintiendo su cabeza apoyada en uno de sus hombros, descansó largo rato. Luego ayudó a Rubén a extenderse de espaldas, y soportándolo en el antebrazo, lo obligó a estirar las rodillas; le hizo masajes en el vientre hasta que la dureza fue cediendo. Rubén ya no gritaba, hacía grandes esfuerzos por estirarse del todo y con sus manos se frotaba también.
-¿Estás mejor?
-Si, hermanito, ya estoy bien. Salgamos.
Una alegría inexpresable los colmaba mientras avanzaban sobre las piedras, inclinados hacia adelante para enfrentar la resaca, insensibles a los erizos. Al poco rato vieron las aristas de los acantilados, el edificio de los baños y, finalmente, ya cerca de la orilla, a los pajarracos, en pie en la galería de las mujeres, mirándolos.
-Oye -dijo Rubén.
-Si.
-No les digas nada. Por favor, no les digas que he gritado. Hemos sido siempre muy amigos, Miguel. No me hagas eso.
-¿Crees que soy un desgraciado? -dijo Miguel-. No diré nada, no te preocupes.
Salieron tiritando. Se sentaron en la escalerilla, entre el alboroto de los pajarracos.
-Ya nos íbamos a dar el pésame a las familias -decía Tobías.
-Hace más de una hora que están adentro -dijo el Escolar-. Cuenten, ¿cómo ha sido la cosa?
Hablando con calma, mientras se secaba el cuerpo con la camiseta, Rubén explicó:
-Nada. Llegamos a la reventazón y volvimos. Así somos los pajarracos. Miguel me ganó. Apenas por una puesta de mano. Claro que si hubiera sido en una piscina, habría quedado en ridículo.
Sobre la espalda de Miguel, que se había vestido sin secarse, llovieron las palmadas de felicitación.
-Te estás haciendo un hombre -le decía el Melanés.
Miguel no respondió. Sonriendo, pensaba que esa misma noche iría al Parque Salazar; todo Miraflores sabría ya, por boca del Melanés, que había vencido esa prueba heroica y Flora lo estaría esperando con los ojos brillantes. Se abría, frente a él, un porvenir dorado.
lunes, 2 de mayo de 2011
Primer Año. La Isla del Tesoro de Robert L. Stevenson Capítulos I, II y III
PARTE PRIMERA
EL VIEJO PIRATA
Capítulo 1
Y el viejo marino llegó a la posada del «Almirante Benbow»
El squire Trelawney, el doctor Livesey y algunos otros caballeros me han indicado que ponga por escrito todo lo referente a la Isla del Tesoro, sin omitir detalle, aunque sin mencionar la posición de la isla, ya que todavía en ella quedan riquezas enterradas; y por ello tomo mi pluma en este año de gracia de 17... y mi memoria se remonta al tiempo en que mi padre era dueño de la hostería «Almirante Benbow», y el viejo curtido navegante, con su rostro cruzado por un sablazo, buscó cobijo para nuestro techo.
Lo recuerdo como si fuera ayer, meciéndose como un navío llegó a la puerta de la posada, y tras él arrastraba, en una especie de angarillas, su cofre marino; era un viejo recio, macizo, alto, con el color de bronce viejo que los océanos dejan en la piel; su coleta embreada le caía sobre los hombros de una casaca que había sido azul; tenía las manos agrietadas y llenas de cicatrices, con uñas negras y rotas; y el sablazo que cruzaba su mejilla era como un costurón de siniestra blancura. Lo veo otra vez, mirando la ensenada y masticando un silbido; de pronto empezó a cantar aquella antigua canción marinera que después tan a menudo le escucharía:
«Quince hombres en el cofre del muerto...
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y una botella de ron!»
con aquella voz cascada, que parecía afinada en las barras del cabrestante. Golpeó en la puerta con un palo, una especie de astil de bichero en que se apoyaba, y, cuando acudió mi padre, en un tono sin contemplaciones le pidió que le sirviera un vaso de ron. Cuando se lo trajeron, lo bebió despacio, como hacen los catadores, chascando la lengua, y sin dejar de mirar a su alrededor, hacia los acantilados, y fijándose en la muestra que se balanceaba sobre la puerta de nuestra posada.
-Es una buena rada -dijo entonces-, y una taberna muy bien situada. ¿Viene mucha gente por aquí, eh, compañero? Mi padre le respondió que no; pocos clientes, por desgracia. -Bueno; pues entonces aquí me acomodaré. ¡Eh, tú, compadre! -le gritó al hombre que arrastraba las angarillas-. Atraca aquí y echa una mano para subir el cofre. Voy a hospedarme unos días -continuó-. Soy hombre llano; ron; tocino y huevos es todo lo que quiero, y aquella roca de allá arriba, para ver pasar los barcos. ¿Que cuál es mi nombre? Llamadme capitán. Y, ¡ah!, se me olvidaba, perdona, camarada... -y arrojó tres o cuatro monedas de oro sobre el umbral-. Ya me avisaréis cuando me haya. comido ese dinero -dijo con la misma voz con que podía mandar un barco.
Y en verdad, a pesar de su ropa deslucida y sus expresiones indignas, no tenía el aire de un simple marinero, sino la de un piloto o un patrón, acostumbrado a ser obedecido o a castigar. El hombre que había portado las angarillas nos dijo que aquella mañana lo vieron apearse de la diligencia delante del «Royal George» y que allí se había informado de las hosterías abiertas a lo largo de la costa, y supongo que le dieron buenas referencias de la nuestra, sobre todo lo solitario de su emplazamiento, y por eso la había preferido para instalarse. Fue lo que supimos de él.
Era un hombre reservado, taciturno. Durante el día vagabundeaba en torno a la ensenada o por los acantilados, con un catalejo de latón bajo el brazo; y la velada solía pasarla sentado en un rincón junto al fuego, bebiendo el ron más fuerte con un poco de agua. Casi nunca respondía cuando se le hablaba; sólo erguía la cabeza y resoplaba por la nariz como un cuerno de niebla; por lo que tanto nosotros como los clientes habituales pronto aprendimos a no meternos con él. Cada día, al volver de su caminata, preguntaba si había pasado por el camino algún hombre con aspecto de marino. Al principio pensamos que echaba de menos la compañía de gente de su condición, pero después caímos en la cuenta de que precisamente lo que trataba era de esquivarla. Cuando algún marinero entraba en la «Almirante Benbow» (como de tiempo en tiempo solían hacer los que se encaminaban a Bristol por la carretera de la costa), él espiaba, antes de pasar a la cocina, por entre las cortinas de la puerta; y siempre permaneció callado como un muerto en presencia de los forasteros. Yo era el único para quien su comportamiento era explicable, pues, en cierto modo, participaba de sus alarmas. Un día me había llevado aparte y me prometió cuatro peniques de plata cada primero de mes, si «tenía el ojo avizor para informarle de la llegada de un marino con una sola pierna». Muchas veces, al llegar el día convenido y exigirle yo lo pactado, me soltaba un tremendo bufido, mirándome con tal cólera, que llegaba a inspirarme temor; pero, antes de acabar la semana parecía pensarlo mejor y me daba mis cuatro peniques y me repetía la orden de estar alerta ante la llegada «del marino con una sola pierna».
No es necesario que diga cómo mis sueños se poblaron con las más terribles imágenes del mutilado. En noches de borrasca, cuando el viento sacudía hasta las raíces de la casa y la marejada rugía en la cala rompiendo contra los acantilados, se me aparecía con mil formas distintas y las más diabólicas expresiones. Unas veces con su pierna cercenada por la rodilla; otras, por la cadera; en ocasiones era un ser monstruoso de una única pierna que le nacía del centro del tronco. Yo le veía, en la peor de mis pesadillas, correr y perseguirme saltando estacadas y zanjas. Bien echadas las cuentas, qué caro pagué mis cuatro peniques con tan espantosas visiones.
Pero, aun aterrado por la imagen de aquel marino con una sola pierna, yo era, de cuantos trataban al capitán, quizá el que menos miedo le tuviera. En las noches en que bebía mas ron de lo que su cabeza podía aguantar, cantaba sus viejas canciones marineras, impías y salvajes, ajeno a cuantos lo rodeábamos; en ocasiones pedía una ronda para todos los presentes y obligaba a la atemorizada clientela a escuchar, llenos de pánico, sus historias y a corear sus cantos. Cuántas noches sentí estremecerse la casa con su «Ja, ja, ja! ¡Y una botella de ron!», que todos los asistentes se apresuraban a acompañar a cuál más fuerte por temor a despertar su ira. Porque en esos arrebatos era el contertulio de peor trato que jamás se ha visto; daba puñetazos en la mesa para imponer silencio a todos y estallaba enfurecido tanto si alguien lo interrumpía como si no, pues sospechaba que el corro no seguía su relato con interés. Tampoco permitía que nadie abandonase la hostería hasta que él, empapado de ron, se levantaba soñoliento, y dando tumbos se encaminaba hacia su lecho.
Y aun con esto, lo que mas asustaba a la gente eran las historias que costaba. Terroríficos relatos donde desfilaban ahorcados, condenados que «pasaban por la plancha», temporales de alta mar, leyendas de la Isla de la Tortuga y otros siniestros parajes de la América Española. Según él mismo contaba, había pasado su vida entre la gente más despiadada que Dios lanzó a los mares; y el vocabulario con que se refería a ellos en sus relatos escandalizaba a nuestros sencillos vecinos tanto como los crímenes que describía. Mi padre aseguraba que aquel hombre sería la ruina de nuestra posada, porque pronto la gente se cansaría de venir para sufrir humillaciones y luego terminar la noche sobrecogida de pavor; pero yo tengo para mí que su presencia nos fue de provecho. Porque los clientes, que al principio se sentían atemorizados, luego, en el fondo, encontraban deleite: era una fuente de emociones, que rompía la calmosa vida en aquella comarca; y había incluso algunos, de entre los mozos, que hablaban de él con admiración diciendo que era «un verdadero lobo de mar» y «un viejo tiburón» y otros apelativos por el estilo; y afirmaban que hombres como aquél habían ganado para Inglaterra su reputación en el mar.
Hay que decir que, a pesar de todo, hizo cuanto pudo por arruinarnos; porque semana tras semana, y después, mes tras mes, continuó bajo nuestro techo, aunque desde hacía mucho ya su dinero se había gastado; y, cuando mi padre reunía el valor preciso para conminarle a que nos diera más, el capitán soltaba un bufido que no parecía humano y clavaba los ojos en mi padre tan fieramente, que el pobre, aterrado, salía a escape de la estancia. Cuántas veces le he visto, después de una de estas desairadas escenas, retorcerse las manos de desesperación, y estoy convencido de que el enojo y el miedo en que vivió ese tiempo contribuyeron a acelerar su prematura y desdichada muerte.
En todo el tiempo que vivió con nosotros no mudó el capitán su indumentaria, salvo unas medias que compró a un buhonero. Un ala de su sombrero se desprendió un día, y así colgada quedó, a pesar de lo enojoso que debía resultar con el viento. Aún veo el deplorable estado de su vieja casaca, que él mismo zurcía arriba en su cuarto, y que al final ya no era sino puros remiendos. Nunca escribió carta alguna y tampoco recibía, ni jamás habló con otra persona que alguno de nuestros vecinos y aun con éstos sólo cuando estaba bastante borracho de ron. Nunca pudimos sorprender abierto su cofre de marino.
Tan sólo en una ocasión alguien se atrevió a hacerle frente, y ocurrió ya cerca de su final, y cuando el de mi padre estaba también cercano, consumiéndose en la postración que acabó con su vida. El doctor Livesey había llegado al atardecer para visitar a mi padre, y, después de tomar un refrigerio que le ofreció mi padre, pasó a la sala a fumar una pipa mientras aguardaba a que trajesen su caballo desde el caserío, pues en la vieja «Benbow» no teníamos establo. Entré con él, y recuerdo cuánto me chocó el contraste que hacía el pulcro y aseado doctor con su peluca empolvada y sus brillantes ojos negros y exquisitos modales, con nuestros rústicos vecinos; pero sobre todo el que hacía con aquella especie de inmundo y legañoso espantapájaros, que era lo que realmente parecía nuestro desvalijador, tirado sobre la mesa y abotargado por el ron. Pero súbitamente el capitán levantó los ojos y rompió a cantar:
«Quince hombres en el cofre del muerto.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ; Y una botella de ron!
El ron y Satanás se llevaron al resto.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡ Y una botella de ron»
Al principio yo había imaginado que el «cofre del muerto» debía ser aquel enorme baúl que estaba arriba, en el cuarto frontero; y esa idea anduvo en mis pesadillas mezclada con las imágenes del marino con una sola pierna. Pero a aquellas alturas de la historia no reparábamos mucho en la canción y solamente era una novedad para el doctor Livesey, al que por cierto no le causó un agradable efecto, ya que pude observar cómo levantaba por un instante su mirada cargada de enojo, aunque continuó conversando con el viejo Taylor, el jardinero, acerca de un nuevo remedio para el reúma. Pero el capitán, mientras tanto, empezó a reanimarse bajo los efectos de su propia música y al fin golpeó fuertemente en la mesa, señal que ya todos conocíamos y que quería imponer silencio. Todas las voces se detuvieron, menos la del doctor Livesey, que continuó hablando sin inmutarse con su voz clara y de amable tono, mientras daba de vez en cuando largas chupadas a su pipa.
El capitán fijó entonces una mirada furiosa en él, dio un nuevo manotazo en la mesa y con el más bellaco de los vozarrones gritó:
-¡Silencio en cubierta!
-¿Os dirigís a mí, caballero? -preguntó el médico. Y cuando el rufián, mascullando otro juramento, le respondió que así era, el doctor Livesey replicó-: Solamente he de deciros una cosa: que, si continuáis bebiendo ron, el mundo se verá muy pronto a salvo de un despreciable forajido.
La furia que estas palabras despertaron en el viejo marinero fue terrible. Se levantó de un salto y sacó su navaja, se escuchó el ruido de sus muelles al abrirla y, balanceándola sobre la palma de la mano, amenazó al doctor con clavarlo en la pared.
El doctor no se inmutó. Continuó sentado y le habló así al capitán, por encima del hombro, elevando el tono de su voz para que todos pudieran escucharle, perfectamente tranquilo y firme:
-Si no guardáis ahora esa navaja, os prometo, por mi honor, que en el próximo Tribunal del Condado os haré ahorcar. Durante unos instantes los dos hombres se retaron con las miradas, pero el capitán amainó, se guardó su arma y volvió a sentarse gruñendo como un perro apaleado.
-Y ahora, señor -continuó el doctor-, puesto que no ignoro su desagradable presencia en mi distrito, podéis estar seguro de que no he de perderos de vista. No sólo soy médico, también soy juez, y, si llega a mis oídos la más mínima queja sobre vuestra conducta, aunque sólo fuera por una insolencia como la de esta noche, tomaré las medidas para que os detengan y expulsen de estas tierras. Basta.
Al poco rato trajeron hasta nuestra puerta el caballo del doctor Livesey, y éste montó y se fue; el capitán permaneció tranquilo aquella noche y he de decir que otras muchas a partir de ésta.
Capítulo 2
La aparición de «Perronegro»
Poco después de los sucesos que acabo de narrar tuvo lugar el primero de los misteriosos acontecimientos que acabaron por librarnos del capitán, aunque no, como ya verá el lector, de sus intrigas. Fue aquel invierno un invierno en que la tierra permaneció cubierta por las heladas y azotada por los más furiosos vendavales. Nos dábamos cuenta de que mi pobre padre no llegaría a ver la primavera; día a día empeoraba, y mi madre y yo teníamos que repartirnos el peso de la hostería, lo que por otro lado nos mantuvo tan ocupados, que difícilmente reparábamos ya en nuestro desagradable huésped.
Recuerdo que fue un helado amanecer de enero. La ensenada estaba cubierta por, la blancura de la escarcha, la mar en calma rompía suavemente en las rocas de la playa y el sol naciente iluminaba las cimas de las colinas resplandeciendo en la lejanía del océano. El capitán había madrugado más que de costumbre, y se fue hacia la playa, con su andar hamacado, oscilando su cuchillo bajo los faldones de su andrajosa casaca azul, el catalejo de latón bajo el brazo y el sombrero echado hacia atrás. Su aliento, al caminar, iba dejando como nubecillas blanquecinas. Al desaparecer tras un peñasco, profirió uno de aquellos gruñidos que tan familiares ya me eran, como si en aquel instante hubiera recordado con indignación al doctor Livesey.
Mi madre estaba arriba, velando a mi padre; yo atendía mis quehaceres y preparaba la mesa para cuando regresara el capitán. Entonces se abrió la puerta y apareció un hombre al que jamás antes había visto. Pálido, con la blancura del sebo; vi que le faltaban dos dedos en la mano izquierda, pero, aunque le colgaba un machete, no tenía trazas de hombre pendenciero. Yo, que estaba siempre pendiente de cualquier marino, tanto con una como con dos piernas, recuerdo que me sentí desconcertado, pues aquel visitante no parecía hombre de mar, pero algo en él olía a tripulación.
Le pregunté en qué podía servirle, y dijo que quería beber ron; pero, cuando iba a traérselo, se sentó sobre una mesa y me hizo una seña de que me acercara. Me quedé quieto donde estaba con el paño de limpieza en las manos.
-Acércate, hijo -me llamó-. Acércate.
Yo di un paso hacia él.
-¿Esa mesa que está ahí preparada no será para mi compadre Bill? -me preguntó con aire burlón.
Le dije que no conocía a su compadre Bill; que aquella mesa estaba dispuesta para otro huésped a quien llamábamos el capitán. -Bien -dijo-, eso le gusta a mi compadre Bill, que le llamen capitán. Pero si el que dices tiene una cicatriz grande en un carrillo y da gusto ver lo fino que es, sobre todo cuando está borracho, ése es mi compadre Bill. Además, vamos a ver, si tu capitán tiene una cuchillada en la mejilla... ¿no será además en el lado derecho? ¡Ah, ya decía yo! Así que... ¿está aquí mi compadre Bill?
Le contesté que se encontraba fuera, dando uno de sus paseos. -¿Por dónde, hijo? ¿Por dónde ha ido?
Le indiqué la playa y le dije por dónde podría regresar el capitán y lo que aún tardaría, y, después que respondí a otras de sus preguntas, me dijo:
-Ah... Verme le va a sentar mejor que un trago de ron a mi compadre Bill.
La expresión de su cara al decir esto no me pareció muy agradable, por lo que pensé que el forastero no decía la verdad. Pero pensé que no era asunto mío; y, además, tampoco podía yo hacer nada. El hombre salió y se apostó en la entrada de la hostería, acechando como gato que espera al ratón. Cuando se me ocurrió salir a la carretera, me ordenó que entrase inmediatamente, y, como no obedecí con la presteza que él esperaba, un cambio terrible se produjo en su rostro blanquecino, y profirió un juramento tan terrible, que me heló el alma. Entré rápidamente en la posada y él entonces se me acercó, recobrando su aire zalamero, y dándome una palmadita en el hombro me dijo que yo era un buen muchacho y que se había encariñado conmigo.
-Tengo yo un hijo -me contó- que se parece a ti como una gota de agua a otra y que es el orgullo de mi corazón. Pero los muchachos necesitáis disciplina, hijo, disciplina. Si tú hubieras navegado con mi compadre Bill, no necesitarías que te lo dijera dos veces para entrar en casa, no... No eran esas las costumbres de Bill ni de los que navegaban con él. ¡Pero, mira! ¡Ahí viene! Con su catalejo bajo el brazo. Es mi compadre Bill. ¡Bendito sea! Tú y yo vamos a meternos dentro, hijo, y nos esconderemos tras la puerta; vamos a darle a Bill una buena sorpresa. ¡Dios lo bendiga!
Y diciendo esto, entró conmigo en la hostería y me ocultó tras él, junto a la puerta. Yo estaba, como es de suponer, inquieto y alarmado, y el miedo que sentía aumentaba al ver que el forastero también daba muestras de temor. Acarició la empuñadura de su machete y empezó a sacarlo de su vaina, y todo el tiempo que estuvimos aguardando no dejó de tragar saliva, como si tuviera, como suele decirse, un nudo en la garganta.
Por fin entró el capitán, cerró la puerta de golpe y, sin desviar su mirada, se dirigió a grandes zancadas hacia su mesa.
-¡Bill! -llamó el forastero, con una voz que pretendía ser firme y resuelta.
El capitán giró sobre sus talones y se nos quedó mirando; el color había desaparecido de su rostro y hasta su nariz se tornó lívida; tenía el aspecto del que ve a un aparecido o al mismo diablo o incluso algo peor, si es que existe; tanto me sobrecogió verlo así, porque fue como si en un instante envejeciera cien años.
-Vamos, Bill... Ya me conoces... ¿O es que no te acuerdas de tu viejo camarada? -dijo el forastero.
El capitán ahogó un grito de asombro y exclamó:
-¡«Perronegro»!
-¿Y quién si no? -contestó el otro, ya más tranquilo-. El mismo «Perronegro» de siempre, que viene a saludar a su antiguo camarada Bill a la posada del «Almirante Benbow». Ah, Bill, Bill…. ¡Las cosas que hemos visto los dos desde que yo perdí estos garfios! -y levantó su mano mutilada.
-Está bien -dijo el capitán-, al fin me has pillado, ya me tienes; bien, echa fuera lo que tengas que decir. ¿Qué quieres? -Siempre el mismo, ¿eh, Bill? -respondió «Perronegro»-.
Tienes toda la razón. Ahora este buen mozalbete nos va a traer un trago de ron y vamos a sentarnos, ¿quieres?, y vamos a charlar mano a mano, como viejos camaradas.
Cuando yo regresé con el ron, estaban los dos sentados en la mesa del capitán, uno frente al otro. «Perronegro» se había situado cerca de la puerta y con la silla algo separada de la mesa, como para poder al mismo tiempo vigilar a su antiguo compinche y, supongo, tener pronta la huida.
Me mandó que me retirase y que dejara la puerta abierta de par en par, y añadió:
-No se te ocurra espiar por el ojo de la cerradura, hijo-. Así que, dejándolos solos, me retiré.
Durante largo rato, y aunque me esforcé por escuchar, no pude entender más que apagados susurros; pero después empecé a oír sus voces, cada vez más altas, y entonces pesqué alguna palabra, principalmente juramentos del capitán:
-¡No, no, no, no! ¡Y basta! -gritaba-. ¡Si hay que acabar colgados, a la horca todos! -chilló.
Y de repente estalló en juramentos horribles y escuché ruido de golpes; la mesa y las sillas rodaban por el suelo con gran estrépito; oí chocar de aceros y un instante después vi a «Perronegro» huir despavorido y al capitán corriendo tras él, los dos con los machetes en la mano, y vi que el hombro de «Perronegro» manaba sangre. Ya en la puerta el capitán descargó sobre el fugitivo un tajo tan tremendo, que, de haberlo alcanzado, lo hubiera abierto en canal, pero gracias a que el cuchillo chocó con la muestra de la hostería que colgaba en el portal. Todavía puede verse la muesca en el lado inferior del marco.
Aquel golpe fue el último de la pelea. Cuando pudo llegar a la carretera, «Perronegro», a pesar de su herida, demostró saber correr y desapareció tras la colina en medio minuto. El capitán, por su parte, miró la muestra como aturdido. Se pasó varias veces la mano por sus ojos, y después volvió a entrar en la casa.
-Jim! -gritó-, ¡ron! -; y al pedírmelo, se tambaleó un poco y trató de sostenerse apoyándose en la pared.
-¿Estáis herido? -exclamé.
-Ron... -me pidió de nuevo-. He de huir de aquí... ¡Ron! ¡Ron!
Corrí a traérselo, pero estaba tan impresionado por todo lo que había visto, que rompí un vaso y averié el grifo, y, mientras trataba de calmarme, oí el golpe de un cuerpo al caer al suelo; corrí entonces hacia la habitación donde había dejado al capitán y allí me lo encontré tirado cuan largo era. En ese instante mi madre, alarmada por los gritos y la pelea, acudió presurosa en mi ayuda. Entre los dos tratamos de levantar al capitán, que resollaba fuerte y estertóreamente; tenía los ojos cerrados y en su rostro el color de la muerte.
-¡Pobre de mí! -gritaba mi madre-. ¡La desgracia se ceba en esta casa! ¡Y con tu pobre padre tan enfermo!
No teníamos ni idea de qué hacer para auxiliar al capitán, lo único que se nos ocurría es que había sido herido de muerte en la pelea con el forastero. Traje, por si acaso, el ron y traté de hacérselo beber, pero tenía los dientes apretados y la boca encajada, como si fuera de hierro. En ese instante, y con gran alivio por nuestra parte, se abrió la puerta y vimos entrar al doctor Livesey, que venía a visitar a mi padre.
-¡Doctor! -exclamamos-. ¡Ayúdenos! ¡No sabemos si está muerto!
-¿Muerto? -dijo el doctor-. No más que uno de nosotros. Este hombre no tiene sino un ataque, que por cierto ya le advertí. Y ahora, señora Hawkins, vuelva usted al lado de su esposo, y, si es posible, que no se entere de nada de esto. Yo, como es mi obligación, trataré de salvar la despreciable vida de este tunante. Jim -me indicó-, haz el favor de traerme una jofaina.
Cuando volví con lo que me había pedido, el doctor había cortado de arriba hasta abajo una manga del capitán, dejando al descubierto su enorme brazo nervudo, sobre el que se veían varios tatuajes; en el antebrazo, con gran claridad, leímos: «Mía es la suerte», y «Viento en las velas», y «Billy Bones es libre», y más arriba, junto al hombro, veíase una horca con un hombre colgado; el dibujo estaba trazado con cierta gracia.
-¡Profético! -dijo el doctor, indicándome el dibujo-. Y ahora, señor Bones, si ése es su nombre, vamos a ver de qué color tiene usted la sangre. ¿Te asusta la sangre, Jim? -me preguntó.
-No, señor -respondí.
-Bueno, pues entonces -me dijo- sostén la jofaina. Y diciendo esto, cogió la lanceta y abrió una vena. Abundante sangre manó antes de que el capitán abriese los párpados y nos mirara con turbios ojos. Primero reconoció al doctor, y frunció su ceño; luego me vio a mí, y eso pareció tranquilizarlo. Pero de pronto su rostro palideció y trató de incorporarse, gritando:
-¿Dónde está «Perronegro»?
-Aquí no hay ningún «Perronegro» -dijo el doctor-, excepto el que lleváis en el pellejo. Habéis seguido bebiendo y os ha dado un ataque, tal como anuncié; y en este instante acabo, muy contra mi gusto, de sacaros por las orejas de la sepultura. Y ahora, señor Bones...
-Yo no me llamo así -interrumpió el capitán.
-Tanto me da -replicó el doctor-. Es el nombre de un pirata del que he oído hablar; y así os llamo para abreviar. De cualquier forma lo que tenía que deciros es tan sólo esto: un vaso de ron no acabará con vuestra vida, pero a ése seguirá otro, y después otro, y apuesto mi peluca a que, de no dejarlo, no tardaréis en morir, ¿está claro?, moriréis y así iréis al lugar que os corresponde, como está en la Biblia. Ahora, vamos, haced un esfuerzo y os ayudaré, por esta vez, a ir a la cama.
Entre el doctor y yo, con gran trabajo, conseguimos hacerlo subir la escalera y dejarlo en el lecho, donde su cabeza cayó sobre la almohada igual que si aún permaneciera desmayado.
-Y ahora, pensadlo -dijo el doctor-. Yo declino mi responsabilidad. Sólo el nombre del ron ya significa vuestra muerte. Y tomándome por el brazo, salimos de aquel cuarto para ir a ver a mi padre.
-No hay que temer -me dijo el doctor tan pronto cerramos la puerta-. Le he extraído suficiente sangre como para que descanse tranquilo una temporada; tendrá que quedarse aquí una semana, es lo mejor para todos; pero, sin duda, otro ataque puede acabar con él.
Capítulo 3
La Marca Negra
Hacia el mediodía me acerqué a la habitación del capitán, llevándole un refresco y medicinas. Se encontraba casi en el mismo estado en que lo habíamos dejado, aunque trató de incorporarse, pero su debilidad fue más grande que sus deseos.
Jim -me dijo-, tú eres la única persona en quien puedo confiar aquí; y bien sabes que siempre me porté bien contigo. Ni un mes he dejado de darte tus cuatro peniques de plata. Ahora ya
me ves, compañero, da grima verme, no tengo ánimos y estoy solo. Escucha, Jim, tráeme un cortadillo de ron... Vamos, camarada, ¿me lo traerás?
-El doctor... -intenté decirle.
Pero él rompió en juramentos y maldiciones contra el doctor con una voz que, aún apagada, no había perdido su vieja energía. -Los médicos son todos unos farsantes -voceó-, y ese vuestro, ése, ¿qué sabe de hombres de mar? Con estos ojos he visto tierras que abrasaban como la pez hirviendo, y a mis compañeros caer muertos como moscas con el vómito negro, y he visto la tierra moverse como la mar sacudida por terremotos... ¿Qué sabe el médico? Y te digo una cosa: fue el ron el que me hizo vivir. El ha sido mi comida y mi agua, somos como marido y mujer. Y si me lo quitáis ahora, seré como un barco del que ya no queda más que un madero, que las olas entregan a la playa. Mi maldición caerá sobre ti, Jim, y sobre ese médico charlatán -y de nuevo prorrumpió en una sarta de juramentos-. Fíjate, Jím, en el temblor de mis dedos -continuó ya con un tono de súplica-. No se están quietos. No he bebido una gota en todo el santo día. Te digo que ese médico es un farsante. Si no echo un trago de ron, Jim, empezaré a tener visiones. Ya casi las tengo. Estoy viendo al viejo Flint allí en el rincón, detrás tuyo; y si empiezo a tener visiones, con la mala vida que he llevado, se me va a aparecer hasta Caín. El médico dijo que un vaso no me haría daño. Te daré una guinea de oro, si me traes un cortadillo, Jim.
Iba excitándose cada vez más y yo me alarmé a causa de mi padre, que había empeorado y necesitaba toda la quietud posible; además, las instrucciones del doctor habían sido terminantes, y también me sentía ofendido en cierta forma por el soborno que me proponía.
-No quiero vuestro dinero -le dije-, sino el que debéis a mi padre. Os traeré un vaso, sólo uno.
Cuando se lo traje, lo cogió ávidamente y lo bebió de un trago.
-Ah -suspiró-. Ya me siento mejor, no cabe duda. Y ahora, muchacho, ¿cuánto tiempo dijo el doctor que debía estar en esta condenada litera?
-Una semana, por lo menos -le contesté.
-¡Truenos! -exclamó-. ¡Una semana! Eso no puede ser. Para entonces ya me habrían pillado y me marcarían con «la Negra». Ahora mismo deben andar ya por ahí esos canallas husmeando mis huellas; gentuza que no han sabido guardar lo suyo y quieren poner sus garras en lo que es de otro. ¿Tú crees que eso es de hombres de mar? Yo he sido un espíritu precavido, nunca gasté mis buenos dineros ni los he perdido por ahí. Pero voy a estar más avizor que un timonel en su guardia. No les tengo miedo. Largaré velas y volveré a escapar.
Conforme me hablaba, iba tratando de incorporarse en la cama, aunque con mucha dificultad; se aferró a mi hombro clavándome los dedos con tal fuerza, que casi me hizo gritar de dolor, e intentó mover sus piernas, pero eran como un peso muerto. El vigor de sus palabras contrastaba lastimosamente con la apagada voz que las pronunciaba. Logró sentarse en el borde de la cama.
-Ese médico me ha matado -murmuró-. Me zumban los oídos. Recuéstame.
Pero antes de que pudiera ayudarlo se desplomó sobre el lecho permaneciendo un rato en silencio.
Jim -dijo al rato-, ¿te fijaste bien en ese marino?
-¿«Perronegro»? -pregunté.
-Ah... «Perronegro» -dijo él-. Es un tipo de cuidado, pero aún son peores los que lo enviaron. Escucha, si yo no puedo escapar, si ésos consiguen marcarme con «la Negra», acuérdate de que lo que andan buscando es mi viejo cofre. Coge un caballo. ¿Sabes montar, no? Bien, pues, entonces, monta, y corre... ;sí, hazlo!, avisa a ese maldito médico tuyo, y dile que junte a todos, que venga con un juez y con agentes... Dile que puede atraparlos a todos, aquí, a bordo de la «Almirante Benbow»... , toda la tripulación del viejo Flint, todos... lo que queda de ella. Yo era el segundo de a bordo, el primero después de Flint, y soy el único que conoce dónde está lo que buscan. Me lo confió en Savannah, cuando se estaba muriendo, lo mismo que hago yo ahora contigo. Pero tú no abrirás el pico. Solamente si consiguieran pescarme, si me marcan con «la Negra», o si vieras otra vez a «Perronegro», o a un marino con una sola pierna, Jim... Ese sobre todo.
-Pero ¿qué es la Marca Negra, capitán? -pregunté.
-Es un aviso, compañero. Ya la verás, si me marcan. Pero ahora tú abre bien los ojos, Jim, y te juro por mi honor que iremos a partes iguales. -Todavía siguió divagando durante un rato, su voz fue debilitándose, y, cuando le hice beber su medicina, que tomó como un niño, me dijo-: Si ha habido un marino con necesidad de estas drogas, ése soy yo... -y se durmió profundamente.
No sé qué hubiera hecho yo de resolverse bien todos los acontecimientos; quizá le habría contado al doctor aquella historia, porque sentía miedo de que, si el capitán se recobraba, pudiera olvidar su promesa y tratara de liberarse de mí. Mas sucedió que aquella misma noche mi padre murió repentinamente, lo que hizo que dejaran de tener importancia las demás preocupaciones. El dolor que nos embargaba, las visitas de nuestros vecinos, la preparación del funeral y atender al mismo tiempo a todos los quehaceres de la hostería me mantuvieron tan ocupado, que apenas tuve pensamientos para el capitán y aún menos para sus intrigas.
A la mañana siguiente lo vi bajar al comedor, y comió como de costumbre, aunque poco, pero me temo que sí bebió más ron del que solía, pues él mismo se encargó de servirse a su gusto y con tal aire amenazador y tales bufidos, que ninguno de los presentes osó recriminarlo. La noche antes del funeral estaba tan borracho como siempre y no respetó el duelo que nos acongojaba, sino que le escuchamos cantar su odiosa y vieja canción marinera. Aunque aún se le veía muy débil, todos lo temíamos, y tampoco estaba el doctor, quien después de la muerte de mi padre había tenido que acudir a un enfermo a muchas millas de distancia. Ya he dicho cuán débil parecía el capitán, y a lo largo de la noche incluso pareció ir apagándose lentamente aún más. Subía y bajaba las escaleras con mucha fatiga, iba de una habitación a la otra y de vez en cuando asomaba las narices a la puerta como para oler el mar, luego volvía apoyándose en los muros y respirando trabajosamente como el que sube por una montaña. No parecía reparar en mí y creo firmemente que se había olvidado por completo de sus confidencias; su temperamento, veleidoso, más fuerte que su falta de vigor, le arrastraba a violentas actitudes, y no era la más tranquilizadora su costumbre de desenvainar su largo cuchillo, cuando más ebrio estaba, y ponerlo delante de él sobre la mesa. Pero, a pesar de todo, no prestaba mucha atención a la gente y parecía sumido en sus meditaciones e incluso como perdido en ellas. De pronto, con gran asombro nuestro, empezó a cantar una canción que jamás le habíamos escuchado, una especie de canción de amor campesina, que debía recordarle su juventud antes de hacerse a la mar.
Así siguieron las cosas hasta un día después del funeral, cuando a eso de las tres de una tarde cerrada por la más helada niebla, al asomarse a la puerta, vi lejos en el camino a alguien que se acercaba despacio. Sin duda se trataba de un ciego, porque iba tanteando el suelo con un palo y llevaba un gran parche verde, que le tapaba los ojos y la nariz; caminaba encorvado como por la edad o el cansancio y se cubría con un enorme capote de marino, viejo y desastrado, con una capucha que le daba un aspecto deforme. En mi vida había visto yo una figura más siniestra. Cuando llegó ante la hostería, se detuvo y, alzando una voz que parecía salir de un muerto, habló como dirigiéndose a la niebla que lo envolvía:
-¿No habrá un alma piadosa que le diga a este pobre ciego que ha perdido la preciosa luz de sus ojos en defensa de Inglaterra, y que Dios bendiga al rey George!, en qué lugar de su patria se encuentra?
-Estáis en la posada del «Almirante Benbow», junto a la bahía del Cerro Negro, buen hombre -le dije.
-Oigo una voz -dijo él-, la voz de un mozo. ¿Quieres darme tu mano, mi generoso amigo, y llevarme adentro?
Le tendí mi mano, y aquel ser horrible, blando como la niebla y sin ojos, la asió de pronto, apretándome como una tenaza. Yo me asusté tanto, que intenté soltarme, pero el ciego, dando un tirón, me arrastró tras él.
-Ahora, muchacho -me dijo-, vas a llevarme adonde está el capitán.
-Señor -le supliqué-, no puedo.
-¿No? -dijo con sorna-. ¿De veras? ¡Llévame o te rompo el brazo!
Y al decirlo, me retorció con tal violencia, que grité de dolor. -Señor -le dije-, es por vuestro bien. El capitán ya no es el que era. Tiene siempre su cuchillo delante. Otro caballero... -¡No repliques! ¡Vamos! -dijo interrumpiéndome; y jamás he oído una voz tan cruel, fría y estremecedora como la de aquel ciego. Esto me atemorizó aún más que el propio dolor, y no tuve más remedio que obedecerlo al instante. Lo conduje directamente hasta la puerta de la sala, donde nuestro viejo y enfermo bucanero estaba sentado adormecido por el ron. El ciego seguía pegado a mí, sujetándome con una mano de hierro y apoyando todo su peso sobre mis hombros.
-Llévame derecho a su lado y, cuando lleguemos, grita: «Aquí está su amigo, Bill». Si no obedeces... -y volvió a retorcerme el brazo con tal fuerza, que creí desmayarme.
Todo esto hizo que el miedo al ciego fuera mayor que el que sentía por el capitán, así que abrí la puerta de la sala, entré y dije con voz trémula lo que se me había ordenado.
El capitán levantó los ojos y una sola mirada bastó para disipar los efectos del ron y para que recobrase su lucidez. Se quedó atónito. La expresión de su cara no era tanto de terror como de un mortal abatimiento. Intentó levantarse, pero no creo que le quedaran suficientes fuerzas ya en su cuerpo.
-Quédate donde estás, Bill -dijo el mendigo-. No puedo ver, pero mi oído siente un solo dedo que se mueva. Vamos al negocio. Alarga la mano izquierda. Muchacho -me llamó-, sujétale la mano por la muñeca y acércamela, ponla en la mía.
Lo obedecí al pie de la letra, y vi que el ciego pasaba algo del hueco de la mano en que tenía el palo a la palma de la del capitán, que inmediatamente apretó aquello que le habían entregado.
-Y ahora ya está hecho -dijo el ciego. Y diciéndolo, me soltó de pronto y con una increíble seguridad y ligereza salió de la habitación y ganó la carretera, donde, y antes siquiera de que yo pudiera reaccionar, ya escuché el toc toc toc de su báculo en la lejanía.
Pasó algún tiempo antes de que el capitán y yo volviésemos de nuestro estupor; entonces, y casi al mismo tiempo, solté yo su muñeca, que aún tenía sujeta, y él acercó la mano a sus ojos y contempló lo que en su palma aferraba.
-¡A las diez! -gritó-. ¡Faltan seis horas! ¡Aún podemos salvarnos!
Y se levantó como un rayo.
Y en ese mismo instante, de golpe, vaciló, se llevó la mano a la garganta, permaneció unos segundos como un barco escorándose y después, con un extraño gemido, cayó al suelo cuan largo era.
Me precipité a socorrerlo, mientras llamaba a voces a mi madre. Pero todo fue inútil. El capitán había muerto atacado por una apoplejía fulminante. Y quizá sea difícil de entender, pero, aunque jamás me había gustado aquel hombre, a pesar de que al final hubiera comenzado a inspirarme lástima, verlo allí tendido, muerto, hizo que las lágrimas inundaran mis ojos. Era la segunda muerte que veía, y el dolor de la primera estaba aún fresco en mi corazón.
EL VIEJO PIRATA
Capítulo 1
Y el viejo marino llegó a la posada del «Almirante Benbow»
El squire Trelawney, el doctor Livesey y algunos otros caballeros me han indicado que ponga por escrito todo lo referente a la Isla del Tesoro, sin omitir detalle, aunque sin mencionar la posición de la isla, ya que todavía en ella quedan riquezas enterradas; y por ello tomo mi pluma en este año de gracia de 17... y mi memoria se remonta al tiempo en que mi padre era dueño de la hostería «Almirante Benbow», y el viejo curtido navegante, con su rostro cruzado por un sablazo, buscó cobijo para nuestro techo.
Lo recuerdo como si fuera ayer, meciéndose como un navío llegó a la puerta de la posada, y tras él arrastraba, en una especie de angarillas, su cofre marino; era un viejo recio, macizo, alto, con el color de bronce viejo que los océanos dejan en la piel; su coleta embreada le caía sobre los hombros de una casaca que había sido azul; tenía las manos agrietadas y llenas de cicatrices, con uñas negras y rotas; y el sablazo que cruzaba su mejilla era como un costurón de siniestra blancura. Lo veo otra vez, mirando la ensenada y masticando un silbido; de pronto empezó a cantar aquella antigua canción marinera que después tan a menudo le escucharía:
«Quince hombres en el cofre del muerto...
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y una botella de ron!»
con aquella voz cascada, que parecía afinada en las barras del cabrestante. Golpeó en la puerta con un palo, una especie de astil de bichero en que se apoyaba, y, cuando acudió mi padre, en un tono sin contemplaciones le pidió que le sirviera un vaso de ron. Cuando se lo trajeron, lo bebió despacio, como hacen los catadores, chascando la lengua, y sin dejar de mirar a su alrededor, hacia los acantilados, y fijándose en la muestra que se balanceaba sobre la puerta de nuestra posada.
-Es una buena rada -dijo entonces-, y una taberna muy bien situada. ¿Viene mucha gente por aquí, eh, compañero? Mi padre le respondió que no; pocos clientes, por desgracia. -Bueno; pues entonces aquí me acomodaré. ¡Eh, tú, compadre! -le gritó al hombre que arrastraba las angarillas-. Atraca aquí y echa una mano para subir el cofre. Voy a hospedarme unos días -continuó-. Soy hombre llano; ron; tocino y huevos es todo lo que quiero, y aquella roca de allá arriba, para ver pasar los barcos. ¿Que cuál es mi nombre? Llamadme capitán. Y, ¡ah!, se me olvidaba, perdona, camarada... -y arrojó tres o cuatro monedas de oro sobre el umbral-. Ya me avisaréis cuando me haya. comido ese dinero -dijo con la misma voz con que podía mandar un barco.
Y en verdad, a pesar de su ropa deslucida y sus expresiones indignas, no tenía el aire de un simple marinero, sino la de un piloto o un patrón, acostumbrado a ser obedecido o a castigar. El hombre que había portado las angarillas nos dijo que aquella mañana lo vieron apearse de la diligencia delante del «Royal George» y que allí se había informado de las hosterías abiertas a lo largo de la costa, y supongo que le dieron buenas referencias de la nuestra, sobre todo lo solitario de su emplazamiento, y por eso la había preferido para instalarse. Fue lo que supimos de él.
Era un hombre reservado, taciturno. Durante el día vagabundeaba en torno a la ensenada o por los acantilados, con un catalejo de latón bajo el brazo; y la velada solía pasarla sentado en un rincón junto al fuego, bebiendo el ron más fuerte con un poco de agua. Casi nunca respondía cuando se le hablaba; sólo erguía la cabeza y resoplaba por la nariz como un cuerno de niebla; por lo que tanto nosotros como los clientes habituales pronto aprendimos a no meternos con él. Cada día, al volver de su caminata, preguntaba si había pasado por el camino algún hombre con aspecto de marino. Al principio pensamos que echaba de menos la compañía de gente de su condición, pero después caímos en la cuenta de que precisamente lo que trataba era de esquivarla. Cuando algún marinero entraba en la «Almirante Benbow» (como de tiempo en tiempo solían hacer los que se encaminaban a Bristol por la carretera de la costa), él espiaba, antes de pasar a la cocina, por entre las cortinas de la puerta; y siempre permaneció callado como un muerto en presencia de los forasteros. Yo era el único para quien su comportamiento era explicable, pues, en cierto modo, participaba de sus alarmas. Un día me había llevado aparte y me prometió cuatro peniques de plata cada primero de mes, si «tenía el ojo avizor para informarle de la llegada de un marino con una sola pierna». Muchas veces, al llegar el día convenido y exigirle yo lo pactado, me soltaba un tremendo bufido, mirándome con tal cólera, que llegaba a inspirarme temor; pero, antes de acabar la semana parecía pensarlo mejor y me daba mis cuatro peniques y me repetía la orden de estar alerta ante la llegada «del marino con una sola pierna».
No es necesario que diga cómo mis sueños se poblaron con las más terribles imágenes del mutilado. En noches de borrasca, cuando el viento sacudía hasta las raíces de la casa y la marejada rugía en la cala rompiendo contra los acantilados, se me aparecía con mil formas distintas y las más diabólicas expresiones. Unas veces con su pierna cercenada por la rodilla; otras, por la cadera; en ocasiones era un ser monstruoso de una única pierna que le nacía del centro del tronco. Yo le veía, en la peor de mis pesadillas, correr y perseguirme saltando estacadas y zanjas. Bien echadas las cuentas, qué caro pagué mis cuatro peniques con tan espantosas visiones.
Pero, aun aterrado por la imagen de aquel marino con una sola pierna, yo era, de cuantos trataban al capitán, quizá el que menos miedo le tuviera. En las noches en que bebía mas ron de lo que su cabeza podía aguantar, cantaba sus viejas canciones marineras, impías y salvajes, ajeno a cuantos lo rodeábamos; en ocasiones pedía una ronda para todos los presentes y obligaba a la atemorizada clientela a escuchar, llenos de pánico, sus historias y a corear sus cantos. Cuántas noches sentí estremecerse la casa con su «Ja, ja, ja! ¡Y una botella de ron!», que todos los asistentes se apresuraban a acompañar a cuál más fuerte por temor a despertar su ira. Porque en esos arrebatos era el contertulio de peor trato que jamás se ha visto; daba puñetazos en la mesa para imponer silencio a todos y estallaba enfurecido tanto si alguien lo interrumpía como si no, pues sospechaba que el corro no seguía su relato con interés. Tampoco permitía que nadie abandonase la hostería hasta que él, empapado de ron, se levantaba soñoliento, y dando tumbos se encaminaba hacia su lecho.
Y aun con esto, lo que mas asustaba a la gente eran las historias que costaba. Terroríficos relatos donde desfilaban ahorcados, condenados que «pasaban por la plancha», temporales de alta mar, leyendas de la Isla de la Tortuga y otros siniestros parajes de la América Española. Según él mismo contaba, había pasado su vida entre la gente más despiadada que Dios lanzó a los mares; y el vocabulario con que se refería a ellos en sus relatos escandalizaba a nuestros sencillos vecinos tanto como los crímenes que describía. Mi padre aseguraba que aquel hombre sería la ruina de nuestra posada, porque pronto la gente se cansaría de venir para sufrir humillaciones y luego terminar la noche sobrecogida de pavor; pero yo tengo para mí que su presencia nos fue de provecho. Porque los clientes, que al principio se sentían atemorizados, luego, en el fondo, encontraban deleite: era una fuente de emociones, que rompía la calmosa vida en aquella comarca; y había incluso algunos, de entre los mozos, que hablaban de él con admiración diciendo que era «un verdadero lobo de mar» y «un viejo tiburón» y otros apelativos por el estilo; y afirmaban que hombres como aquél habían ganado para Inglaterra su reputación en el mar.
Hay que decir que, a pesar de todo, hizo cuanto pudo por arruinarnos; porque semana tras semana, y después, mes tras mes, continuó bajo nuestro techo, aunque desde hacía mucho ya su dinero se había gastado; y, cuando mi padre reunía el valor preciso para conminarle a que nos diera más, el capitán soltaba un bufido que no parecía humano y clavaba los ojos en mi padre tan fieramente, que el pobre, aterrado, salía a escape de la estancia. Cuántas veces le he visto, después de una de estas desairadas escenas, retorcerse las manos de desesperación, y estoy convencido de que el enojo y el miedo en que vivió ese tiempo contribuyeron a acelerar su prematura y desdichada muerte.
En todo el tiempo que vivió con nosotros no mudó el capitán su indumentaria, salvo unas medias que compró a un buhonero. Un ala de su sombrero se desprendió un día, y así colgada quedó, a pesar de lo enojoso que debía resultar con el viento. Aún veo el deplorable estado de su vieja casaca, que él mismo zurcía arriba en su cuarto, y que al final ya no era sino puros remiendos. Nunca escribió carta alguna y tampoco recibía, ni jamás habló con otra persona que alguno de nuestros vecinos y aun con éstos sólo cuando estaba bastante borracho de ron. Nunca pudimos sorprender abierto su cofre de marino.
Tan sólo en una ocasión alguien se atrevió a hacerle frente, y ocurrió ya cerca de su final, y cuando el de mi padre estaba también cercano, consumiéndose en la postración que acabó con su vida. El doctor Livesey había llegado al atardecer para visitar a mi padre, y, después de tomar un refrigerio que le ofreció mi padre, pasó a la sala a fumar una pipa mientras aguardaba a que trajesen su caballo desde el caserío, pues en la vieja «Benbow» no teníamos establo. Entré con él, y recuerdo cuánto me chocó el contraste que hacía el pulcro y aseado doctor con su peluca empolvada y sus brillantes ojos negros y exquisitos modales, con nuestros rústicos vecinos; pero sobre todo el que hacía con aquella especie de inmundo y legañoso espantapájaros, que era lo que realmente parecía nuestro desvalijador, tirado sobre la mesa y abotargado por el ron. Pero súbitamente el capitán levantó los ojos y rompió a cantar:
«Quince hombres en el cofre del muerto.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ; Y una botella de ron!
El ron y Satanás se llevaron al resto.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡ Y una botella de ron»
Al principio yo había imaginado que el «cofre del muerto» debía ser aquel enorme baúl que estaba arriba, en el cuarto frontero; y esa idea anduvo en mis pesadillas mezclada con las imágenes del marino con una sola pierna. Pero a aquellas alturas de la historia no reparábamos mucho en la canción y solamente era una novedad para el doctor Livesey, al que por cierto no le causó un agradable efecto, ya que pude observar cómo levantaba por un instante su mirada cargada de enojo, aunque continuó conversando con el viejo Taylor, el jardinero, acerca de un nuevo remedio para el reúma. Pero el capitán, mientras tanto, empezó a reanimarse bajo los efectos de su propia música y al fin golpeó fuertemente en la mesa, señal que ya todos conocíamos y que quería imponer silencio. Todas las voces se detuvieron, menos la del doctor Livesey, que continuó hablando sin inmutarse con su voz clara y de amable tono, mientras daba de vez en cuando largas chupadas a su pipa.
El capitán fijó entonces una mirada furiosa en él, dio un nuevo manotazo en la mesa y con el más bellaco de los vozarrones gritó:
-¡Silencio en cubierta!
-¿Os dirigís a mí, caballero? -preguntó el médico. Y cuando el rufián, mascullando otro juramento, le respondió que así era, el doctor Livesey replicó-: Solamente he de deciros una cosa: que, si continuáis bebiendo ron, el mundo se verá muy pronto a salvo de un despreciable forajido.
La furia que estas palabras despertaron en el viejo marinero fue terrible. Se levantó de un salto y sacó su navaja, se escuchó el ruido de sus muelles al abrirla y, balanceándola sobre la palma de la mano, amenazó al doctor con clavarlo en la pared.
El doctor no se inmutó. Continuó sentado y le habló así al capitán, por encima del hombro, elevando el tono de su voz para que todos pudieran escucharle, perfectamente tranquilo y firme:
-Si no guardáis ahora esa navaja, os prometo, por mi honor, que en el próximo Tribunal del Condado os haré ahorcar. Durante unos instantes los dos hombres se retaron con las miradas, pero el capitán amainó, se guardó su arma y volvió a sentarse gruñendo como un perro apaleado.
-Y ahora, señor -continuó el doctor-, puesto que no ignoro su desagradable presencia en mi distrito, podéis estar seguro de que no he de perderos de vista. No sólo soy médico, también soy juez, y, si llega a mis oídos la más mínima queja sobre vuestra conducta, aunque sólo fuera por una insolencia como la de esta noche, tomaré las medidas para que os detengan y expulsen de estas tierras. Basta.
Al poco rato trajeron hasta nuestra puerta el caballo del doctor Livesey, y éste montó y se fue; el capitán permaneció tranquilo aquella noche y he de decir que otras muchas a partir de ésta.
Capítulo 2
La aparición de «Perronegro»
Poco después de los sucesos que acabo de narrar tuvo lugar el primero de los misteriosos acontecimientos que acabaron por librarnos del capitán, aunque no, como ya verá el lector, de sus intrigas. Fue aquel invierno un invierno en que la tierra permaneció cubierta por las heladas y azotada por los más furiosos vendavales. Nos dábamos cuenta de que mi pobre padre no llegaría a ver la primavera; día a día empeoraba, y mi madre y yo teníamos que repartirnos el peso de la hostería, lo que por otro lado nos mantuvo tan ocupados, que difícilmente reparábamos ya en nuestro desagradable huésped.
Recuerdo que fue un helado amanecer de enero. La ensenada estaba cubierta por, la blancura de la escarcha, la mar en calma rompía suavemente en las rocas de la playa y el sol naciente iluminaba las cimas de las colinas resplandeciendo en la lejanía del océano. El capitán había madrugado más que de costumbre, y se fue hacia la playa, con su andar hamacado, oscilando su cuchillo bajo los faldones de su andrajosa casaca azul, el catalejo de latón bajo el brazo y el sombrero echado hacia atrás. Su aliento, al caminar, iba dejando como nubecillas blanquecinas. Al desaparecer tras un peñasco, profirió uno de aquellos gruñidos que tan familiares ya me eran, como si en aquel instante hubiera recordado con indignación al doctor Livesey.
Mi madre estaba arriba, velando a mi padre; yo atendía mis quehaceres y preparaba la mesa para cuando regresara el capitán. Entonces se abrió la puerta y apareció un hombre al que jamás antes había visto. Pálido, con la blancura del sebo; vi que le faltaban dos dedos en la mano izquierda, pero, aunque le colgaba un machete, no tenía trazas de hombre pendenciero. Yo, que estaba siempre pendiente de cualquier marino, tanto con una como con dos piernas, recuerdo que me sentí desconcertado, pues aquel visitante no parecía hombre de mar, pero algo en él olía a tripulación.
Le pregunté en qué podía servirle, y dijo que quería beber ron; pero, cuando iba a traérselo, se sentó sobre una mesa y me hizo una seña de que me acercara. Me quedé quieto donde estaba con el paño de limpieza en las manos.
-Acércate, hijo -me llamó-. Acércate.
Yo di un paso hacia él.
-¿Esa mesa que está ahí preparada no será para mi compadre Bill? -me preguntó con aire burlón.
Le dije que no conocía a su compadre Bill; que aquella mesa estaba dispuesta para otro huésped a quien llamábamos el capitán. -Bien -dijo-, eso le gusta a mi compadre Bill, que le llamen capitán. Pero si el que dices tiene una cicatriz grande en un carrillo y da gusto ver lo fino que es, sobre todo cuando está borracho, ése es mi compadre Bill. Además, vamos a ver, si tu capitán tiene una cuchillada en la mejilla... ¿no será además en el lado derecho? ¡Ah, ya decía yo! Así que... ¿está aquí mi compadre Bill?
Le contesté que se encontraba fuera, dando uno de sus paseos. -¿Por dónde, hijo? ¿Por dónde ha ido?
Le indiqué la playa y le dije por dónde podría regresar el capitán y lo que aún tardaría, y, después que respondí a otras de sus preguntas, me dijo:
-Ah... Verme le va a sentar mejor que un trago de ron a mi compadre Bill.
La expresión de su cara al decir esto no me pareció muy agradable, por lo que pensé que el forastero no decía la verdad. Pero pensé que no era asunto mío; y, además, tampoco podía yo hacer nada. El hombre salió y se apostó en la entrada de la hostería, acechando como gato que espera al ratón. Cuando se me ocurrió salir a la carretera, me ordenó que entrase inmediatamente, y, como no obedecí con la presteza que él esperaba, un cambio terrible se produjo en su rostro blanquecino, y profirió un juramento tan terrible, que me heló el alma. Entré rápidamente en la posada y él entonces se me acercó, recobrando su aire zalamero, y dándome una palmadita en el hombro me dijo que yo era un buen muchacho y que se había encariñado conmigo.
-Tengo yo un hijo -me contó- que se parece a ti como una gota de agua a otra y que es el orgullo de mi corazón. Pero los muchachos necesitáis disciplina, hijo, disciplina. Si tú hubieras navegado con mi compadre Bill, no necesitarías que te lo dijera dos veces para entrar en casa, no... No eran esas las costumbres de Bill ni de los que navegaban con él. ¡Pero, mira! ¡Ahí viene! Con su catalejo bajo el brazo. Es mi compadre Bill. ¡Bendito sea! Tú y yo vamos a meternos dentro, hijo, y nos esconderemos tras la puerta; vamos a darle a Bill una buena sorpresa. ¡Dios lo bendiga!
Y diciendo esto, entró conmigo en la hostería y me ocultó tras él, junto a la puerta. Yo estaba, como es de suponer, inquieto y alarmado, y el miedo que sentía aumentaba al ver que el forastero también daba muestras de temor. Acarició la empuñadura de su machete y empezó a sacarlo de su vaina, y todo el tiempo que estuvimos aguardando no dejó de tragar saliva, como si tuviera, como suele decirse, un nudo en la garganta.
Por fin entró el capitán, cerró la puerta de golpe y, sin desviar su mirada, se dirigió a grandes zancadas hacia su mesa.
-¡Bill! -llamó el forastero, con una voz que pretendía ser firme y resuelta.
El capitán giró sobre sus talones y se nos quedó mirando; el color había desaparecido de su rostro y hasta su nariz se tornó lívida; tenía el aspecto del que ve a un aparecido o al mismo diablo o incluso algo peor, si es que existe; tanto me sobrecogió verlo así, porque fue como si en un instante envejeciera cien años.
-Vamos, Bill... Ya me conoces... ¿O es que no te acuerdas de tu viejo camarada? -dijo el forastero.
El capitán ahogó un grito de asombro y exclamó:
-¡«Perronegro»!
-¿Y quién si no? -contestó el otro, ya más tranquilo-. El mismo «Perronegro» de siempre, que viene a saludar a su antiguo camarada Bill a la posada del «Almirante Benbow». Ah, Bill, Bill…. ¡Las cosas que hemos visto los dos desde que yo perdí estos garfios! -y levantó su mano mutilada.
-Está bien -dijo el capitán-, al fin me has pillado, ya me tienes; bien, echa fuera lo que tengas que decir. ¿Qué quieres? -Siempre el mismo, ¿eh, Bill? -respondió «Perronegro»-.
Tienes toda la razón. Ahora este buen mozalbete nos va a traer un trago de ron y vamos a sentarnos, ¿quieres?, y vamos a charlar mano a mano, como viejos camaradas.
Cuando yo regresé con el ron, estaban los dos sentados en la mesa del capitán, uno frente al otro. «Perronegro» se había situado cerca de la puerta y con la silla algo separada de la mesa, como para poder al mismo tiempo vigilar a su antiguo compinche y, supongo, tener pronta la huida.
Me mandó que me retirase y que dejara la puerta abierta de par en par, y añadió:
-No se te ocurra espiar por el ojo de la cerradura, hijo-. Así que, dejándolos solos, me retiré.
Durante largo rato, y aunque me esforcé por escuchar, no pude entender más que apagados susurros; pero después empecé a oír sus voces, cada vez más altas, y entonces pesqué alguna palabra, principalmente juramentos del capitán:
-¡No, no, no, no! ¡Y basta! -gritaba-. ¡Si hay que acabar colgados, a la horca todos! -chilló.
Y de repente estalló en juramentos horribles y escuché ruido de golpes; la mesa y las sillas rodaban por el suelo con gran estrépito; oí chocar de aceros y un instante después vi a «Perronegro» huir despavorido y al capitán corriendo tras él, los dos con los machetes en la mano, y vi que el hombro de «Perronegro» manaba sangre. Ya en la puerta el capitán descargó sobre el fugitivo un tajo tan tremendo, que, de haberlo alcanzado, lo hubiera abierto en canal, pero gracias a que el cuchillo chocó con la muestra de la hostería que colgaba en el portal. Todavía puede verse la muesca en el lado inferior del marco.
Aquel golpe fue el último de la pelea. Cuando pudo llegar a la carretera, «Perronegro», a pesar de su herida, demostró saber correr y desapareció tras la colina en medio minuto. El capitán, por su parte, miró la muestra como aturdido. Se pasó varias veces la mano por sus ojos, y después volvió a entrar en la casa.
-Jim! -gritó-, ¡ron! -; y al pedírmelo, se tambaleó un poco y trató de sostenerse apoyándose en la pared.
-¿Estáis herido? -exclamé.
-Ron... -me pidió de nuevo-. He de huir de aquí... ¡Ron! ¡Ron!
Corrí a traérselo, pero estaba tan impresionado por todo lo que había visto, que rompí un vaso y averié el grifo, y, mientras trataba de calmarme, oí el golpe de un cuerpo al caer al suelo; corrí entonces hacia la habitación donde había dejado al capitán y allí me lo encontré tirado cuan largo era. En ese instante mi madre, alarmada por los gritos y la pelea, acudió presurosa en mi ayuda. Entre los dos tratamos de levantar al capitán, que resollaba fuerte y estertóreamente; tenía los ojos cerrados y en su rostro el color de la muerte.
-¡Pobre de mí! -gritaba mi madre-. ¡La desgracia se ceba en esta casa! ¡Y con tu pobre padre tan enfermo!
No teníamos ni idea de qué hacer para auxiliar al capitán, lo único que se nos ocurría es que había sido herido de muerte en la pelea con el forastero. Traje, por si acaso, el ron y traté de hacérselo beber, pero tenía los dientes apretados y la boca encajada, como si fuera de hierro. En ese instante, y con gran alivio por nuestra parte, se abrió la puerta y vimos entrar al doctor Livesey, que venía a visitar a mi padre.
-¡Doctor! -exclamamos-. ¡Ayúdenos! ¡No sabemos si está muerto!
-¿Muerto? -dijo el doctor-. No más que uno de nosotros. Este hombre no tiene sino un ataque, que por cierto ya le advertí. Y ahora, señora Hawkins, vuelva usted al lado de su esposo, y, si es posible, que no se entere de nada de esto. Yo, como es mi obligación, trataré de salvar la despreciable vida de este tunante. Jim -me indicó-, haz el favor de traerme una jofaina.
Cuando volví con lo que me había pedido, el doctor había cortado de arriba hasta abajo una manga del capitán, dejando al descubierto su enorme brazo nervudo, sobre el que se veían varios tatuajes; en el antebrazo, con gran claridad, leímos: «Mía es la suerte», y «Viento en las velas», y «Billy Bones es libre», y más arriba, junto al hombro, veíase una horca con un hombre colgado; el dibujo estaba trazado con cierta gracia.
-¡Profético! -dijo el doctor, indicándome el dibujo-. Y ahora, señor Bones, si ése es su nombre, vamos a ver de qué color tiene usted la sangre. ¿Te asusta la sangre, Jim? -me preguntó.
-No, señor -respondí.
-Bueno, pues entonces -me dijo- sostén la jofaina. Y diciendo esto, cogió la lanceta y abrió una vena. Abundante sangre manó antes de que el capitán abriese los párpados y nos mirara con turbios ojos. Primero reconoció al doctor, y frunció su ceño; luego me vio a mí, y eso pareció tranquilizarlo. Pero de pronto su rostro palideció y trató de incorporarse, gritando:
-¿Dónde está «Perronegro»?
-Aquí no hay ningún «Perronegro» -dijo el doctor-, excepto el que lleváis en el pellejo. Habéis seguido bebiendo y os ha dado un ataque, tal como anuncié; y en este instante acabo, muy contra mi gusto, de sacaros por las orejas de la sepultura. Y ahora, señor Bones...
-Yo no me llamo así -interrumpió el capitán.
-Tanto me da -replicó el doctor-. Es el nombre de un pirata del que he oído hablar; y así os llamo para abreviar. De cualquier forma lo que tenía que deciros es tan sólo esto: un vaso de ron no acabará con vuestra vida, pero a ése seguirá otro, y después otro, y apuesto mi peluca a que, de no dejarlo, no tardaréis en morir, ¿está claro?, moriréis y así iréis al lugar que os corresponde, como está en la Biblia. Ahora, vamos, haced un esfuerzo y os ayudaré, por esta vez, a ir a la cama.
Entre el doctor y yo, con gran trabajo, conseguimos hacerlo subir la escalera y dejarlo en el lecho, donde su cabeza cayó sobre la almohada igual que si aún permaneciera desmayado.
-Y ahora, pensadlo -dijo el doctor-. Yo declino mi responsabilidad. Sólo el nombre del ron ya significa vuestra muerte. Y tomándome por el brazo, salimos de aquel cuarto para ir a ver a mi padre.
-No hay que temer -me dijo el doctor tan pronto cerramos la puerta-. Le he extraído suficiente sangre como para que descanse tranquilo una temporada; tendrá que quedarse aquí una semana, es lo mejor para todos; pero, sin duda, otro ataque puede acabar con él.
Capítulo 3
La Marca Negra
Hacia el mediodía me acerqué a la habitación del capitán, llevándole un refresco y medicinas. Se encontraba casi en el mismo estado en que lo habíamos dejado, aunque trató de incorporarse, pero su debilidad fue más grande que sus deseos.
Jim -me dijo-, tú eres la única persona en quien puedo confiar aquí; y bien sabes que siempre me porté bien contigo. Ni un mes he dejado de darte tus cuatro peniques de plata. Ahora ya
me ves, compañero, da grima verme, no tengo ánimos y estoy solo. Escucha, Jim, tráeme un cortadillo de ron... Vamos, camarada, ¿me lo traerás?
-El doctor... -intenté decirle.
Pero él rompió en juramentos y maldiciones contra el doctor con una voz que, aún apagada, no había perdido su vieja energía. -Los médicos son todos unos farsantes -voceó-, y ese vuestro, ése, ¿qué sabe de hombres de mar? Con estos ojos he visto tierras que abrasaban como la pez hirviendo, y a mis compañeros caer muertos como moscas con el vómito negro, y he visto la tierra moverse como la mar sacudida por terremotos... ¿Qué sabe el médico? Y te digo una cosa: fue el ron el que me hizo vivir. El ha sido mi comida y mi agua, somos como marido y mujer. Y si me lo quitáis ahora, seré como un barco del que ya no queda más que un madero, que las olas entregan a la playa. Mi maldición caerá sobre ti, Jim, y sobre ese médico charlatán -y de nuevo prorrumpió en una sarta de juramentos-. Fíjate, Jím, en el temblor de mis dedos -continuó ya con un tono de súplica-. No se están quietos. No he bebido una gota en todo el santo día. Te digo que ese médico es un farsante. Si no echo un trago de ron, Jim, empezaré a tener visiones. Ya casi las tengo. Estoy viendo al viejo Flint allí en el rincón, detrás tuyo; y si empiezo a tener visiones, con la mala vida que he llevado, se me va a aparecer hasta Caín. El médico dijo que un vaso no me haría daño. Te daré una guinea de oro, si me traes un cortadillo, Jim.
Iba excitándose cada vez más y yo me alarmé a causa de mi padre, que había empeorado y necesitaba toda la quietud posible; además, las instrucciones del doctor habían sido terminantes, y también me sentía ofendido en cierta forma por el soborno que me proponía.
-No quiero vuestro dinero -le dije-, sino el que debéis a mi padre. Os traeré un vaso, sólo uno.
Cuando se lo traje, lo cogió ávidamente y lo bebió de un trago.
-Ah -suspiró-. Ya me siento mejor, no cabe duda. Y ahora, muchacho, ¿cuánto tiempo dijo el doctor que debía estar en esta condenada litera?
-Una semana, por lo menos -le contesté.
-¡Truenos! -exclamó-. ¡Una semana! Eso no puede ser. Para entonces ya me habrían pillado y me marcarían con «la Negra». Ahora mismo deben andar ya por ahí esos canallas husmeando mis huellas; gentuza que no han sabido guardar lo suyo y quieren poner sus garras en lo que es de otro. ¿Tú crees que eso es de hombres de mar? Yo he sido un espíritu precavido, nunca gasté mis buenos dineros ni los he perdido por ahí. Pero voy a estar más avizor que un timonel en su guardia. No les tengo miedo. Largaré velas y volveré a escapar.
Conforme me hablaba, iba tratando de incorporarse en la cama, aunque con mucha dificultad; se aferró a mi hombro clavándome los dedos con tal fuerza, que casi me hizo gritar de dolor, e intentó mover sus piernas, pero eran como un peso muerto. El vigor de sus palabras contrastaba lastimosamente con la apagada voz que las pronunciaba. Logró sentarse en el borde de la cama.
-Ese médico me ha matado -murmuró-. Me zumban los oídos. Recuéstame.
Pero antes de que pudiera ayudarlo se desplomó sobre el lecho permaneciendo un rato en silencio.
Jim -dijo al rato-, ¿te fijaste bien en ese marino?
-¿«Perronegro»? -pregunté.
-Ah... «Perronegro» -dijo él-. Es un tipo de cuidado, pero aún son peores los que lo enviaron. Escucha, si yo no puedo escapar, si ésos consiguen marcarme con «la Negra», acuérdate de que lo que andan buscando es mi viejo cofre. Coge un caballo. ¿Sabes montar, no? Bien, pues, entonces, monta, y corre... ;sí, hazlo!, avisa a ese maldito médico tuyo, y dile que junte a todos, que venga con un juez y con agentes... Dile que puede atraparlos a todos, aquí, a bordo de la «Almirante Benbow»... , toda la tripulación del viejo Flint, todos... lo que queda de ella. Yo era el segundo de a bordo, el primero después de Flint, y soy el único que conoce dónde está lo que buscan. Me lo confió en Savannah, cuando se estaba muriendo, lo mismo que hago yo ahora contigo. Pero tú no abrirás el pico. Solamente si consiguieran pescarme, si me marcan con «la Negra», o si vieras otra vez a «Perronegro», o a un marino con una sola pierna, Jim... Ese sobre todo.
-Pero ¿qué es la Marca Negra, capitán? -pregunté.
-Es un aviso, compañero. Ya la verás, si me marcan. Pero ahora tú abre bien los ojos, Jim, y te juro por mi honor que iremos a partes iguales. -Todavía siguió divagando durante un rato, su voz fue debilitándose, y, cuando le hice beber su medicina, que tomó como un niño, me dijo-: Si ha habido un marino con necesidad de estas drogas, ése soy yo... -y se durmió profundamente.
No sé qué hubiera hecho yo de resolverse bien todos los acontecimientos; quizá le habría contado al doctor aquella historia, porque sentía miedo de que, si el capitán se recobraba, pudiera olvidar su promesa y tratara de liberarse de mí. Mas sucedió que aquella misma noche mi padre murió repentinamente, lo que hizo que dejaran de tener importancia las demás preocupaciones. El dolor que nos embargaba, las visitas de nuestros vecinos, la preparación del funeral y atender al mismo tiempo a todos los quehaceres de la hostería me mantuvieron tan ocupado, que apenas tuve pensamientos para el capitán y aún menos para sus intrigas.
A la mañana siguiente lo vi bajar al comedor, y comió como de costumbre, aunque poco, pero me temo que sí bebió más ron del que solía, pues él mismo se encargó de servirse a su gusto y con tal aire amenazador y tales bufidos, que ninguno de los presentes osó recriminarlo. La noche antes del funeral estaba tan borracho como siempre y no respetó el duelo que nos acongojaba, sino que le escuchamos cantar su odiosa y vieja canción marinera. Aunque aún se le veía muy débil, todos lo temíamos, y tampoco estaba el doctor, quien después de la muerte de mi padre había tenido que acudir a un enfermo a muchas millas de distancia. Ya he dicho cuán débil parecía el capitán, y a lo largo de la noche incluso pareció ir apagándose lentamente aún más. Subía y bajaba las escaleras con mucha fatiga, iba de una habitación a la otra y de vez en cuando asomaba las narices a la puerta como para oler el mar, luego volvía apoyándose en los muros y respirando trabajosamente como el que sube por una montaña. No parecía reparar en mí y creo firmemente que se había olvidado por completo de sus confidencias; su temperamento, veleidoso, más fuerte que su falta de vigor, le arrastraba a violentas actitudes, y no era la más tranquilizadora su costumbre de desenvainar su largo cuchillo, cuando más ebrio estaba, y ponerlo delante de él sobre la mesa. Pero, a pesar de todo, no prestaba mucha atención a la gente y parecía sumido en sus meditaciones e incluso como perdido en ellas. De pronto, con gran asombro nuestro, empezó a cantar una canción que jamás le habíamos escuchado, una especie de canción de amor campesina, que debía recordarle su juventud antes de hacerse a la mar.
Así siguieron las cosas hasta un día después del funeral, cuando a eso de las tres de una tarde cerrada por la más helada niebla, al asomarse a la puerta, vi lejos en el camino a alguien que se acercaba despacio. Sin duda se trataba de un ciego, porque iba tanteando el suelo con un palo y llevaba un gran parche verde, que le tapaba los ojos y la nariz; caminaba encorvado como por la edad o el cansancio y se cubría con un enorme capote de marino, viejo y desastrado, con una capucha que le daba un aspecto deforme. En mi vida había visto yo una figura más siniestra. Cuando llegó ante la hostería, se detuvo y, alzando una voz que parecía salir de un muerto, habló como dirigiéndose a la niebla que lo envolvía:
-¿No habrá un alma piadosa que le diga a este pobre ciego que ha perdido la preciosa luz de sus ojos en defensa de Inglaterra, y que Dios bendiga al rey George!, en qué lugar de su patria se encuentra?
-Estáis en la posada del «Almirante Benbow», junto a la bahía del Cerro Negro, buen hombre -le dije.
-Oigo una voz -dijo él-, la voz de un mozo. ¿Quieres darme tu mano, mi generoso amigo, y llevarme adentro?
Le tendí mi mano, y aquel ser horrible, blando como la niebla y sin ojos, la asió de pronto, apretándome como una tenaza. Yo me asusté tanto, que intenté soltarme, pero el ciego, dando un tirón, me arrastró tras él.
-Ahora, muchacho -me dijo-, vas a llevarme adonde está el capitán.
-Señor -le supliqué-, no puedo.
-¿No? -dijo con sorna-. ¿De veras? ¡Llévame o te rompo el brazo!
Y al decirlo, me retorció con tal violencia, que grité de dolor. -Señor -le dije-, es por vuestro bien. El capitán ya no es el que era. Tiene siempre su cuchillo delante. Otro caballero... -¡No repliques! ¡Vamos! -dijo interrumpiéndome; y jamás he oído una voz tan cruel, fría y estremecedora como la de aquel ciego. Esto me atemorizó aún más que el propio dolor, y no tuve más remedio que obedecerlo al instante. Lo conduje directamente hasta la puerta de la sala, donde nuestro viejo y enfermo bucanero estaba sentado adormecido por el ron. El ciego seguía pegado a mí, sujetándome con una mano de hierro y apoyando todo su peso sobre mis hombros.
-Llévame derecho a su lado y, cuando lleguemos, grita: «Aquí está su amigo, Bill». Si no obedeces... -y volvió a retorcerme el brazo con tal fuerza, que creí desmayarme.
Todo esto hizo que el miedo al ciego fuera mayor que el que sentía por el capitán, así que abrí la puerta de la sala, entré y dije con voz trémula lo que se me había ordenado.
El capitán levantó los ojos y una sola mirada bastó para disipar los efectos del ron y para que recobrase su lucidez. Se quedó atónito. La expresión de su cara no era tanto de terror como de un mortal abatimiento. Intentó levantarse, pero no creo que le quedaran suficientes fuerzas ya en su cuerpo.
-Quédate donde estás, Bill -dijo el mendigo-. No puedo ver, pero mi oído siente un solo dedo que se mueva. Vamos al negocio. Alarga la mano izquierda. Muchacho -me llamó-, sujétale la mano por la muñeca y acércamela, ponla en la mía.
Lo obedecí al pie de la letra, y vi que el ciego pasaba algo del hueco de la mano en que tenía el palo a la palma de la del capitán, que inmediatamente apretó aquello que le habían entregado.
-Y ahora ya está hecho -dijo el ciego. Y diciéndolo, me soltó de pronto y con una increíble seguridad y ligereza salió de la habitación y ganó la carretera, donde, y antes siquiera de que yo pudiera reaccionar, ya escuché el toc toc toc de su báculo en la lejanía.
Pasó algún tiempo antes de que el capitán y yo volviésemos de nuestro estupor; entonces, y casi al mismo tiempo, solté yo su muñeca, que aún tenía sujeta, y él acercó la mano a sus ojos y contempló lo que en su palma aferraba.
-¡A las diez! -gritó-. ¡Faltan seis horas! ¡Aún podemos salvarnos!
Y se levantó como un rayo.
Y en ese mismo instante, de golpe, vaciló, se llevó la mano a la garganta, permaneció unos segundos como un barco escorándose y después, con un extraño gemido, cayó al suelo cuan largo era.
Me precipité a socorrerlo, mientras llamaba a voces a mi madre. Pero todo fue inútil. El capitán había muerto atacado por una apoplejía fulminante. Y quizá sea difícil de entender, pero, aunque jamás me había gustado aquel hombre, a pesar de que al final hubiera comenzado a inspirarme lástima, verlo allí tendido, muerto, hizo que las lágrimas inundaran mis ojos. Era la segunda muerte que veía, y el dolor de la primera estaba aún fresco en mi corazón.
martes, 27 de abril de 2010
Sobre las nuevas tecnologías
SOBRE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS
Fuente: www.leeryescribirenlausb.blogspot.com
APRENDER A PENSAR
José Antonio Marina
El filósofo José Antonio Marina es profesor de educación media (de instituto le llaman en España), y actualmente está abocado a reflexionar sobre el uso de Internet en la enseñanza. Internet es un recurso fundamental, valiosísimo, pero sabiéndolo utilizar: El reto es aprender a pensar.
Luis Montes
"El ideologismo habitúa a la gente a no pensar, es el opio de la mente; pero es también una máquina de guerra concebida para agredir y 'silenciar' el pensamiento ajeno. Y con el crecimiento de la comunicación de masas también ha aumentado el bombardeo de los epítetos: una guerra de palabras entre 'nombres nobles', nombres apreciativos que el ideólogo se atribuye a sí mismo, y 'nombres innobles' que el ideólogo atribuye a sus adversarios".
Giovanni Sartori, La democracia en 30 lecciones, Taurus, 2009, p. 89
José Antonio Marina: "Un burro con internet sigue siendo un burro"
EFE , Sevilla 03/12/2009 - hace 2 horas comentarios +0 -0 (0 votos)
El filósofo José Antonio Marina, que esta tarde ha ofrecido en Sevilla la conferencia "Aprender a pensar", sobre la aplicación de las nuevas tecnologías en la educación, advirtió que "un burro con internet sigue siendo un burro".
Según Marina, internet es como poseer un carné de la estadounidense Biblioteca del Congreso, "una posibilidad de acceso, pero ¿qué se hace con ella?"
De ahí que el filósofo señalara que los alumnos actuales, a la hora de buscar información en la red, "lo hacen muy bien", pero a la hora de aprender esa información "lo hacen muy mal", tal vez porque "es muy fácil almacenarla en el disco del ordenador", pero, advirtió, "la inteligencia creadora se basa en la memoria de cada uno, no en la del ordenador".
En declaraciones a Efe, Marina señaló que las redes sociales en las que a diario interactúan los adolescentes son como "una conversación con mucha gente, con las mismas ventajas e inconvenientes de cualquier conversación, que si es estúpida, estupidiza a todos".
"Elevar el nivel de las redes es importante para toda la sociedad; de ahí que haya que aprovechar para elevar la capacidad de los alumnos y aumentar su nivel de conversación, por una razón de salud democrática, para evitar trivializar los debates públicos por falta de conocimientos", añadió.
"Una sociedad inteligente es aquella en la que sus ciudadanos manejan bien su conciencia, razonan y argumentan y atienden los argumentos de los demás", señaló el filósofo, quien advirtió de los peligros de una sociedad que sólo digiera mensajes breves y de un elevado nivel emocional, o sea, eslóganes y consignas.
Tras recordar una encuesta que asegura que el 40 por ciento de los españoles mayores de 24 años no comprenden el editorial de un periódico y asegurar que se ha sufrido "de manera brutal" una disminución de la capacidad de comprensión, con la consiguiente vulnerabilidad social, consideró que es preciso "desarrollar el sentido crítico de los alumnos".
Marina aseguró que las directivas de las UE sobre las ocho competencias básicas en materia de educación ―que van desde la lingüística y la matemática a las de convivencia― están "incompletas" porque, precisamente, falta "la del pensamiento crítico", o sea, la que enseñe a pensar.
"Podemos formar borregos muy eficaces en esas ocho competencias, pero es mejor formar personas muy eficaces", por lo que señaló que la pregunta es cómo utilizar las nuevas tecnologías de la información "que fascinan" a los jóvenes.
La conferencia de Marina ha estado organizada por la Fundación SM y dirigida a doscientos profesores andaluces que se han interesado en cómo las nuevas tecnologías pueden ayudar en la tarea de enseñar a pensar a los alumnos.
Aprender a pensar: la competencia fundamental
Hace unas décadas, la psicología intentaba entender el funcionamiento del cerebro comparándolo con un ordenador. Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de que los cerebros eran máquinas infinitamente más complejas que el ordenador más potente, y no porque pudieran almacenar más información, sino porque, a fin de cuentas, sabían utilizarla.
¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que los caracteres, sin un lector que sepa leerlos, es decir, los datos, sin una inteligencia que sepa interpretarlos, no sirven de nada. El ordenador encuentra precisamente problemas a la hora de hacer aquello que los niños enseguida aprenden a hacer: interpretar signos, dándoles un sentido. Los datos son sólo significantes que necesitan de un lector inteligente que pueda convertirlos en significados.
Esto es exactamente lo que queremos decir con “aprender a pensar”: sea cual sea la información que tengamos delante, tendremos que elaborarla para que pueda sernos útil. En este sentido, “aprender a pensar” es la competencia más básica de todas, pues ningún aprendizaje o conocimiento podrá darse en nosotros si antes no hemos aprendido a interpretar la información.
En realidad, tiene mucho que ver con esa competencia filosófica que yo he defendido y defiendo: la capacidad de discernimiento, de relación, y de comprensión y valoración del mundo hay que inculcarla, no aparece “porque sí” en el alumno en cuanto lo ponemos delante de toneladas de información. Es una de nuestras tareas como docentes, si no la más importante, ayudar al alumno, como diría Sócrates, a alumbrar el conocimiento, a “concebirlo”, algo que solo puede hacer por sí mismo pero para lo que necesita sin duda una guía.
Esta capacidad para pensar y convertir la mera información en conocimiento se hace ahora si cabe más necesaria, cuando nos encontramos desbordados con la cantidad de datos que se vierten cada día en Internet (el número total de páginas web supera los 600 millardos ―600.000.000.000―, 100 páginas por cada persona que hay en el mundo). Y, paradójicamente, es la propia web la que puede ayudar a instruirnos e instruir a los ciudadanos del futuro para que sepan navegar en esa marea de información.
Es importante que empecemos a pensar en las posibilidades de la web más allá de la función de “buscador” de información. En este sentido, podemos hablar de tres funciones fundamentales de Internet, aplicables de manera directa al ámbito educativo:
1. Información
2. Comunicación
3. Trabajo cooperativo.
De estas tres, quizá la que tenemos más descuidada como docentes es la tercera. Ya hemos dicho que, tal como nuestra experiencia inmediata y los estudios relativos al tema demuestran, Internet es fundamentalmente utilizado en el aula como buscador de información. Es algo que deberemos seguir haciendo, y cada vez más, pero quizá podamos pensar en modos de encuadrar esa “búsqueda de información” de manera que no resulte estéril, y acabe en un mero “copiar y pegar”.
Con respecto a la comunicación, es algo que también utilizamos cada vez con más profusión, pero quizá debamos ampliar los ámbitos en los que esta comunicación se da, y aprovechar las herramientas digitales para estrechar los lazos entre los profesores y las familias, entre los centros, y entre los propios docentes.
La época del profesor aislado ha terminado, y esto es así incluso para el que no quiera verlo: la formación, el contacto con los padres, la relación entre profesores y alumnos, todo puede verse enriquecido con las herramientas comunicativas puestas a nuestro alcance. Si “para educar hace falta la tribu entera”, incluyámosla en nuestros “diálogos electrónicos”, y generemos redes de cooperación que integren a todos los elementos educativos de la sociedad (es decir, a la sociedad entera): padres, centros, profesores, alumnos.
Por último, en el trabajo cooperativo, a través de los blogs o las llamadas “wikis”, se encuentra el vuelco metodológico necesario para transformar la práctica docente tal y como la entendemos ahora. La “inteligencia compartida”, o inteligencia que surge por interacción en los grupos, ha sido buscada y fomentada en la empresa privada, y en este sentido tenemos mucho que aprender de ella.
Nuestros alumnos se crecen cuando hacen las cosas por sí mismos, y más si tienen el aliciente de mostrar el resultado públicamente y de poder compartirlo y ayudar a otros. Es verdad que nuestros jóvenes parecen estar perdiendo capacidades que antes nos parecían indispensables para la adquisición de conocimientos (la capacidad de concentración, los procesos lineales de atención), pero también están desarrollando otras nuevas, y es nuestra tarea enlazar unas con otras de manera que aprovechemos las nuevas reforzando las “antiguas”.
Su capacidad de atender a varios canales de información necesita del criterio para resaltar unos en detrimento de otros. Su capacidad de rápida asimilación y reacción a los estímulos necesita también de la repetición, que asegure el paso de esos nuevos conocimientos de la memoria a corto plazo a la memoria “de larga duración”. Etcétera, etcétera. Pensemos en lo que pensemos, la labor del docente sigue ahí, como tutor del aprendizaje, como guía entre los gigabytes de información, pues no debemos olvidar que estamos formando personas, ciudadanos, y no robots ni esclavos.
Por eso mismo, “aprender a pensar” será siempre una necesidad, y una aventura que dura toda la vida. (Subrayados y resaltados, LM)
José Antonio Marina
***
DISNEY Y EL PELIGRO DEL CORREO ELECTRÓNICO
Michael Eisner*
Como les ha sucedido a tantas compañías y personas recientemente, la red de computación de Walt Disney se ha visto afectada por un virus. Ante mi repentina incapacidad de conectarme, tuve tiempo para pensar, y me di cuenta de la increíble expansión que ha registrado el uso del correo electrónico en muy poco tiempo.
Sin duda, los mensajes electrónicos son maravillosos: los viejos amigos se han encontrado de nuevo; personas extrañas ahora son amigas; los abuelos han visto crecer a sus nietos a través de fotografías enviadas por este medio; los investigadores han compartido apreciaciones y los negocios han mejorado su productividad. Sin embargo, estas comunicaciones no están exentas de problemas.
Debido a la rapidez de su expansión, el correo electrónico ha superado nuestra habilidad de adaptación.
Es cierto que la gente se ha comunicado por escrito durante siglos; ello le dio al mundo invaluables registros históricos. Sin embargo, en el siglo XX llegaron las tecnologías de la comunicación: el teléfono, la radio y la televisión fueron inventos extraordinarios, pero todos conspiraron contra la escritura de cartas. Luego, repentinamente, apareció el correo electrónico y todo el mundo comenzó a escribir de nuevo. Sin embargo, a diferencia de los viejos tiempos, cuando una carta era cuidadosamente escrita, leída y releída varias veces antes de enviarla, ahora escribimos y mandamos notas tan rápido como pueden moverse los dedos.
Me he dado cuenta de que la intensidad de las emociones dentro de nuestra competitiva compañía es cada vez mayor. Estoy convencido de que esto se debe al correo electrónico. Cada disputa que se presenta parece derivarse de un malentendido generado por uno de estos mensajes. En los años 70, asumí como costumbre que cuando estaba molesto con alguien escribía el problema en un memorando y lo dejaba en la gaveta hasta el día siguiente. En el 99% de los casos, ya para entonces la rabia había pasado o me daba cuenta de que mis argumentos no eran lo suficientemente precisos como para salvarme de ser despedido. Generalmente, decidía tomar el teléfono y hablar con la persona.
Con los correos electrónicos, nuestro impulso no es guardar el archivo, sino enviarlo. Nuestros errores a menudo crecen cuando enviamos copias a otros destinatarios. Si algo puede causar el derrumbe de una compañía o quizá de un país son los correos electrónicos que nunca debieron ser enviados.
Este tipo de misivas enviadas de forma irreflexiva representa un virus sumamente destructivo. Puede pervertir la sana ambición, convertir una apropiada búsqueda de oportunidades en oportunismo, fomentar la desconfianza y el ocultamiento de la información (un irónico efecto secundario de lo que debería ser una herramienta esencial de la comunicación y la apertura). El correo electrónico implica emociones expuestas sin pantallas, opiniones no moderadas por el lenguaje corporal y pensamientos irreflexivos. Tarde en la noche, en la frustración de estar solo o sentirse desolado, el botón de 'enviar' puede ser una tentación irresistible ante el tropel de pensamientos irreflexivos destinados a impresionar, agradar, o incluso a causar daño.
Dos palabras idénticas pueden tener un efecto completamente diferente si van acompañadas de una entonación distinta y de expresiones faciales diferentes. Sin embargo, en la fría luz del rayo catódico del correo electrónico, las mismas palabras que pueden ser cautivadoras son severas y acusadoras.
Obviamente, la gente siempre ha utilizado las palabras con descuido. Sin embargo,' la lentitud de los avances en el área de la comunicación solía protegernos de nosotros mismos. Ahora este ya no es el caso. Para entrar al siglo XXI, deberíamos retroceder al siglo XIX. No se trata simplemente de emular a los grandes escritores de cartas. Contamos con opciones que ellos no tenían (el teléfono y el automóvil, por ejemplo). Tan importante como usar el correo electrónico lo es saber cuándo no usarlo. Con algo de paciencia y sabiduría, podríamos damos cuenta del potencial del correo electrónico para unir a la gente reflexivamente.
*(Eisner es presidente de Walt Disney)
(c) Financial Times (2000) - Traducción Teresa León - http://www.eud.com
EL FUTURO QUEDA EN EL 2020
Paul Brow. (The economist)
Traducción: Patricia Torres
2-8. El Universal, 23 de noviembre 2003
Científicos predicen cómo se vivirá en unos años.
Eficacia energética, menos tráfico y trabajo desde casa es la proyección.
En Hamstreet, una ciudad nueva del Reino Unido, Richard Dumill va al baño y se prepara para un nuevo día. Es el año 2020, y cuando baja la palanca de la poceta, una muestra de orina o heces es automáticamente analizada y enviada a su médico. Los niveles de colesterol están un poco elevados, pero la computadora del laboratorio la descarta porque no hay nada anormal.
Escucha un leve zumbido: es el purificador de agua de su casa que se ha encendido. En el pasillo se detiene un momento para leer el medidor de electricidad y ve que la cuenta está a su favor: su generador eólico y sus paneles solares están enviando a la red de distribución más electricidad de lo que su familia ha consumido.
En el piso de abajo, su esposa, Sarah, protesta. El "refrigerador inteligente" no envió el pedido de pan y leche que ya debía haber recibido del servicio local de entregas a domicilio. Tendrá que llamar por teléfono.
Así comenzará el día la familia promedio del Reino Unido en el año 2020, según esta visión de cómo cambiarán nuestras vidas de los científicos de la Agencia Ambiental del Reino Unido.
Los hipotéticos Dumill trabajan para pagar la hipoteca de su casa —un préstamo a 55 años. Sarah trabaja como asesora de personas que tienen una predisposición genética a una variedad de enfermedades como el cáncer, por lo que no son elegibles para contratar seguros o solicitar préstamos hipotecarios.
Richard normalmente trabaja desde su casa, pero en esta ocasión se moviliza en un auto que utiliza hidrógeno como combustible a la compañía de corretaje de desechos y productos reciclados en la cual trabaja. Rara vez ve las latas o el plástico reciclado que negocia, pero conoce muy bien los precios que debe asignarles para venderlos en los mercados a futuro, donde las compañías compran productos de desecho para utilizarlos en un futuro en la fabricación de otros productos.
Cuando trabaja en su casa, un dispositivo telefónico enganchado a su oreja, que funciona con la electricidad que genera su cerebro, le permite a su jefe comunicarse con él en cualquier momento durante la jornada laboral. Richard siente cierto escepticismo hacia éste y otros de los numerosos dispositivos electrónicos nuevos que supuestamente incrementan su eficiencia.
Hoy, al conducir el auto para ir al trabajo, selecciona cuidadosamente su ruta para evitar los cobros por congestionamiento en las autopistas o en alguna de las ciudades que tiene que pasar. Hace tiempo su compañía se mudó de Londres para reducir sus costos.
La pareja tiene una hija, Britney, adoptada como muchos otros niños: el conteo de espermatozoides del británico promedio bajó a 30% de los niveles registrados en los años 40, debido a los productos químicos utilizados con tanta frecuencia en los alimentos. No causa ninguna satisfacción que muchos de los grandes fabricantes de alimentos se hayan declarado en bancarrota en los últimos años debido a demandas colectivas introducidas por personas que no podían tener hijos.
Debido a la campaña contra los preservativos en los alimentos y los altos precios del petróleo, enviar alimentos frescos a sitios distantes es prohibitivamente costoso. Por eso, la familia tiene un gallinero para conseguir huevos frescos y cultiva sus vegetales.
El panorama de la Agencia Ambiental del Reino Unido sobre la vida de los británicos en el año 2020 no es del todo negativo. La contaminación atmosférica ha disminuido, el transporte público es mejor y los congestionamientos de tráfico quedaron en el pasado, entre otras razones porque muchos trabajan en sus propias casas.
Según esta visión, a escala mundial las sociedades menos tecnológicas enfrentarán serios problemas. Grandes zonas de África Central se tornarán inhabitables por los cambios climáticos. El mar inundará muchas áreas costeras, lo cual causará una crisis de refugiados.
La visión de un estilo de vida muy diferente al actual para la familia Dumill —que incluye viajar por tren a Europa Oriental durante las vacaciones porque los viajes aéreos se han tornado demasiado costosos— se basa en los estudios presentados en una conferencia que se celebró recientemente en Londres, llamada Visión 2020, y en la que los científicos prevén un futuro de eficiencia energética en el cual los congestionamientos de tráfico son poco comunes y hay menos contaminación atmosférica, pero los alimentos importados son un lujo.
Entre los conferencistas estuvieron presentes la Ministra del Ambiente del Reino Unido, Margaret Beckett, y el director de la organización Friends of the Earth, Tony Juniper.
***
LA CULTURA DEL CELULAR
Juan Vandeveire
Centro de Información -CENINF
Es asombrosa la popularidad que han alcanzado, en pocos años, aquellos aparatitos inalámbricos cuya batería cargamos cada día y que guardamos en la bolsa o en un estuche pegado al cincho. Se nos informa que en Guatemala, donde solo 2% de la población tiene acceso a una computadora, se ha vendido un mayor número de teléfonos celulares que el total de habitantes que pueblan nuestro país. ¡Más celulares que gente! Esto todavía no significa que todos los guatemaltecos y guatemaltecas sean dueños de un celular, porque hay quienes tienen dos o más celulares y otros los cambian a menudo, ya que rápido pasan de moda los viejos modelos y a cada rato aparecen nuevos, más atractivos. Pero, podemos decir que los teléfonos celulares o móviles vinculan a un mayor número de personas, como ningún otro aparato, con la esfera electrónica.
Nos cambia el hecho de estar más tiempo “conectados”. La comunicación por teléfono, anteriormente posible a partir de la casa, oficina o teléfono público, ahora se facilita casi en cualquier lugar donde uno se encuentre. La persona se siente más segura: a la hora de una emergencia, puede utilizar su celular para pedir ayuda o información importante. El teléfono móvil puede salvar vidas. Me sirve para que un amigo me explique cómo resolver un problema técnico que me tiene trabado. Puede servir para ubicar a un infante extraviado. Permite coordinar a personas que trabajan a distancia. En lugar de tocar el timbre de la casa, puede uno hacer una breve llamada para que, en el instante mismo de llegar, le abran la puerta.
Además, el celular nos cambia la vida al cambiarnos el paisaje urbano. Aquí nos referimos a las torres que como antenas repetidoras posibilitan la comunicación telefónica pero al mismo tiempo alteran el aspecto arquitectónico de las ciudades. Walter Benjamin ha sido uno de los primeros en señalar cómo el cambio urbanístico revela profundos cambios sociales. Es conocido su estudio de los “pasajes” que en la ciudad de París surgieron durante el siglo XIX. Se trata, un poco al estilo del Pasaje Rubio que conocemos en la ciudad de Guatemala, de un corredor en medio de bloques de casas y otros edificios, con elegantes techos de vidrio, en soportes de hierro. A ambos lados de estos corredores, los peatones pueden encontrar almacenes de lujo y otros establecimientos comerciales como restaurantes y peluquerías. Ofrecen a los “flaneadores”, es decir, a los caminantes que no necesariamente sean compradores sino que dedican largas horas a pasear por la ciudad, sin rumbo fijo y cuyos pasos también los llevan a los “pasajes”, donde pueden explorar el microcosmos, el mundo en pequeño que se encuentra expuesto en las vitrinas. En los pasajes, Benjamin ve el reflejo de una primera fase de la sociedad capitalista, cuando los productos industriales todavía rivalizan con los objetos de arte. Ve en ellos también el reflejo del siglo diecinueve.
Se sabe que para muchos políticos y urbanistas latinoamericanos, París ha funcionado como la ciudad modelo. Imitarla en nuestro continente se veía de refinado gusto. Por eso, no nos extraña que en la ciudad de Guatemala tengamos en la torre del Reformador una copia en miniatura de la Torre Eiffel y en la avenida Reforma una copia, no solo de la arteria del mismo nombre en la ciudad de México sino también de los grandes bulevares que diseñó el barón Haussmann en París en la segunda mitad del siglo XIX.
Según el original método de Benjamin, que busca descifrar la cambiante realidad social en el paisaje urbano que nos rodea, estamos tentados a concluir que las torres repetidoras de la telefonía celular, que como hongos surgen en nuestro medio ―no solo en el paisaje urbano sino también en el paisaje pueblerino y rural―, revelan la aparición de una sociedad cambiada, la aparición de gente transformada por el celular. Los “pasajes” eran tímidos precursores de los supermercados y gigantescos centros comerciales de hoy, a su vez nuevos complejos arquitectónicos, que nos definen como sociedades de gente que cada vez “flanea” menos pero corre para consumir más.
El celular nos facilita la comunicación. ¡Qué bueno! Pero esta comunicación también puede servir para extorsionar o para monitorear asaltos, a veces desde autores intelectuales que se encuentran en la cárcel, según información periodística. También hemos visto que la comunicación facilitada no siempre es comunicación profunda. Rápidamente se banaliza la comunicación, cuando la llamada por teléfono busca una fácil, aunque nada barata, escapatoria del aburrimiento. Muchos y muchas no se conforman con el “frijolito”, el modelo más sencillo. Optarán, si pueden, por un Blackberry o un IPhone, que te elevan en la jerarquía del prestigio.
Hay quienes se hacen adictos al celular, no solo mediante mensajes de voz, sino también a través de mensajes escritos. Nos sorprendió la información acerca de una joven que enviaba cada día cientos de mensajes escritos por celular y desde su carro, mientras iba manejando. El atractivo del celular trasciende la comunicación telefónica: hay modelos, cada vez más sofisticados, que también posibilitan escuchar música, tomar fotografías, conectarse a internet, ver películas y utilizar el Sistema de Posicionamiento Global (GPS). No tardarán en aparecer versiones que controlen nuestra salud, desplegando nuestra temperatura corporal y presión arterial. Aunque por el celular también nosotros mismos estamos más controlados.
El teléfono móvil, dispositivo de comunicación, paradójicamente puede provocar la incomunicación, por ejemplo, cuando cada uno de los miembros de una familia en su casa, en lugar de intercomunicarse, se dedica a largas conversaciones por celular con sus amistades. Se ha señalado lo superficial como una característica de la sociedad contemporánea: somos parte de una sociedad “líquida”, diría Zygmunt Bauman. Es decir, una sociedad donde predominan las relaciones efímeras, marcada por lo desechable, con una cultura configurada en parte por el teléfono celular. No cometeremos el error de declarar incompatible la comunicación profunda con la comunicación por celular. Pero ciertos usos y abusos de este aparato indudablemente llevan a la superficialidad. Si las tecnologías que usamos determinan y hasta se convierten en nuestra cultura, el celular nos cambia.
Regresando a la idea de Benjamin, a la par de las torres repetidoras, otro cambio fundamental en nuestro paisaje es la presencia, cada día más abrumadora, de los enormes trailers que corren por nuestras calles y carreteras, donde a veces se encargan de entorpecer el tráfico. ¿Qué llevan en sus contenedores? Mercancías, entre las que no faltarán los celulares de último modelo, que tú y yo estaremos tentados de adquirir. Además de cambiar el paisaje, estos trailers lo cambiarán aún más a través de la necesidad de modificar la red vial. Los anillos periféricos en las grandes ciudades son un ejemplo. En Guatemala está anunciado, como uno de los megaproyectos en la lista de prioridades, la construcción de un nuevo periférico, no como el que ya está, que rodea parcialmente la ciudad, sino uno que rodeará toda el área metropolitana: otro cambio social que será visible en la urbanización.
***
LOS ARREPENTIDOS DEL FACEBOOK (reportaje)
David Alandete 11/11/2009
Las redes sociales se han convertido en peligrosas fuentes de información para despidos, fichajes o ascensos ―La línea entre lo privado y lo público es imposible en la Red― Y empiezan las bajas.
¿Comunicación social del futuro o forma de control permanente? ¿Medio de expresión libre o instrumento para coartar la libertad personal? ¿Espacio estrictamente personal o portal de imagen pública? En el imperio de las redes sociales en Internet quedan todavía muchas fronteras borrosas, fuente de graves problemas para los internautas. Con los beneficios de sitios como Facebook, MySpace, Twitter o Tuenti han llegado los efectos adversos: despidos, acosos, traspiés y demás problemas en unas redes que, a veces, pueden llegar a convertirse en enredos de pesadilla.
Al principio existía MySpace, que popularizó el uso de la página personal. Después de su comercialización, en 2003, cualquiera podía disponer de un foro online en el que dar rienda suelta a su vanidad y mezclar fotos, música e ideas. Todo aquello lo asumió y lo popularizó Facebook, que además unió la famosa línea de "¿Qué estás pensando?", que se convirtió en el centro del universo para Twitter.
Twitter, por su parte, se ha convertido en algo ubicuo, una red en la que expresarse con límite de 140 caracteres y que ha dado lugar al verbo twittear. Desde la pasada semana, además, opera en español. Hoy en día todos twittean, desde la presidenta madrileña, Esperanza Aguirre, al papa Benedicto XVI o la estrella televisiva Oprah Winfrey.
España dispone de su propia red. Se trata de Tuenti, creada en 2006 y a la que se accede exclusivamente por invitación. Según su director de comunicación, Ícaro Moyano "cuenta con 6,8 millones de usuarios y es la página con más tráfico de España seguida por Google".
El líder mundial en su terreno es Facebook. Dispone de 300 millones de perfiles, casi un 5% de la población mundial. La mitad se conecta a esa red a diario. El usuario medio tiene una lista de 130 amigos. Ese grado de interconexión y omnisciencia la ha hecho inmensamente popular.
Según BJ Fogg, director del Laboratorio de Tecnologías de la Persuasión de la Universidad de Stanford (California), identificado como uno de los gurús tecnológicos del momento por la revista Forbes, todo eso se debe a que es "la tecnología más persuasiva que ha existido". Según este psicólogo, los creadores de ese portal lograron una de las armas de convencimiento e incitación más perfectas del mundo online. "Facebook persuade porque te notifica qué novedades te aguardan si te conectas. Te dice que tienes un mensaje, que han etiquetado una foto con tu nombre, que te han invitado a un evento. Entonces quieres verlo, quieres experimentarlo. Y te conectas. A otro nivel distinto, tus amigos en Facebook crean una red de centenares de personas que está presente en Facebook, de la que eres parte, en la que te sientes integrado", explica.
A veces, sin embargo, puede ser un arma peligrosa. Para Curtis Smith, teniente en el cuerpo de Marines de EE UU, ha sido una fuente de preocupaciones y ansiedad creciente. Cuando se alistó, en 2008, borró a casi todos sus amigos de Facebook. Iba a conocer a muchos soldados, llegados de todos los rincones del país. Sabría casi todo de ellos, y ellos sabrían casi todo de él.
Como todo joven de 24 años, el teniente Smith, que ha preferido usar un pseudónimo, había tenido hasta entonces una ajetreada vida en Facebook. Exhibía fotos, vídeos e ideas. Había mucha información en su perfil. Demasiada, pues quedaba claro que era gay. Y en el ejército de EE UU impera una ley que prohíbe a los homosexuales reconocer que lo son cuando prestan servicio en las fuerzas armadas, bajo riesgo de expulsión.
Smith decidió prescindir de sus amigos de Facebook. Uno a uno, los fue borrando a todos. "A los que me importaban, a mis amigos de verdad, se lo dije. A los conocidos, simplemente los eliminé sin más", explica. "Era necesario. Es casi imposible estar en Facebook, ser gay y ocultárselo a los demás soldados. Ellos están también en la red. Te añaden. Y te preguntan por qué no les aceptas. Puede llegar a ser una pesadilla".
Las redes sociales suelen cumplir una buena función. Según el psicólogo clínico Michael Fenichel, las aplicaciones como Facebook "ofrecen muchas cosas valiosas en un solo paquete, por eso mucha gente acaba confiando en ellas como su hogar para toda la actividad online que no esté relacionada con el trabajo". "Facebook puede satisfacer necesidades muy variadas. Proporciona la demostración de que uno es popular con listas de amigos largas. Permite recobrar el contacto con amigos", añade. "Individualmente, puede hacer cosas maravillosas, como permitir a un parapléjico que debe permanecer en casa hacer amigos y conocidos con otros que comparten el mismo tipo de discapacidades, o que ni siquiera imaginan que él pueda tener una discapacidad. Puede ser muy liberador".
Tanto, que uno puede escapar del lugar de trabajo en un solo clic, para comentar unas fotos del viaje de verano o para cultivar una granja online en aplicaciones lúdicas. De hecho, el uso de redes sociales en el trabajo se ha convertido en un dolor de cabeza para las empresas. Una encuesta reciente de la consultora Nucleus Research reveló que, cuando una empresa no prohíbe el acceso de sus ordenadores a Facebook, acaba perdiendo un 1,5% en productividad laboral de sus empleados.
En este mismo estudio, en el que se entrevistó a 237 empleados, se descubrió que un 77% de ellos tenía cuenta en Facebook, y que cada uno se pasaba, de media, unos 15 minutos diarios de horas de trabajo conectado a ese portal. Con un panorama semejante, no es de extrañar que, a día de hoy, un 54% de las empresas estadounidenses haya prohibido el acceso a las redes sociales a través de sus servidores, según una investigación de la consultora Robert Half Technology, que analizó unas 1.400 compañías.
Para aquellos a los que se les permite navegar por redes sociales, existe un riesgo, muy real, de ser despedido. No sólo por conectarse simplemente a Facebook o MySpace, sino también por colgar en la Red información sensible o comprometida. La consultora Proofpoint acometió un análisis sobre la filtración de información corporativa confidencial a través de redes sociales en 75 empresas de más de 1.000 empleados. Un 8% de ellas despidió, por lo menos, a uno de esos empleados por difusión de datos privados a través de esos sitios web.
En EE UU ha habido casos llamativos, bruscos finales de carreras brillantes a causa de enredos antológicos en una red social. Y si no, que se lo pregunten al jurista Jonathan MacArthur, que en 2007 perdió su puesto como juez sustituto en los Tribunales de Justicia del Norte de Las Vegas (Nevada) por la información publicada en su página personal de MySpace. En ese sitio web, MacArthur destacaba uno de sus intereses personales: "Romperme el pie estampándoselo a los fiscales en el culo... y mejorar mi capacidad de romperme el pie estampándoselo a los fiscales en el culo".
No hay evidencias ni acusaciones de que MacArthur haya agredido, jamás, a un fiscal. Su comentario, hecho en una página personal, suena a broma. Si se le pregunta, lo confirma: "Era, obviamente, un comentario jocoso". Este experto abogado criminalista, con un currículo impecable, había anunciado que se presentaría a las elecciones para juez en 2008. El campo de su probable oponente comenzó a investigar en su pasado. Otros compañeros de profesión le comentaron que corrían por la Red correos electrónicos con sus comentarios en una página de MySpace. Finalmente, el fiscal del distrito David Roger presentó en el juzgado aquel fragmento de la página personal de MacArthur, junto con otras muestras de su perfil de MySpace.
"Roger, envió un correo electrónico al tribunal explicando que si yo volvía a trabajar como juez sustituto, presentaría mociones para recusarme en todos los casos, y presentaría una demanda ética en mi contra", explica MacArthur, que sigue trabajando en Las Vegas como abogado, después de perder unas elecciones a juez hace un año. "Todo fue una sandez sin fundamento, pero suficiente para convencer al juez titular de que utilizarme como juez sustituto era un riesgo para su imagen innecesario".
MacArthur destaca lo obvio. Que el comentario lo había hecho desde el punto de vista de su anterior ocupación, como abogado defensor. Que se había sacado de contexto. Y que, además, las duras limitaciones de imagen pública que se aplican a los jueces titulares no sirven para los jueces sustitutos. "El 10 de agosto de 2007 se me informó de que no volvería a prestar servicio como juez sustituto. Nadie de la administración de justicia me pidió una explicación o el acceso a mi página completa de MySpace".
Aquel ascenso frustrado es una prueba de que los oponentes ―en el trabajo, en unas elecciones, en la política― pueden buscar y buscarán en las redes sociales información dañina que usar a su antojo. "De momento no creo que regrese a la política. Todo aquel proceso me costó un alto precio", añade MacArthur.
Es normal que, para analizar el rendimiento laboral y las capacidades de los trabajadores, los jefes y responsables utilicen no ya buscadores como Google, sino también las nuevas redes sociales. Según un reciente estudio de la página web de información laboral CareerBuilder, participada, en parte, por Microsoft, un 29% de los empleadores usa Facebook para comprobar si un candidato a un puesto de trabajo es el adecuado o no. Un 21% prefiere MySpace y un 26%, la red profesional LinkedIn.
Llaman la atención las razones de las empresas para no contratar a candidatos, todo un manual de qué no hacer en Internet: "El candidato colgó fotos o información provocativas o inapropiadas en un 53% de los casos... El candidato colgó contenido en el que refería beber alcohol o tomar drogas en un 44% de los casos... El candidato hizo comentarios discriminatorios en un 26% de los casos... El candidato mintió sobre sus cualificaciones en un 24% de los casos".
Parecen cuestiones de sentido común, pero en Facebook o MySpace el límite entre lo estrictamente privado y personal y la imagen pública es extremadamente borroso. ¿Quién no tiene a un compañero de trabajo o a algún jefe en la lista de amigos de Facebook? ¿A quién no le han etiquetado en una imagen con una copa en la mano? ¿Quién controla a la perfección los ajustes de seguridad para evitar que información privada esté al alcance de cualquiera?
Hay gente a la que esa interconexión le supone más un problema que un activo. Eugene Jones, trabajador del sector inmobiliario de Washington, de 28 años, no tiene Facebook, ni Twitter, ni MySpace. Cree que no le aportan nada a su trabajo y confía en una forma de comunicación más directa y sencilla. "Cuando tengo algo que decir, lo digo en persona o a través del teléfono o el correo electrónico".
Parece algo lógico. Generaciones enteras han vivido de ese modo. Pero hoy en día, en EE UU, es una tarea muy ardua encontrar a un solo joven de 15 a 30 años que no tenga Facebook. Cualquiera tiene una cuenta, aunque sea sólo testimonial. También están los actualizadores compulsivos, los que cuelgan fotos, cultivan granjas virtuales, difunden los vídeos que más les gustan y lanzan ovejas, zombies, corazones y bolsos de marca a sus amigos. Jones lo confirma: "Cuando la gente me dice que me va a añadir en Facebook y yo respondo que no tengo perfil, me miran como si estuviera loco, de verdad".
Según el doctor Fogg, de la Universidad de Stanford, la actitud de Jones es anacrónica. "No conozco a nadie que se haya dado de baja en Facebook. Esa actitud sería semejante a decidir abandonar la sociedad y vivir aislado en el desierto. Hay y ha habido, de siempre, gente que prefiere ese estilo de vida. Pero yo no lo veo como algo natural. Lo interpreto como una declaración de principios, como una voluntad de no estar conectado a una amplia red social".
El teniente Smith, de hecho, ha decidido regresar a Facebook. Va a dejar el cuerpo de Marines el próximo año. "Por divergencias entre cómo veo yo la vida y qué representan los marines", explica. De momento, ha añadido a algunos amigos. "A los de hace tiempo los tengo en un perfil limitado según el cual no pueden escribir mensajes en mi pizarra ni pueden etiquetar fotos con mi nombre. Es una medida preventiva hasta que logre la baja definitiva del ejército".
Hasta entonces, Smith seguirá sin estar plenamente en Facebook. Y eso le seguirá acarreando problemas con sus amigos, que pensarán que está limitando su libertad de expresión. Puede que las redes sociales llegaran hace poco más de cinco años, pero en el cambio de década son el campo en el que se juega la comunicación del futuro. Y para la inmensa mayoría no hay vuelta atrás.
© EDICIONES EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200
***
¿NOS QUEDARÁ ALGO DE PRIVACIDAD?
David Gelenter
La vida se transformará en datos electrónicos al alcance de los espías. Pero no se preocupen, hay solución.
David Gelernter es director científico de Mirror World Technologies, crítico de arte de la revista Weekry Standard y profesor en la Universidad de Yale
TIME, 18 DE FEBRERO DE 2000
Vivimos rodeados de ondas transmisoras de señales de radio y televisión. En el año 2025, estaremos inmersos en una "ciberesfera" por la cual circularán miles de millones de "estructuras de información" (invisibles pero reales, como las ondas de radio) que transportarán las palabras, imágenes y sonidos de los cuales depende nuestra vida.
Para entonces, el mundo electrónico habrá alcanzado una cierta coherencia. En lugar de teléfono, computadora y canales de televisión, habrá una sola red capaz de hacerlo todo, porque el conjunto de esos elementos serán simples variaciones de un mismo tema. Su función será sintonizar estas estructuras de información de la misma manera en que la radio sintoniza una emisora. Estas ciberestructuras tendrán distintas formas y tamaños, pero una de ellas, la "cibercorriente", será más importante que las demás. La cibercorriente será la crónica electrónica de nuestra vida diaria que acumula registros como si fueran perlas irregulares en una cuerda infinita. Este flujo virtual incluirá todas nuestras llamadas telefónicas, mensajes de correo electrónico, cuentas y extractos bancarios. Después de alimentar toda esta información al procesador de análisis estadístico, nuestros fieles servidores de software podrán intuir con sorprendente precisión nuestros planes para el futuro cercano. Encontrarán en nuestra vida patrones que ignorábamos por completo. Responderán correctamente a mensajes verbales concisos (“Llamar a Julieta”, “Comprar comida”, “Imprimir las noticias”) porque sabrán exactamente quién es Julieta, qué comida le hace falta y qué noticias queremos leer.
Todo parece indicar que en el 2025 la vida será sencilla. Nos deslizaremos en una alfombra mágica tejida con datos minuciosos y análisis estadísticos. Pero si alguien logra acceder a nuestra historia de vida electrónica, la expresión "invasión de la privacidad" adoptará un significado totalmente nuevo. El ladrón nos habrá robado no sólo nuestro pasado, sino también una guía fiable para nuestro futuro.
Estas estructuras de información recién están comenzando a emerger. Para el año 2025, una buena parte de la información privada del mundo estará almacenada en computadoras conectadas a una red global, y si un ladrón pudiera conectar su computadora a esa red, encontraría —en principio— la electrónica desde su máquina a la de usted.
¿Entonces, cuál es la novedad? La tecnología siempre ha amenazado la privacidad, y esas amenazas rara vez se concretan. Han sido derrotadas antes y volverán a serlo en el futuro por una fuerza mucho más poderosa que la tecnología. No es la ley ni la prensa. Tampoco los burócratas ni los jueces federales. Es la moral.
Después de todo, si quisiéramos podríamos tomar un par de potentes binoculares y espiar a nuestro vecino. Pero no lo hacemos. No porque no podamos o porque es ilegal o porque no estemos interesados —la curiosidad es un rasgo típicamente humano—. No lo hacemos porque es indigno. Porque sabemos que está mal y que nos sentiríamos avergonzados si lo hiciéramos. Las leyes no son buenas armas a la hora de proteger la privacidad. Generalmente, cuando nos amparamos en la ley es porque algo malo ya ocurrió y la sociedad ha salido perdedora. Intentar frenar el avance tecnológico es otra estrategia equivocada. Es un juego de tontos y no va a funcionar. El mejor método para proteger la privacidad en el 2025 es el mismo método que hemos utilizado siempre: enseñarle a nuestros hijos a diferenciar el bien del mal, haciéndoles saber que confiamos en que harán el bien. Estamos obsesionados con la privacidad porque hemos perdido de vista temporalmente una palabra más importante: la dignidad. Hablamos de nuestro "derecho a la privacidad" pero no es eso lo que queremos decir. Esta gastada idea se derrumba apenas la expresamos. ¿Privacidad para asesinar o para golpear a la esposa o a los hijos? ¿Privacidad para maltratar a un animal?; ¿para falsificar dinero? La privacidad no es un derecho absoluto; es un pequeño lujo que podemos darnos cuando lo conseguimos. La dignidad es una necesidad por la que debemos luchar. Y llegado el 2025, nuestra vida será mejor. No por la revolución tecnológica, sino por un renacimiento moral inevitable y mucho más importante.
***
Copiar y pegar, la nueva forma del plagio en la universidad
Preocupación en las aulas / Engaño o falta de conocimientos
Los docentes aprenden a detectar textos sacados de la Web
y presentados como propios
Domingo, 31 de mayo de 2009
Silvina Premat
La Nación
Cuando las respuestas de sus alumnos dan más información de la solicitada, revelan un nivel de conocimiento superior al esperado o están escritas en un lenguaje y estilo diferente al habitual del estudiante, el docente sospecha. ¿Estará frente a un texto copiado de Internet?
El apropiarse de ideas, afirmaciones o textos enteros ―acción más conocida como copiar y pegar― es cada vez más habitual en el ámbito universitario. Lo que hasta hace pocos años era un temor considerado exagerado por algunos es ahora cosa de todos los días, alentada por la facilidad de acceso a los sitios de Internet y la multiplicación de portales que ofrecen textos académicos, monografías y tesis.
"El copy/paste está siempre. Los profesores no se cansan de decirnos que, si sacamos algo de Internet, pongamos bien las referencias, pero ellos qué saben. Las posibilidades en la Web son infinitas", dijo con desparpajo Victoria, estudiante de 5° año de Medicina de la UBA y contó: "Hace poco, haciendo un trabajo en grupo para Historia de la Medicina, encontramos un párrafo perfecto para lo que queríamos decir. Por suerte una de las chicas se avivó y sugirió reescribirlo usando sinónimos y nadie se dio cuenta".
En una recorrida de La Nación por distintas facultades y en consultas telefónicas se constató que la preocupación por esta práctica está en los docentes y las autoridades.
"El concepto de plagio en la universidad está en contradicción con lo que ella es en cuanto transmisión y generación de conocimiento atravesado por valores como el respeto a la verdad", dijo María José Fittipaldi, coordinadora de la Secretaría Académica del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA). Allí trabajan en la prevención del plagio desde el comienzo de las carreras y, cuando se dan casos, además de la sanción disciplinaria, se hace con un alumno un trabajo para ayudarlo a tomar conciencia de lo que hizo.
Por eso, hay programas, como en la Universidad Virtual de Quilmes, que dedican dos clases de una licenciatura en Administración, a explicar qué es el plagio y cómo evitarlo. Otras, como la Universidad de Belgrano, incluyen esos contenidos en materias como Trabajo Final. En la Universidad Católica Argentina (UCA), y en otras, el copy/paste es considerado una falta grave que puede ser sancionada no sólo con desaprobar la materia, sino también con suspensión y hasta expulsión.
"Nos preocupa que el alumno percibe la Red como un conocimiento global que pertenece a todos. Por eso ponemos mucho énfasis en este tema", explicó Ana Kunz, titular de la materia Trabajo Final de la UB.
Gonzalo Alvarez, secretario académico de la Facultad de Derecho de la UBA, explicó que a veces "no se trata de plagio con intención dolosa, sino de extracción de fuentes de bajo nivel académico y de dudosa proveniencia", que, de todas formas, debe ser sancionado por "hacer propio algo que no lo es".
De su experiencia como docente recuerda un caso. En un trabajo de la materia Régimen Jurídico de la Educación ―a mitad de la carrera de abogacía―, se repetía la expresión "en nuestra Constitución", que sorprendió a Álvarez porque se refería a Uruguay. Pensó que el alumno era de ese país, pero lo descartó tras chequear el documento del estudiante. Buscó algunas frases en Google y encontró el texto íntegro. "Le hice rehacer el trabajo, pero no lo sancioné porque consideré más importante que aprenda que eso no se debe hacer."
Un profesor de Filosofía de la Universidad de La Plata contó que el año pasado tuvo un 20% de calificaciones CP (copy/paste). Cuando percibía algo extraño en los textos, los "googleaba" y, al constatar que eran copias, les ponía esa nota. "A todos los que tenían un CP como nota les costó mucho aprobar el final", afirmó el docente y agregó que este problema lo obligó a formular preguntas más precisas en los trabajos.
Los docentes también encuentran ayuda en la Web. Hay software que compara archivos de Word con toda la Red y estima el porcentaje de originalidad de los contenidos o confronta entre sí varios archivos ―los trabajos prácticos de alumnos de un mismo curso― para detectar repeticiones.
Muchos estudiantes no ven nada malo en el copy/paste y hay otros que se sienten impunes. Como el caso que contó María C., estudiante de Sociología: "En Filosofía Política, un compañero entregó un trabajo copiado íntegramente de Internet. La profesora lo descubrió y, además de bocharlo, lo escrachó frente a todos. El caso es grave porque ese chico ya estaba graduado como abogado".
En: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1134065
SOBRE LA ARGUMENTACIÓN (material teórico)
Cicerón definía la argumentación como «el discurso mediante el cual se aducen pruebas para dar crédito, autoridad y fundamento a nuestra proposición». Argumentar consiste, pues, en aportar razones para defender una opinión y convencer así a un receptor para que piense de una determinada forma. La argumentación se utiliza normalmente para desarrollar temas que se prestan a controversia, y su objetivo fundamental es ofrecer una información lo más completa posible, a la vez que intentar persuadir al lector u oyente mediante un razonamiento.
Por ejemplo, María le dice a Juan: "Deja de fumar, que te vas a destrozar los pulmones". María ha expresado una petición argumentándola (el tabaco perjudica los pulmones) para así justificar la conclusión a la que quiere llegar: No hay que fumar.
Si la persona que argumenta conoce en profundidad el tema del que habla, diremos que es un emisor cualificado. En cambio, cuando el hablante que argumenta transmite un mensaje elaborado por otros (los testimonios de famosos en la publicidad, por ejemplo), diremos que es un emisor interpuesto.
La argumentación y la exposición están estrechamente relacionadas: se expone para informar de algo y esta exposición se puede argumentar para convencer y persuadir de alguna propuesta. Ambas se pueden presentar de forma independiente. Sin embargo, frecuentemente se unen para formar textos expositivo-argumentativo: editoriales, reportajes, ensayos, críticas, informes, solicitudes, alegaciones, opiniones, tesis, sentencias...
Estructuración:
Un texto argumentativo consta de:
1. Tesis. Es la idea fundamental en torno a la que se reflexiona; puede aparecer al principio o al final del texto. Ha de presentarse clara y objetivamente. Puede encerrar en sí varias ideas, aunque es aconsejable que no posea un número excesivo de ellas, pues provocaría la confusión en el receptor y la defensa de la misma entrañaría mayores dificultades.
2. Cuerpo argumentativo. Despliega la idea o ideas que se pretende demostrar desde dos perspectivas: una de defensa de ellas, y otra de refutación contra previsibles objeciones. Esta última actitud no es necesario que esté presente, pero sí la primera. Consta, por tanto, de:
A. Argumentos. Una vez expuesta la tesis, comienza el razonamiento en sí, es decir, se van ofreciendo los argumentos para confirmarla o rechazarla.
B. Refutación. Puede hacerse de una tesis admitida o de las posibles objeciones que podría hacer el adversario a un argumento concreto.
3. Conclusión. El autor, en su demostración, reflexiona sobre el tema desde todos los ángulos, hasta llegar al objetivo deseado, que se ofrece como conclusión, a menudo anunciada al comienzo del escrito. Puede presentarse de varias formas:
A. Afirmación de una tesis. El contenido que desarrolla el autor se presta en su final a abstraer de los datos o ejemplos aducidos una idea general, explicativa del problema o de los fenómenos que se traten, la cual asume un rango de tesis.
B. Con carácter sugeridor. Este tipo de conclusiones se distinguen porque el escrito, si bien en el estadio final recoge en síntesis la idea sustancial de la exposición, no llega a hacer como definitivo su razonamiento o a completar su información. El autor apunta sugerencias para futuros trabajos, abriendo caminos hacia otras perspectivas antes de poner punto final a su propio texto.
Estrategias discursivas:
Las estrategias argumentativas son todos aquellos procedimientos discursivos que, de modo intencional y consciente, utiliza el hablante o el escritor para incrementar la eficacia del discurso al convencer o persuadir al destinatario en una situación comunicativa donde exista la argumentación.
– Definición (se parte de una definición para crear concenso)
– Referencias (históricas, literarias, etc.)
– Citas / citas de autoridad ( se apela a las autoridades en el tema para dar fuerza al planteamiento)
– Preguntas retóricas (para provocar la reflexión del lector)
– Contra-argumentación (anticipar y desmontar las posibles críticas a los argumentos propuestos)
– Ejemplificacion (casos concretos)
– Comparación
• Metáfora
• Analogía (asociación de dos hechos o ideas por similitud)
• Contraste / contraposición (dos posturas o ideas divergentes)
– Concesión (se reconoce cierta validez en posiciones contrarias a la propia)
– Ironía
– Datos / hechos / cifras / estadísticas
– Anécdotas
– Opiniones personales
Características lingüísticas:
1. La distribución del razonamiento en párrafos ayuda a asimilar mejor el contenido, a la vez que favorece la organización de las ideas. Es indudable que un texto debidamente fragmentado en párrafos es más fácilmente interpretado y asimilado que un texto indiviso.
2. Los nexos aseguran la evolución progresiva del texto, pues delimitan los párrafos entre sí, además de señalar los cambios de contenido y de reflejar cualquier variación que se produzca en el desarrollo del tema (conexión, restricción, oposición, relación causa-consecuencia, etc.). Suelen ser frecuentes los nexos consecutivos que introducen la conclusión a la que se ha llegado tras el razonamiento y que consolidan, por tanto, la opinión del autor. (en definitiva, en consecuencia, de este modo...).
3. Normalmente se emplea la oración de modalidad enunciativa, con el fin de transmitir una total objetividad. Por el contrario, las modalidades exclamativas, interrogativas o dubitativas son más frecuentes en textos donde se acentúa la actitud personal del escritor.
4. Cuando se trata de un tema conflictivo parece ser habitual que el autor introduzca elementos subjetivos, como si no pudiera evitar la intromisión apasionada de su punto de vista en la argumentación.
5. Es frecuente también la utilización de frases irónicas, que tienden a desestimar los argumentos opuestos a la tesis presentada. La ironía da por verdadera y seria una afirmación evidentemente falsa; tiene como finalidad reprochar algo al interlocutor, o hacerle partícipe de la burla o indignación del autor.
6. Ha de conseguirse la coherencia en su estructuración interna y también ha de observarse la claridad en la elocución.
7. El uso de la repetición potencia el efecto de convicción en el lector y favorece la cohesión entre las oraciones de un párrafo. No resulta adecuada en textos científicos, pues no aporta nada nuevo.
8. Es frecuente el empleo de tecnicismos correspondientes a la disciplina de la que trate el texto.
9. Se utiliza una sintaxis compleja, con largos períodos oracionales. Predomina la subordinación, más acorde con la expresión del razonamiento.
10. Se usan también los incisos cuya finalidad es la de aclarar algún aspecto que si bien se considera secundario, puede servir de apoyo al hecho principal.
Decálogo para elaborar un texto argumentativo
1. Determinar claramente cuál es la tesis del texto.
2. Definir el receptor a quien va dirigido el texto.
3. Cualquier afirmación ha de estar sustentada por una serie de argumentos, por lo que habrá que buscar todos los argumentos posibles a favor de la tesis.
4. Tener en consideración las opiniones, creencias y valores del destinatario para elegir aquellos argumentos que mejor puedan convencerle y desestimar los restantes.
5. Deben preverse las posibles objeciones del adversario a dichos argumentos.
6. Una buena introducción contribuye a captar la aprobación del auditorio.
7. El orden de los argumentos es un factor esencial. En beneficio del mismo, se evitarán las divagaciones, que podrían entorpecer la comprensión. Los argumentos más sólidos se deben incluir al final.
8. La conclusión debe tener fuerza e interés para ganar la complacencia del auditorio.
9. Emplear la lengua de forma adecuada, concisa y clara, sin renunciar a la ayuda que pueden proporcionar los recursos literarios.
10. Si la exposición es oral, conviene memorizar de modo general el texto para producir una buena impresión de seguridad en los oyentes.
Fuente: http://recursos.cnice.mec.es/lengua/profesores/eso2/t3/teoria_1.htm#arriba
Nota: damos las gracias a la profa. Adlin Prieto por estos materiales.
Guía de conectores
(fuente: http://leeryescribirenlausb.blogspot.com)
AGREGAR IDEAS
Asimismo (así mismo), además, también, de hecho, aunado a esto, de este modo, de esta manera, de la misma manera, vale citar, a tal efecto, en este orden de ideas, otra vez, de nuevo, al mismo tiempo, igualmente, adicionalmente.
NEGAR, OPONER O LIMITAR IDEAS
Pero, no obstante, sin embargo, empero, en oposición a lo anteriormente dicho, por el contrario, en contra de, opuesto a, en cambio, de otro modo, por otra parte, en vez de, contrariamente, mas, si bien es cierto que, no es menos cierto que, la verdad es que, aun cuando, ahora bien
PARAFRASEAR Es decir, esto quiere decir, parafraseando, en otras palabras, cabe decir, o lo que es lo mismo que.
EJEMPLIFICAR O ILUSTRAR
Por ejemplo, verbigracia, va ilustrar esta idea, para ilustrar esto, es así como, tal como sigue, de acuerdo con, especialmente, en particular, como, como puede apreciarse (suponerse, verse), tal como sucede, para ejemplificar tal consideración el autor (ensayista, periodista…) nos explica (aclara, expone, manifiesta…), otro caso particular es.
INDICAR ORDEN (DISCURSIVO, O TEMPORAL)
Seguidamente, en primer (segundo…) término (lugar), primero (segundo…), para empezar, finalmente, en conclusión, por un lado, por otro, posteriormente, para continuar, por último, luego, en lo sucesivo, inicialmente, en otro tiempo, otrora.
EXPRESAR CONCLUSIONES En conclusión, en suma, en resumen, resumiendo, como resultado de lo anteriormente dicho, en tesis, finalmente, a manera de colofón.
INDICAR CONSECUENCIA
Por lo tanto, así, como resultado, como consecuencia de, por esta razón, así pues, por ende, según esto, luego, entonces, de acuerdo con, por tal razón, de todo esto se desprende que, por consiguiente, como efecto de, de suerte que, de donde se sigue, de ello resulta que, esto hizo que.
PRESENTAR SEMEJANZAS, DIFERENCIAS O IGUALDAD
A diferencia de, paralelamente, igualmente, de manera semejante, semejante a, por el contrario, tanto como.
PRESENTAR CAUSA
Porque, pues, puesto que, dado, que, ya que, por el hecho de que, en virtud de.
EXPRESAR CONDICIÓN
Si, con tal que, cuando, en el caso de que, según, a menos que, siempre que, mientras, a no ser que.
SEÑALAR CERTEZA
Es evidente que, es indudable que, no hay duda de que, nadie puede ignorar que, es incuestionable que, de hecho, en realidad, está claro que, ciertamente, indudablemente.
ÍNDICE
APRENDER A PENSAR................................................................ 2
DISNEY Y EL PELIGRO DEL CORREO ELECTRÓNICO............ 8
EL FUTURO QUEDA EN EL 2020................................................ 11
LA CULTURA DEL CELULAR....................................................... 14
LOS ARREPENTIDOS DEL FACEBOOK (reportaje).................... 19
¿NOS QUEDARÁ ALGO DE PRIVACIDAD?................................. 27
Copiar y pegar, la nueva forma del plagio
en la universidad (reportaje).................................................. 30
SOBRE LA ARGUMENTACIÓN..................................................... 35
GUÍA DE CONECTORES............................................................... 39
Fuente: www.leeryescribirenlausb.blogspot.com
APRENDER A PENSAR
José Antonio Marina
El filósofo José Antonio Marina es profesor de educación media (de instituto le llaman en España), y actualmente está abocado a reflexionar sobre el uso de Internet en la enseñanza. Internet es un recurso fundamental, valiosísimo, pero sabiéndolo utilizar: El reto es aprender a pensar.
Luis Montes
"El ideologismo habitúa a la gente a no pensar, es el opio de la mente; pero es también una máquina de guerra concebida para agredir y 'silenciar' el pensamiento ajeno. Y con el crecimiento de la comunicación de masas también ha aumentado el bombardeo de los epítetos: una guerra de palabras entre 'nombres nobles', nombres apreciativos que el ideólogo se atribuye a sí mismo, y 'nombres innobles' que el ideólogo atribuye a sus adversarios".
Giovanni Sartori, La democracia en 30 lecciones, Taurus, 2009, p. 89
José Antonio Marina: "Un burro con internet sigue siendo un burro"
EFE , Sevilla 03/12/2009 - hace 2 horas comentarios +0 -0 (0 votos)
El filósofo José Antonio Marina, que esta tarde ha ofrecido en Sevilla la conferencia "Aprender a pensar", sobre la aplicación de las nuevas tecnologías en la educación, advirtió que "un burro con internet sigue siendo un burro".
Según Marina, internet es como poseer un carné de la estadounidense Biblioteca del Congreso, "una posibilidad de acceso, pero ¿qué se hace con ella?"
De ahí que el filósofo señalara que los alumnos actuales, a la hora de buscar información en la red, "lo hacen muy bien", pero a la hora de aprender esa información "lo hacen muy mal", tal vez porque "es muy fácil almacenarla en el disco del ordenador", pero, advirtió, "la inteligencia creadora se basa en la memoria de cada uno, no en la del ordenador".
En declaraciones a Efe, Marina señaló que las redes sociales en las que a diario interactúan los adolescentes son como "una conversación con mucha gente, con las mismas ventajas e inconvenientes de cualquier conversación, que si es estúpida, estupidiza a todos".
"Elevar el nivel de las redes es importante para toda la sociedad; de ahí que haya que aprovechar para elevar la capacidad de los alumnos y aumentar su nivel de conversación, por una razón de salud democrática, para evitar trivializar los debates públicos por falta de conocimientos", añadió.
"Una sociedad inteligente es aquella en la que sus ciudadanos manejan bien su conciencia, razonan y argumentan y atienden los argumentos de los demás", señaló el filósofo, quien advirtió de los peligros de una sociedad que sólo digiera mensajes breves y de un elevado nivel emocional, o sea, eslóganes y consignas.
Tras recordar una encuesta que asegura que el 40 por ciento de los españoles mayores de 24 años no comprenden el editorial de un periódico y asegurar que se ha sufrido "de manera brutal" una disminución de la capacidad de comprensión, con la consiguiente vulnerabilidad social, consideró que es preciso "desarrollar el sentido crítico de los alumnos".
Marina aseguró que las directivas de las UE sobre las ocho competencias básicas en materia de educación ―que van desde la lingüística y la matemática a las de convivencia― están "incompletas" porque, precisamente, falta "la del pensamiento crítico", o sea, la que enseñe a pensar.
"Podemos formar borregos muy eficaces en esas ocho competencias, pero es mejor formar personas muy eficaces", por lo que señaló que la pregunta es cómo utilizar las nuevas tecnologías de la información "que fascinan" a los jóvenes.
La conferencia de Marina ha estado organizada por la Fundación SM y dirigida a doscientos profesores andaluces que se han interesado en cómo las nuevas tecnologías pueden ayudar en la tarea de enseñar a pensar a los alumnos.
Aprender a pensar: la competencia fundamental
Hace unas décadas, la psicología intentaba entender el funcionamiento del cerebro comparándolo con un ordenador. Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de que los cerebros eran máquinas infinitamente más complejas que el ordenador más potente, y no porque pudieran almacenar más información, sino porque, a fin de cuentas, sabían utilizarla.
¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que los caracteres, sin un lector que sepa leerlos, es decir, los datos, sin una inteligencia que sepa interpretarlos, no sirven de nada. El ordenador encuentra precisamente problemas a la hora de hacer aquello que los niños enseguida aprenden a hacer: interpretar signos, dándoles un sentido. Los datos son sólo significantes que necesitan de un lector inteligente que pueda convertirlos en significados.
Esto es exactamente lo que queremos decir con “aprender a pensar”: sea cual sea la información que tengamos delante, tendremos que elaborarla para que pueda sernos útil. En este sentido, “aprender a pensar” es la competencia más básica de todas, pues ningún aprendizaje o conocimiento podrá darse en nosotros si antes no hemos aprendido a interpretar la información.
En realidad, tiene mucho que ver con esa competencia filosófica que yo he defendido y defiendo: la capacidad de discernimiento, de relación, y de comprensión y valoración del mundo hay que inculcarla, no aparece “porque sí” en el alumno en cuanto lo ponemos delante de toneladas de información. Es una de nuestras tareas como docentes, si no la más importante, ayudar al alumno, como diría Sócrates, a alumbrar el conocimiento, a “concebirlo”, algo que solo puede hacer por sí mismo pero para lo que necesita sin duda una guía.
Esta capacidad para pensar y convertir la mera información en conocimiento se hace ahora si cabe más necesaria, cuando nos encontramos desbordados con la cantidad de datos que se vierten cada día en Internet (el número total de páginas web supera los 600 millardos ―600.000.000.000―, 100 páginas por cada persona que hay en el mundo). Y, paradójicamente, es la propia web la que puede ayudar a instruirnos e instruir a los ciudadanos del futuro para que sepan navegar en esa marea de información.
Es importante que empecemos a pensar en las posibilidades de la web más allá de la función de “buscador” de información. En este sentido, podemos hablar de tres funciones fundamentales de Internet, aplicables de manera directa al ámbito educativo:
1. Información
2. Comunicación
3. Trabajo cooperativo.
De estas tres, quizá la que tenemos más descuidada como docentes es la tercera. Ya hemos dicho que, tal como nuestra experiencia inmediata y los estudios relativos al tema demuestran, Internet es fundamentalmente utilizado en el aula como buscador de información. Es algo que deberemos seguir haciendo, y cada vez más, pero quizá podamos pensar en modos de encuadrar esa “búsqueda de información” de manera que no resulte estéril, y acabe en un mero “copiar y pegar”.
Con respecto a la comunicación, es algo que también utilizamos cada vez con más profusión, pero quizá debamos ampliar los ámbitos en los que esta comunicación se da, y aprovechar las herramientas digitales para estrechar los lazos entre los profesores y las familias, entre los centros, y entre los propios docentes.
La época del profesor aislado ha terminado, y esto es así incluso para el que no quiera verlo: la formación, el contacto con los padres, la relación entre profesores y alumnos, todo puede verse enriquecido con las herramientas comunicativas puestas a nuestro alcance. Si “para educar hace falta la tribu entera”, incluyámosla en nuestros “diálogos electrónicos”, y generemos redes de cooperación que integren a todos los elementos educativos de la sociedad (es decir, a la sociedad entera): padres, centros, profesores, alumnos.
Por último, en el trabajo cooperativo, a través de los blogs o las llamadas “wikis”, se encuentra el vuelco metodológico necesario para transformar la práctica docente tal y como la entendemos ahora. La “inteligencia compartida”, o inteligencia que surge por interacción en los grupos, ha sido buscada y fomentada en la empresa privada, y en este sentido tenemos mucho que aprender de ella.
Nuestros alumnos se crecen cuando hacen las cosas por sí mismos, y más si tienen el aliciente de mostrar el resultado públicamente y de poder compartirlo y ayudar a otros. Es verdad que nuestros jóvenes parecen estar perdiendo capacidades que antes nos parecían indispensables para la adquisición de conocimientos (la capacidad de concentración, los procesos lineales de atención), pero también están desarrollando otras nuevas, y es nuestra tarea enlazar unas con otras de manera que aprovechemos las nuevas reforzando las “antiguas”.
Su capacidad de atender a varios canales de información necesita del criterio para resaltar unos en detrimento de otros. Su capacidad de rápida asimilación y reacción a los estímulos necesita también de la repetición, que asegure el paso de esos nuevos conocimientos de la memoria a corto plazo a la memoria “de larga duración”. Etcétera, etcétera. Pensemos en lo que pensemos, la labor del docente sigue ahí, como tutor del aprendizaje, como guía entre los gigabytes de información, pues no debemos olvidar que estamos formando personas, ciudadanos, y no robots ni esclavos.
Por eso mismo, “aprender a pensar” será siempre una necesidad, y una aventura que dura toda la vida. (Subrayados y resaltados, LM)
José Antonio Marina
***
DISNEY Y EL PELIGRO DEL CORREO ELECTRÓNICO
Michael Eisner*
Como les ha sucedido a tantas compañías y personas recientemente, la red de computación de Walt Disney se ha visto afectada por un virus. Ante mi repentina incapacidad de conectarme, tuve tiempo para pensar, y me di cuenta de la increíble expansión que ha registrado el uso del correo electrónico en muy poco tiempo.
Sin duda, los mensajes electrónicos son maravillosos: los viejos amigos se han encontrado de nuevo; personas extrañas ahora son amigas; los abuelos han visto crecer a sus nietos a través de fotografías enviadas por este medio; los investigadores han compartido apreciaciones y los negocios han mejorado su productividad. Sin embargo, estas comunicaciones no están exentas de problemas.
Debido a la rapidez de su expansión, el correo electrónico ha superado nuestra habilidad de adaptación.
Es cierto que la gente se ha comunicado por escrito durante siglos; ello le dio al mundo invaluables registros históricos. Sin embargo, en el siglo XX llegaron las tecnologías de la comunicación: el teléfono, la radio y la televisión fueron inventos extraordinarios, pero todos conspiraron contra la escritura de cartas. Luego, repentinamente, apareció el correo electrónico y todo el mundo comenzó a escribir de nuevo. Sin embargo, a diferencia de los viejos tiempos, cuando una carta era cuidadosamente escrita, leída y releída varias veces antes de enviarla, ahora escribimos y mandamos notas tan rápido como pueden moverse los dedos.
Me he dado cuenta de que la intensidad de las emociones dentro de nuestra competitiva compañía es cada vez mayor. Estoy convencido de que esto se debe al correo electrónico. Cada disputa que se presenta parece derivarse de un malentendido generado por uno de estos mensajes. En los años 70, asumí como costumbre que cuando estaba molesto con alguien escribía el problema en un memorando y lo dejaba en la gaveta hasta el día siguiente. En el 99% de los casos, ya para entonces la rabia había pasado o me daba cuenta de que mis argumentos no eran lo suficientemente precisos como para salvarme de ser despedido. Generalmente, decidía tomar el teléfono y hablar con la persona.
Con los correos electrónicos, nuestro impulso no es guardar el archivo, sino enviarlo. Nuestros errores a menudo crecen cuando enviamos copias a otros destinatarios. Si algo puede causar el derrumbe de una compañía o quizá de un país son los correos electrónicos que nunca debieron ser enviados.
Este tipo de misivas enviadas de forma irreflexiva representa un virus sumamente destructivo. Puede pervertir la sana ambición, convertir una apropiada búsqueda de oportunidades en oportunismo, fomentar la desconfianza y el ocultamiento de la información (un irónico efecto secundario de lo que debería ser una herramienta esencial de la comunicación y la apertura). El correo electrónico implica emociones expuestas sin pantallas, opiniones no moderadas por el lenguaje corporal y pensamientos irreflexivos. Tarde en la noche, en la frustración de estar solo o sentirse desolado, el botón de 'enviar' puede ser una tentación irresistible ante el tropel de pensamientos irreflexivos destinados a impresionar, agradar, o incluso a causar daño.
Dos palabras idénticas pueden tener un efecto completamente diferente si van acompañadas de una entonación distinta y de expresiones faciales diferentes. Sin embargo, en la fría luz del rayo catódico del correo electrónico, las mismas palabras que pueden ser cautivadoras son severas y acusadoras.
Obviamente, la gente siempre ha utilizado las palabras con descuido. Sin embargo,' la lentitud de los avances en el área de la comunicación solía protegernos de nosotros mismos. Ahora este ya no es el caso. Para entrar al siglo XXI, deberíamos retroceder al siglo XIX. No se trata simplemente de emular a los grandes escritores de cartas. Contamos con opciones que ellos no tenían (el teléfono y el automóvil, por ejemplo). Tan importante como usar el correo electrónico lo es saber cuándo no usarlo. Con algo de paciencia y sabiduría, podríamos damos cuenta del potencial del correo electrónico para unir a la gente reflexivamente.
*(Eisner es presidente de Walt Disney)
(c) Financial Times (2000) - Traducción Teresa León - http://www.eud.com
EL FUTURO QUEDA EN EL 2020
Paul Brow. (The economist)
Traducción: Patricia Torres
2-8. El Universal, 23 de noviembre 2003
Científicos predicen cómo se vivirá en unos años.
Eficacia energética, menos tráfico y trabajo desde casa es la proyección.
En Hamstreet, una ciudad nueva del Reino Unido, Richard Dumill va al baño y se prepara para un nuevo día. Es el año 2020, y cuando baja la palanca de la poceta, una muestra de orina o heces es automáticamente analizada y enviada a su médico. Los niveles de colesterol están un poco elevados, pero la computadora del laboratorio la descarta porque no hay nada anormal.
Escucha un leve zumbido: es el purificador de agua de su casa que se ha encendido. En el pasillo se detiene un momento para leer el medidor de electricidad y ve que la cuenta está a su favor: su generador eólico y sus paneles solares están enviando a la red de distribución más electricidad de lo que su familia ha consumido.
En el piso de abajo, su esposa, Sarah, protesta. El "refrigerador inteligente" no envió el pedido de pan y leche que ya debía haber recibido del servicio local de entregas a domicilio. Tendrá que llamar por teléfono.
Así comenzará el día la familia promedio del Reino Unido en el año 2020, según esta visión de cómo cambiarán nuestras vidas de los científicos de la Agencia Ambiental del Reino Unido.
Los hipotéticos Dumill trabajan para pagar la hipoteca de su casa —un préstamo a 55 años. Sarah trabaja como asesora de personas que tienen una predisposición genética a una variedad de enfermedades como el cáncer, por lo que no son elegibles para contratar seguros o solicitar préstamos hipotecarios.
Richard normalmente trabaja desde su casa, pero en esta ocasión se moviliza en un auto que utiliza hidrógeno como combustible a la compañía de corretaje de desechos y productos reciclados en la cual trabaja. Rara vez ve las latas o el plástico reciclado que negocia, pero conoce muy bien los precios que debe asignarles para venderlos en los mercados a futuro, donde las compañías compran productos de desecho para utilizarlos en un futuro en la fabricación de otros productos.
Cuando trabaja en su casa, un dispositivo telefónico enganchado a su oreja, que funciona con la electricidad que genera su cerebro, le permite a su jefe comunicarse con él en cualquier momento durante la jornada laboral. Richard siente cierto escepticismo hacia éste y otros de los numerosos dispositivos electrónicos nuevos que supuestamente incrementan su eficiencia.
Hoy, al conducir el auto para ir al trabajo, selecciona cuidadosamente su ruta para evitar los cobros por congestionamiento en las autopistas o en alguna de las ciudades que tiene que pasar. Hace tiempo su compañía se mudó de Londres para reducir sus costos.
La pareja tiene una hija, Britney, adoptada como muchos otros niños: el conteo de espermatozoides del británico promedio bajó a 30% de los niveles registrados en los años 40, debido a los productos químicos utilizados con tanta frecuencia en los alimentos. No causa ninguna satisfacción que muchos de los grandes fabricantes de alimentos se hayan declarado en bancarrota en los últimos años debido a demandas colectivas introducidas por personas que no podían tener hijos.
Debido a la campaña contra los preservativos en los alimentos y los altos precios del petróleo, enviar alimentos frescos a sitios distantes es prohibitivamente costoso. Por eso, la familia tiene un gallinero para conseguir huevos frescos y cultiva sus vegetales.
El panorama de la Agencia Ambiental del Reino Unido sobre la vida de los británicos en el año 2020 no es del todo negativo. La contaminación atmosférica ha disminuido, el transporte público es mejor y los congestionamientos de tráfico quedaron en el pasado, entre otras razones porque muchos trabajan en sus propias casas.
Según esta visión, a escala mundial las sociedades menos tecnológicas enfrentarán serios problemas. Grandes zonas de África Central se tornarán inhabitables por los cambios climáticos. El mar inundará muchas áreas costeras, lo cual causará una crisis de refugiados.
La visión de un estilo de vida muy diferente al actual para la familia Dumill —que incluye viajar por tren a Europa Oriental durante las vacaciones porque los viajes aéreos se han tornado demasiado costosos— se basa en los estudios presentados en una conferencia que se celebró recientemente en Londres, llamada Visión 2020, y en la que los científicos prevén un futuro de eficiencia energética en el cual los congestionamientos de tráfico son poco comunes y hay menos contaminación atmosférica, pero los alimentos importados son un lujo.
Entre los conferencistas estuvieron presentes la Ministra del Ambiente del Reino Unido, Margaret Beckett, y el director de la organización Friends of the Earth, Tony Juniper.
***
LA CULTURA DEL CELULAR
Juan Vandeveire
Centro de Información -CENINF
Es asombrosa la popularidad que han alcanzado, en pocos años, aquellos aparatitos inalámbricos cuya batería cargamos cada día y que guardamos en la bolsa o en un estuche pegado al cincho. Se nos informa que en Guatemala, donde solo 2% de la población tiene acceso a una computadora, se ha vendido un mayor número de teléfonos celulares que el total de habitantes que pueblan nuestro país. ¡Más celulares que gente! Esto todavía no significa que todos los guatemaltecos y guatemaltecas sean dueños de un celular, porque hay quienes tienen dos o más celulares y otros los cambian a menudo, ya que rápido pasan de moda los viejos modelos y a cada rato aparecen nuevos, más atractivos. Pero, podemos decir que los teléfonos celulares o móviles vinculan a un mayor número de personas, como ningún otro aparato, con la esfera electrónica.
Nos cambia el hecho de estar más tiempo “conectados”. La comunicación por teléfono, anteriormente posible a partir de la casa, oficina o teléfono público, ahora se facilita casi en cualquier lugar donde uno se encuentre. La persona se siente más segura: a la hora de una emergencia, puede utilizar su celular para pedir ayuda o información importante. El teléfono móvil puede salvar vidas. Me sirve para que un amigo me explique cómo resolver un problema técnico que me tiene trabado. Puede servir para ubicar a un infante extraviado. Permite coordinar a personas que trabajan a distancia. En lugar de tocar el timbre de la casa, puede uno hacer una breve llamada para que, en el instante mismo de llegar, le abran la puerta.
Además, el celular nos cambia la vida al cambiarnos el paisaje urbano. Aquí nos referimos a las torres que como antenas repetidoras posibilitan la comunicación telefónica pero al mismo tiempo alteran el aspecto arquitectónico de las ciudades. Walter Benjamin ha sido uno de los primeros en señalar cómo el cambio urbanístico revela profundos cambios sociales. Es conocido su estudio de los “pasajes” que en la ciudad de París surgieron durante el siglo XIX. Se trata, un poco al estilo del Pasaje Rubio que conocemos en la ciudad de Guatemala, de un corredor en medio de bloques de casas y otros edificios, con elegantes techos de vidrio, en soportes de hierro. A ambos lados de estos corredores, los peatones pueden encontrar almacenes de lujo y otros establecimientos comerciales como restaurantes y peluquerías. Ofrecen a los “flaneadores”, es decir, a los caminantes que no necesariamente sean compradores sino que dedican largas horas a pasear por la ciudad, sin rumbo fijo y cuyos pasos también los llevan a los “pasajes”, donde pueden explorar el microcosmos, el mundo en pequeño que se encuentra expuesto en las vitrinas. En los pasajes, Benjamin ve el reflejo de una primera fase de la sociedad capitalista, cuando los productos industriales todavía rivalizan con los objetos de arte. Ve en ellos también el reflejo del siglo diecinueve.
Se sabe que para muchos políticos y urbanistas latinoamericanos, París ha funcionado como la ciudad modelo. Imitarla en nuestro continente se veía de refinado gusto. Por eso, no nos extraña que en la ciudad de Guatemala tengamos en la torre del Reformador una copia en miniatura de la Torre Eiffel y en la avenida Reforma una copia, no solo de la arteria del mismo nombre en la ciudad de México sino también de los grandes bulevares que diseñó el barón Haussmann en París en la segunda mitad del siglo XIX.
Según el original método de Benjamin, que busca descifrar la cambiante realidad social en el paisaje urbano que nos rodea, estamos tentados a concluir que las torres repetidoras de la telefonía celular, que como hongos surgen en nuestro medio ―no solo en el paisaje urbano sino también en el paisaje pueblerino y rural―, revelan la aparición de una sociedad cambiada, la aparición de gente transformada por el celular. Los “pasajes” eran tímidos precursores de los supermercados y gigantescos centros comerciales de hoy, a su vez nuevos complejos arquitectónicos, que nos definen como sociedades de gente que cada vez “flanea” menos pero corre para consumir más.
El celular nos facilita la comunicación. ¡Qué bueno! Pero esta comunicación también puede servir para extorsionar o para monitorear asaltos, a veces desde autores intelectuales que se encuentran en la cárcel, según información periodística. También hemos visto que la comunicación facilitada no siempre es comunicación profunda. Rápidamente se banaliza la comunicación, cuando la llamada por teléfono busca una fácil, aunque nada barata, escapatoria del aburrimiento. Muchos y muchas no se conforman con el “frijolito”, el modelo más sencillo. Optarán, si pueden, por un Blackberry o un IPhone, que te elevan en la jerarquía del prestigio.
Hay quienes se hacen adictos al celular, no solo mediante mensajes de voz, sino también a través de mensajes escritos. Nos sorprendió la información acerca de una joven que enviaba cada día cientos de mensajes escritos por celular y desde su carro, mientras iba manejando. El atractivo del celular trasciende la comunicación telefónica: hay modelos, cada vez más sofisticados, que también posibilitan escuchar música, tomar fotografías, conectarse a internet, ver películas y utilizar el Sistema de Posicionamiento Global (GPS). No tardarán en aparecer versiones que controlen nuestra salud, desplegando nuestra temperatura corporal y presión arterial. Aunque por el celular también nosotros mismos estamos más controlados.
El teléfono móvil, dispositivo de comunicación, paradójicamente puede provocar la incomunicación, por ejemplo, cuando cada uno de los miembros de una familia en su casa, en lugar de intercomunicarse, se dedica a largas conversaciones por celular con sus amistades. Se ha señalado lo superficial como una característica de la sociedad contemporánea: somos parte de una sociedad “líquida”, diría Zygmunt Bauman. Es decir, una sociedad donde predominan las relaciones efímeras, marcada por lo desechable, con una cultura configurada en parte por el teléfono celular. No cometeremos el error de declarar incompatible la comunicación profunda con la comunicación por celular. Pero ciertos usos y abusos de este aparato indudablemente llevan a la superficialidad. Si las tecnologías que usamos determinan y hasta se convierten en nuestra cultura, el celular nos cambia.
Regresando a la idea de Benjamin, a la par de las torres repetidoras, otro cambio fundamental en nuestro paisaje es la presencia, cada día más abrumadora, de los enormes trailers que corren por nuestras calles y carreteras, donde a veces se encargan de entorpecer el tráfico. ¿Qué llevan en sus contenedores? Mercancías, entre las que no faltarán los celulares de último modelo, que tú y yo estaremos tentados de adquirir. Además de cambiar el paisaje, estos trailers lo cambiarán aún más a través de la necesidad de modificar la red vial. Los anillos periféricos en las grandes ciudades son un ejemplo. En Guatemala está anunciado, como uno de los megaproyectos en la lista de prioridades, la construcción de un nuevo periférico, no como el que ya está, que rodea parcialmente la ciudad, sino uno que rodeará toda el área metropolitana: otro cambio social que será visible en la urbanización.
***
LOS ARREPENTIDOS DEL FACEBOOK (reportaje)
David Alandete 11/11/2009
Las redes sociales se han convertido en peligrosas fuentes de información para despidos, fichajes o ascensos ―La línea entre lo privado y lo público es imposible en la Red― Y empiezan las bajas.
¿Comunicación social del futuro o forma de control permanente? ¿Medio de expresión libre o instrumento para coartar la libertad personal? ¿Espacio estrictamente personal o portal de imagen pública? En el imperio de las redes sociales en Internet quedan todavía muchas fronteras borrosas, fuente de graves problemas para los internautas. Con los beneficios de sitios como Facebook, MySpace, Twitter o Tuenti han llegado los efectos adversos: despidos, acosos, traspiés y demás problemas en unas redes que, a veces, pueden llegar a convertirse en enredos de pesadilla.
Al principio existía MySpace, que popularizó el uso de la página personal. Después de su comercialización, en 2003, cualquiera podía disponer de un foro online en el que dar rienda suelta a su vanidad y mezclar fotos, música e ideas. Todo aquello lo asumió y lo popularizó Facebook, que además unió la famosa línea de "¿Qué estás pensando?", que se convirtió en el centro del universo para Twitter.
Twitter, por su parte, se ha convertido en algo ubicuo, una red en la que expresarse con límite de 140 caracteres y que ha dado lugar al verbo twittear. Desde la pasada semana, además, opera en español. Hoy en día todos twittean, desde la presidenta madrileña, Esperanza Aguirre, al papa Benedicto XVI o la estrella televisiva Oprah Winfrey.
España dispone de su propia red. Se trata de Tuenti, creada en 2006 y a la que se accede exclusivamente por invitación. Según su director de comunicación, Ícaro Moyano "cuenta con 6,8 millones de usuarios y es la página con más tráfico de España seguida por Google".
El líder mundial en su terreno es Facebook. Dispone de 300 millones de perfiles, casi un 5% de la población mundial. La mitad se conecta a esa red a diario. El usuario medio tiene una lista de 130 amigos. Ese grado de interconexión y omnisciencia la ha hecho inmensamente popular.
Según BJ Fogg, director del Laboratorio de Tecnologías de la Persuasión de la Universidad de Stanford (California), identificado como uno de los gurús tecnológicos del momento por la revista Forbes, todo eso se debe a que es "la tecnología más persuasiva que ha existido". Según este psicólogo, los creadores de ese portal lograron una de las armas de convencimiento e incitación más perfectas del mundo online. "Facebook persuade porque te notifica qué novedades te aguardan si te conectas. Te dice que tienes un mensaje, que han etiquetado una foto con tu nombre, que te han invitado a un evento. Entonces quieres verlo, quieres experimentarlo. Y te conectas. A otro nivel distinto, tus amigos en Facebook crean una red de centenares de personas que está presente en Facebook, de la que eres parte, en la que te sientes integrado", explica.
A veces, sin embargo, puede ser un arma peligrosa. Para Curtis Smith, teniente en el cuerpo de Marines de EE UU, ha sido una fuente de preocupaciones y ansiedad creciente. Cuando se alistó, en 2008, borró a casi todos sus amigos de Facebook. Iba a conocer a muchos soldados, llegados de todos los rincones del país. Sabría casi todo de ellos, y ellos sabrían casi todo de él.
Como todo joven de 24 años, el teniente Smith, que ha preferido usar un pseudónimo, había tenido hasta entonces una ajetreada vida en Facebook. Exhibía fotos, vídeos e ideas. Había mucha información en su perfil. Demasiada, pues quedaba claro que era gay. Y en el ejército de EE UU impera una ley que prohíbe a los homosexuales reconocer que lo son cuando prestan servicio en las fuerzas armadas, bajo riesgo de expulsión.
Smith decidió prescindir de sus amigos de Facebook. Uno a uno, los fue borrando a todos. "A los que me importaban, a mis amigos de verdad, se lo dije. A los conocidos, simplemente los eliminé sin más", explica. "Era necesario. Es casi imposible estar en Facebook, ser gay y ocultárselo a los demás soldados. Ellos están también en la red. Te añaden. Y te preguntan por qué no les aceptas. Puede llegar a ser una pesadilla".
Las redes sociales suelen cumplir una buena función. Según el psicólogo clínico Michael Fenichel, las aplicaciones como Facebook "ofrecen muchas cosas valiosas en un solo paquete, por eso mucha gente acaba confiando en ellas como su hogar para toda la actividad online que no esté relacionada con el trabajo". "Facebook puede satisfacer necesidades muy variadas. Proporciona la demostración de que uno es popular con listas de amigos largas. Permite recobrar el contacto con amigos", añade. "Individualmente, puede hacer cosas maravillosas, como permitir a un parapléjico que debe permanecer en casa hacer amigos y conocidos con otros que comparten el mismo tipo de discapacidades, o que ni siquiera imaginan que él pueda tener una discapacidad. Puede ser muy liberador".
Tanto, que uno puede escapar del lugar de trabajo en un solo clic, para comentar unas fotos del viaje de verano o para cultivar una granja online en aplicaciones lúdicas. De hecho, el uso de redes sociales en el trabajo se ha convertido en un dolor de cabeza para las empresas. Una encuesta reciente de la consultora Nucleus Research reveló que, cuando una empresa no prohíbe el acceso de sus ordenadores a Facebook, acaba perdiendo un 1,5% en productividad laboral de sus empleados.
En este mismo estudio, en el que se entrevistó a 237 empleados, se descubrió que un 77% de ellos tenía cuenta en Facebook, y que cada uno se pasaba, de media, unos 15 minutos diarios de horas de trabajo conectado a ese portal. Con un panorama semejante, no es de extrañar que, a día de hoy, un 54% de las empresas estadounidenses haya prohibido el acceso a las redes sociales a través de sus servidores, según una investigación de la consultora Robert Half Technology, que analizó unas 1.400 compañías.
Para aquellos a los que se les permite navegar por redes sociales, existe un riesgo, muy real, de ser despedido. No sólo por conectarse simplemente a Facebook o MySpace, sino también por colgar en la Red información sensible o comprometida. La consultora Proofpoint acometió un análisis sobre la filtración de información corporativa confidencial a través de redes sociales en 75 empresas de más de 1.000 empleados. Un 8% de ellas despidió, por lo menos, a uno de esos empleados por difusión de datos privados a través de esos sitios web.
En EE UU ha habido casos llamativos, bruscos finales de carreras brillantes a causa de enredos antológicos en una red social. Y si no, que se lo pregunten al jurista Jonathan MacArthur, que en 2007 perdió su puesto como juez sustituto en los Tribunales de Justicia del Norte de Las Vegas (Nevada) por la información publicada en su página personal de MySpace. En ese sitio web, MacArthur destacaba uno de sus intereses personales: "Romperme el pie estampándoselo a los fiscales en el culo... y mejorar mi capacidad de romperme el pie estampándoselo a los fiscales en el culo".
No hay evidencias ni acusaciones de que MacArthur haya agredido, jamás, a un fiscal. Su comentario, hecho en una página personal, suena a broma. Si se le pregunta, lo confirma: "Era, obviamente, un comentario jocoso". Este experto abogado criminalista, con un currículo impecable, había anunciado que se presentaría a las elecciones para juez en 2008. El campo de su probable oponente comenzó a investigar en su pasado. Otros compañeros de profesión le comentaron que corrían por la Red correos electrónicos con sus comentarios en una página de MySpace. Finalmente, el fiscal del distrito David Roger presentó en el juzgado aquel fragmento de la página personal de MacArthur, junto con otras muestras de su perfil de MySpace.
"Roger, envió un correo electrónico al tribunal explicando que si yo volvía a trabajar como juez sustituto, presentaría mociones para recusarme en todos los casos, y presentaría una demanda ética en mi contra", explica MacArthur, que sigue trabajando en Las Vegas como abogado, después de perder unas elecciones a juez hace un año. "Todo fue una sandez sin fundamento, pero suficiente para convencer al juez titular de que utilizarme como juez sustituto era un riesgo para su imagen innecesario".
MacArthur destaca lo obvio. Que el comentario lo había hecho desde el punto de vista de su anterior ocupación, como abogado defensor. Que se había sacado de contexto. Y que, además, las duras limitaciones de imagen pública que se aplican a los jueces titulares no sirven para los jueces sustitutos. "El 10 de agosto de 2007 se me informó de que no volvería a prestar servicio como juez sustituto. Nadie de la administración de justicia me pidió una explicación o el acceso a mi página completa de MySpace".
Aquel ascenso frustrado es una prueba de que los oponentes ―en el trabajo, en unas elecciones, en la política― pueden buscar y buscarán en las redes sociales información dañina que usar a su antojo. "De momento no creo que regrese a la política. Todo aquel proceso me costó un alto precio", añade MacArthur.
Es normal que, para analizar el rendimiento laboral y las capacidades de los trabajadores, los jefes y responsables utilicen no ya buscadores como Google, sino también las nuevas redes sociales. Según un reciente estudio de la página web de información laboral CareerBuilder, participada, en parte, por Microsoft, un 29% de los empleadores usa Facebook para comprobar si un candidato a un puesto de trabajo es el adecuado o no. Un 21% prefiere MySpace y un 26%, la red profesional LinkedIn.
Llaman la atención las razones de las empresas para no contratar a candidatos, todo un manual de qué no hacer en Internet: "El candidato colgó fotos o información provocativas o inapropiadas en un 53% de los casos... El candidato colgó contenido en el que refería beber alcohol o tomar drogas en un 44% de los casos... El candidato hizo comentarios discriminatorios en un 26% de los casos... El candidato mintió sobre sus cualificaciones en un 24% de los casos".
Parecen cuestiones de sentido común, pero en Facebook o MySpace el límite entre lo estrictamente privado y personal y la imagen pública es extremadamente borroso. ¿Quién no tiene a un compañero de trabajo o a algún jefe en la lista de amigos de Facebook? ¿A quién no le han etiquetado en una imagen con una copa en la mano? ¿Quién controla a la perfección los ajustes de seguridad para evitar que información privada esté al alcance de cualquiera?
Hay gente a la que esa interconexión le supone más un problema que un activo. Eugene Jones, trabajador del sector inmobiliario de Washington, de 28 años, no tiene Facebook, ni Twitter, ni MySpace. Cree que no le aportan nada a su trabajo y confía en una forma de comunicación más directa y sencilla. "Cuando tengo algo que decir, lo digo en persona o a través del teléfono o el correo electrónico".
Parece algo lógico. Generaciones enteras han vivido de ese modo. Pero hoy en día, en EE UU, es una tarea muy ardua encontrar a un solo joven de 15 a 30 años que no tenga Facebook. Cualquiera tiene una cuenta, aunque sea sólo testimonial. También están los actualizadores compulsivos, los que cuelgan fotos, cultivan granjas virtuales, difunden los vídeos que más les gustan y lanzan ovejas, zombies, corazones y bolsos de marca a sus amigos. Jones lo confirma: "Cuando la gente me dice que me va a añadir en Facebook y yo respondo que no tengo perfil, me miran como si estuviera loco, de verdad".
Según el doctor Fogg, de la Universidad de Stanford, la actitud de Jones es anacrónica. "No conozco a nadie que se haya dado de baja en Facebook. Esa actitud sería semejante a decidir abandonar la sociedad y vivir aislado en el desierto. Hay y ha habido, de siempre, gente que prefiere ese estilo de vida. Pero yo no lo veo como algo natural. Lo interpreto como una declaración de principios, como una voluntad de no estar conectado a una amplia red social".
El teniente Smith, de hecho, ha decidido regresar a Facebook. Va a dejar el cuerpo de Marines el próximo año. "Por divergencias entre cómo veo yo la vida y qué representan los marines", explica. De momento, ha añadido a algunos amigos. "A los de hace tiempo los tengo en un perfil limitado según el cual no pueden escribir mensajes en mi pizarra ni pueden etiquetar fotos con mi nombre. Es una medida preventiva hasta que logre la baja definitiva del ejército".
Hasta entonces, Smith seguirá sin estar plenamente en Facebook. Y eso le seguirá acarreando problemas con sus amigos, que pensarán que está limitando su libertad de expresión. Puede que las redes sociales llegaran hace poco más de cinco años, pero en el cambio de década son el campo en el que se juega la comunicación del futuro. Y para la inmensa mayoría no hay vuelta atrás.
© EDICIONES EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200
***
¿NOS QUEDARÁ ALGO DE PRIVACIDAD?
David Gelenter
La vida se transformará en datos electrónicos al alcance de los espías. Pero no se preocupen, hay solución.
David Gelernter es director científico de Mirror World Technologies, crítico de arte de la revista Weekry Standard y profesor en la Universidad de Yale
TIME, 18 DE FEBRERO DE 2000
Vivimos rodeados de ondas transmisoras de señales de radio y televisión. En el año 2025, estaremos inmersos en una "ciberesfera" por la cual circularán miles de millones de "estructuras de información" (invisibles pero reales, como las ondas de radio) que transportarán las palabras, imágenes y sonidos de los cuales depende nuestra vida.
Para entonces, el mundo electrónico habrá alcanzado una cierta coherencia. En lugar de teléfono, computadora y canales de televisión, habrá una sola red capaz de hacerlo todo, porque el conjunto de esos elementos serán simples variaciones de un mismo tema. Su función será sintonizar estas estructuras de información de la misma manera en que la radio sintoniza una emisora. Estas ciberestructuras tendrán distintas formas y tamaños, pero una de ellas, la "cibercorriente", será más importante que las demás. La cibercorriente será la crónica electrónica de nuestra vida diaria que acumula registros como si fueran perlas irregulares en una cuerda infinita. Este flujo virtual incluirá todas nuestras llamadas telefónicas, mensajes de correo electrónico, cuentas y extractos bancarios. Después de alimentar toda esta información al procesador de análisis estadístico, nuestros fieles servidores de software podrán intuir con sorprendente precisión nuestros planes para el futuro cercano. Encontrarán en nuestra vida patrones que ignorábamos por completo. Responderán correctamente a mensajes verbales concisos (“Llamar a Julieta”, “Comprar comida”, “Imprimir las noticias”) porque sabrán exactamente quién es Julieta, qué comida le hace falta y qué noticias queremos leer.
Todo parece indicar que en el 2025 la vida será sencilla. Nos deslizaremos en una alfombra mágica tejida con datos minuciosos y análisis estadísticos. Pero si alguien logra acceder a nuestra historia de vida electrónica, la expresión "invasión de la privacidad" adoptará un significado totalmente nuevo. El ladrón nos habrá robado no sólo nuestro pasado, sino también una guía fiable para nuestro futuro.
Estas estructuras de información recién están comenzando a emerger. Para el año 2025, una buena parte de la información privada del mundo estará almacenada en computadoras conectadas a una red global, y si un ladrón pudiera conectar su computadora a esa red, encontraría —en principio— la electrónica desde su máquina a la de usted.
¿Entonces, cuál es la novedad? La tecnología siempre ha amenazado la privacidad, y esas amenazas rara vez se concretan. Han sido derrotadas antes y volverán a serlo en el futuro por una fuerza mucho más poderosa que la tecnología. No es la ley ni la prensa. Tampoco los burócratas ni los jueces federales. Es la moral.
Después de todo, si quisiéramos podríamos tomar un par de potentes binoculares y espiar a nuestro vecino. Pero no lo hacemos. No porque no podamos o porque es ilegal o porque no estemos interesados —la curiosidad es un rasgo típicamente humano—. No lo hacemos porque es indigno. Porque sabemos que está mal y que nos sentiríamos avergonzados si lo hiciéramos. Las leyes no son buenas armas a la hora de proteger la privacidad. Generalmente, cuando nos amparamos en la ley es porque algo malo ya ocurrió y la sociedad ha salido perdedora. Intentar frenar el avance tecnológico es otra estrategia equivocada. Es un juego de tontos y no va a funcionar. El mejor método para proteger la privacidad en el 2025 es el mismo método que hemos utilizado siempre: enseñarle a nuestros hijos a diferenciar el bien del mal, haciéndoles saber que confiamos en que harán el bien. Estamos obsesionados con la privacidad porque hemos perdido de vista temporalmente una palabra más importante: la dignidad. Hablamos de nuestro "derecho a la privacidad" pero no es eso lo que queremos decir. Esta gastada idea se derrumba apenas la expresamos. ¿Privacidad para asesinar o para golpear a la esposa o a los hijos? ¿Privacidad para maltratar a un animal?; ¿para falsificar dinero? La privacidad no es un derecho absoluto; es un pequeño lujo que podemos darnos cuando lo conseguimos. La dignidad es una necesidad por la que debemos luchar. Y llegado el 2025, nuestra vida será mejor. No por la revolución tecnológica, sino por un renacimiento moral inevitable y mucho más importante.
***
Copiar y pegar, la nueva forma del plagio en la universidad
Preocupación en las aulas / Engaño o falta de conocimientos
Los docentes aprenden a detectar textos sacados de la Web
y presentados como propios
Domingo, 31 de mayo de 2009
Silvina Premat
La Nación
Cuando las respuestas de sus alumnos dan más información de la solicitada, revelan un nivel de conocimiento superior al esperado o están escritas en un lenguaje y estilo diferente al habitual del estudiante, el docente sospecha. ¿Estará frente a un texto copiado de Internet?
El apropiarse de ideas, afirmaciones o textos enteros ―acción más conocida como copiar y pegar― es cada vez más habitual en el ámbito universitario. Lo que hasta hace pocos años era un temor considerado exagerado por algunos es ahora cosa de todos los días, alentada por la facilidad de acceso a los sitios de Internet y la multiplicación de portales que ofrecen textos académicos, monografías y tesis.
"El copy/paste está siempre. Los profesores no se cansan de decirnos que, si sacamos algo de Internet, pongamos bien las referencias, pero ellos qué saben. Las posibilidades en la Web son infinitas", dijo con desparpajo Victoria, estudiante de 5° año de Medicina de la UBA y contó: "Hace poco, haciendo un trabajo en grupo para Historia de la Medicina, encontramos un párrafo perfecto para lo que queríamos decir. Por suerte una de las chicas se avivó y sugirió reescribirlo usando sinónimos y nadie se dio cuenta".
En una recorrida de La Nación por distintas facultades y en consultas telefónicas se constató que la preocupación por esta práctica está en los docentes y las autoridades.
"El concepto de plagio en la universidad está en contradicción con lo que ella es en cuanto transmisión y generación de conocimiento atravesado por valores como el respeto a la verdad", dijo María José Fittipaldi, coordinadora de la Secretaría Académica del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA). Allí trabajan en la prevención del plagio desde el comienzo de las carreras y, cuando se dan casos, además de la sanción disciplinaria, se hace con un alumno un trabajo para ayudarlo a tomar conciencia de lo que hizo.
Por eso, hay programas, como en la Universidad Virtual de Quilmes, que dedican dos clases de una licenciatura en Administración, a explicar qué es el plagio y cómo evitarlo. Otras, como la Universidad de Belgrano, incluyen esos contenidos en materias como Trabajo Final. En la Universidad Católica Argentina (UCA), y en otras, el copy/paste es considerado una falta grave que puede ser sancionada no sólo con desaprobar la materia, sino también con suspensión y hasta expulsión.
"Nos preocupa que el alumno percibe la Red como un conocimiento global que pertenece a todos. Por eso ponemos mucho énfasis en este tema", explicó Ana Kunz, titular de la materia Trabajo Final de la UB.
Gonzalo Alvarez, secretario académico de la Facultad de Derecho de la UBA, explicó que a veces "no se trata de plagio con intención dolosa, sino de extracción de fuentes de bajo nivel académico y de dudosa proveniencia", que, de todas formas, debe ser sancionado por "hacer propio algo que no lo es".
De su experiencia como docente recuerda un caso. En un trabajo de la materia Régimen Jurídico de la Educación ―a mitad de la carrera de abogacía―, se repetía la expresión "en nuestra Constitución", que sorprendió a Álvarez porque se refería a Uruguay. Pensó que el alumno era de ese país, pero lo descartó tras chequear el documento del estudiante. Buscó algunas frases en Google y encontró el texto íntegro. "Le hice rehacer el trabajo, pero no lo sancioné porque consideré más importante que aprenda que eso no se debe hacer."
Un profesor de Filosofía de la Universidad de La Plata contó que el año pasado tuvo un 20% de calificaciones CP (copy/paste). Cuando percibía algo extraño en los textos, los "googleaba" y, al constatar que eran copias, les ponía esa nota. "A todos los que tenían un CP como nota les costó mucho aprobar el final", afirmó el docente y agregó que este problema lo obligó a formular preguntas más precisas en los trabajos.
Los docentes también encuentran ayuda en la Web. Hay software que compara archivos de Word con toda la Red y estima el porcentaje de originalidad de los contenidos o confronta entre sí varios archivos ―los trabajos prácticos de alumnos de un mismo curso― para detectar repeticiones.
Muchos estudiantes no ven nada malo en el copy/paste y hay otros que se sienten impunes. Como el caso que contó María C., estudiante de Sociología: "En Filosofía Política, un compañero entregó un trabajo copiado íntegramente de Internet. La profesora lo descubrió y, además de bocharlo, lo escrachó frente a todos. El caso es grave porque ese chico ya estaba graduado como abogado".
En: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1134065
SOBRE LA ARGUMENTACIÓN (material teórico)
Cicerón definía la argumentación como «el discurso mediante el cual se aducen pruebas para dar crédito, autoridad y fundamento a nuestra proposición». Argumentar consiste, pues, en aportar razones para defender una opinión y convencer así a un receptor para que piense de una determinada forma. La argumentación se utiliza normalmente para desarrollar temas que se prestan a controversia, y su objetivo fundamental es ofrecer una información lo más completa posible, a la vez que intentar persuadir al lector u oyente mediante un razonamiento.
Por ejemplo, María le dice a Juan: "Deja de fumar, que te vas a destrozar los pulmones". María ha expresado una petición argumentándola (el tabaco perjudica los pulmones) para así justificar la conclusión a la que quiere llegar: No hay que fumar.
Si la persona que argumenta conoce en profundidad el tema del que habla, diremos que es un emisor cualificado. En cambio, cuando el hablante que argumenta transmite un mensaje elaborado por otros (los testimonios de famosos en la publicidad, por ejemplo), diremos que es un emisor interpuesto.
La argumentación y la exposición están estrechamente relacionadas: se expone para informar de algo y esta exposición se puede argumentar para convencer y persuadir de alguna propuesta. Ambas se pueden presentar de forma independiente. Sin embargo, frecuentemente se unen para formar textos expositivo-argumentativo: editoriales, reportajes, ensayos, críticas, informes, solicitudes, alegaciones, opiniones, tesis, sentencias...
Estructuración:
Un texto argumentativo consta de:
1. Tesis. Es la idea fundamental en torno a la que se reflexiona; puede aparecer al principio o al final del texto. Ha de presentarse clara y objetivamente. Puede encerrar en sí varias ideas, aunque es aconsejable que no posea un número excesivo de ellas, pues provocaría la confusión en el receptor y la defensa de la misma entrañaría mayores dificultades.
2. Cuerpo argumentativo. Despliega la idea o ideas que se pretende demostrar desde dos perspectivas: una de defensa de ellas, y otra de refutación contra previsibles objeciones. Esta última actitud no es necesario que esté presente, pero sí la primera. Consta, por tanto, de:
A. Argumentos. Una vez expuesta la tesis, comienza el razonamiento en sí, es decir, se van ofreciendo los argumentos para confirmarla o rechazarla.
B. Refutación. Puede hacerse de una tesis admitida o de las posibles objeciones que podría hacer el adversario a un argumento concreto.
3. Conclusión. El autor, en su demostración, reflexiona sobre el tema desde todos los ángulos, hasta llegar al objetivo deseado, que se ofrece como conclusión, a menudo anunciada al comienzo del escrito. Puede presentarse de varias formas:
A. Afirmación de una tesis. El contenido que desarrolla el autor se presta en su final a abstraer de los datos o ejemplos aducidos una idea general, explicativa del problema o de los fenómenos que se traten, la cual asume un rango de tesis.
B. Con carácter sugeridor. Este tipo de conclusiones se distinguen porque el escrito, si bien en el estadio final recoge en síntesis la idea sustancial de la exposición, no llega a hacer como definitivo su razonamiento o a completar su información. El autor apunta sugerencias para futuros trabajos, abriendo caminos hacia otras perspectivas antes de poner punto final a su propio texto.
Estrategias discursivas:
Las estrategias argumentativas son todos aquellos procedimientos discursivos que, de modo intencional y consciente, utiliza el hablante o el escritor para incrementar la eficacia del discurso al convencer o persuadir al destinatario en una situación comunicativa donde exista la argumentación.
– Definición (se parte de una definición para crear concenso)
– Referencias (históricas, literarias, etc.)
– Citas / citas de autoridad ( se apela a las autoridades en el tema para dar fuerza al planteamiento)
– Preguntas retóricas (para provocar la reflexión del lector)
– Contra-argumentación (anticipar y desmontar las posibles críticas a los argumentos propuestos)
– Ejemplificacion (casos concretos)
– Comparación
• Metáfora
• Analogía (asociación de dos hechos o ideas por similitud)
• Contraste / contraposición (dos posturas o ideas divergentes)
– Concesión (se reconoce cierta validez en posiciones contrarias a la propia)
– Ironía
– Datos / hechos / cifras / estadísticas
– Anécdotas
– Opiniones personales
Características lingüísticas:
1. La distribución del razonamiento en párrafos ayuda a asimilar mejor el contenido, a la vez que favorece la organización de las ideas. Es indudable que un texto debidamente fragmentado en párrafos es más fácilmente interpretado y asimilado que un texto indiviso.
2. Los nexos aseguran la evolución progresiva del texto, pues delimitan los párrafos entre sí, además de señalar los cambios de contenido y de reflejar cualquier variación que se produzca en el desarrollo del tema (conexión, restricción, oposición, relación causa-consecuencia, etc.). Suelen ser frecuentes los nexos consecutivos que introducen la conclusión a la que se ha llegado tras el razonamiento y que consolidan, por tanto, la opinión del autor. (en definitiva, en consecuencia, de este modo...).
3. Normalmente se emplea la oración de modalidad enunciativa, con el fin de transmitir una total objetividad. Por el contrario, las modalidades exclamativas, interrogativas o dubitativas son más frecuentes en textos donde se acentúa la actitud personal del escritor.
4. Cuando se trata de un tema conflictivo parece ser habitual que el autor introduzca elementos subjetivos, como si no pudiera evitar la intromisión apasionada de su punto de vista en la argumentación.
5. Es frecuente también la utilización de frases irónicas, que tienden a desestimar los argumentos opuestos a la tesis presentada. La ironía da por verdadera y seria una afirmación evidentemente falsa; tiene como finalidad reprochar algo al interlocutor, o hacerle partícipe de la burla o indignación del autor.
6. Ha de conseguirse la coherencia en su estructuración interna y también ha de observarse la claridad en la elocución.
7. El uso de la repetición potencia el efecto de convicción en el lector y favorece la cohesión entre las oraciones de un párrafo. No resulta adecuada en textos científicos, pues no aporta nada nuevo.
8. Es frecuente el empleo de tecnicismos correspondientes a la disciplina de la que trate el texto.
9. Se utiliza una sintaxis compleja, con largos períodos oracionales. Predomina la subordinación, más acorde con la expresión del razonamiento.
10. Se usan también los incisos cuya finalidad es la de aclarar algún aspecto que si bien se considera secundario, puede servir de apoyo al hecho principal.
Decálogo para elaborar un texto argumentativo
1. Determinar claramente cuál es la tesis del texto.
2. Definir el receptor a quien va dirigido el texto.
3. Cualquier afirmación ha de estar sustentada por una serie de argumentos, por lo que habrá que buscar todos los argumentos posibles a favor de la tesis.
4. Tener en consideración las opiniones, creencias y valores del destinatario para elegir aquellos argumentos que mejor puedan convencerle y desestimar los restantes.
5. Deben preverse las posibles objeciones del adversario a dichos argumentos.
6. Una buena introducción contribuye a captar la aprobación del auditorio.
7. El orden de los argumentos es un factor esencial. En beneficio del mismo, se evitarán las divagaciones, que podrían entorpecer la comprensión. Los argumentos más sólidos se deben incluir al final.
8. La conclusión debe tener fuerza e interés para ganar la complacencia del auditorio.
9. Emplear la lengua de forma adecuada, concisa y clara, sin renunciar a la ayuda que pueden proporcionar los recursos literarios.
10. Si la exposición es oral, conviene memorizar de modo general el texto para producir una buena impresión de seguridad en los oyentes.
Fuente: http://recursos.cnice.mec.es/lengua/profesores/eso2/t3/teoria_1.htm#arriba
Nota: damos las gracias a la profa. Adlin Prieto por estos materiales.
Guía de conectores
(fuente: http://leeryescribirenlausb.blogspot.com)
AGREGAR IDEAS
Asimismo (así mismo), además, también, de hecho, aunado a esto, de este modo, de esta manera, de la misma manera, vale citar, a tal efecto, en este orden de ideas, otra vez, de nuevo, al mismo tiempo, igualmente, adicionalmente.
NEGAR, OPONER O LIMITAR IDEAS
Pero, no obstante, sin embargo, empero, en oposición a lo anteriormente dicho, por el contrario, en contra de, opuesto a, en cambio, de otro modo, por otra parte, en vez de, contrariamente, mas, si bien es cierto que, no es menos cierto que, la verdad es que, aun cuando, ahora bien
PARAFRASEAR Es decir, esto quiere decir, parafraseando, en otras palabras, cabe decir, o lo que es lo mismo que.
EJEMPLIFICAR O ILUSTRAR
Por ejemplo, verbigracia, va ilustrar esta idea, para ilustrar esto, es así como, tal como sigue, de acuerdo con, especialmente, en particular, como, como puede apreciarse (suponerse, verse), tal como sucede, para ejemplificar tal consideración el autor (ensayista, periodista…) nos explica (aclara, expone, manifiesta…), otro caso particular es.
INDICAR ORDEN (DISCURSIVO, O TEMPORAL)
Seguidamente, en primer (segundo…) término (lugar), primero (segundo…), para empezar, finalmente, en conclusión, por un lado, por otro, posteriormente, para continuar, por último, luego, en lo sucesivo, inicialmente, en otro tiempo, otrora.
EXPRESAR CONCLUSIONES En conclusión, en suma, en resumen, resumiendo, como resultado de lo anteriormente dicho, en tesis, finalmente, a manera de colofón.
INDICAR CONSECUENCIA
Por lo tanto, así, como resultado, como consecuencia de, por esta razón, así pues, por ende, según esto, luego, entonces, de acuerdo con, por tal razón, de todo esto se desprende que, por consiguiente, como efecto de, de suerte que, de donde se sigue, de ello resulta que, esto hizo que.
PRESENTAR SEMEJANZAS, DIFERENCIAS O IGUALDAD
A diferencia de, paralelamente, igualmente, de manera semejante, semejante a, por el contrario, tanto como.
PRESENTAR CAUSA
Porque, pues, puesto que, dado, que, ya que, por el hecho de que, en virtud de.
EXPRESAR CONDICIÓN
Si, con tal que, cuando, en el caso de que, según, a menos que, siempre que, mientras, a no ser que.
SEÑALAR CERTEZA
Es evidente que, es indudable que, no hay duda de que, nadie puede ignorar que, es incuestionable que, de hecho, en realidad, está claro que, ciertamente, indudablemente.
ÍNDICE
APRENDER A PENSAR................................................................ 2
DISNEY Y EL PELIGRO DEL CORREO ELECTRÓNICO............ 8
EL FUTURO QUEDA EN EL 2020................................................ 11
LA CULTURA DEL CELULAR....................................................... 14
LOS ARREPENTIDOS DEL FACEBOOK (reportaje).................... 19
¿NOS QUEDARÁ ALGO DE PRIVACIDAD?................................. 27
Copiar y pegar, la nueva forma del plagio
en la universidad (reportaje).................................................. 30
SOBRE LA ARGUMENTACIÓN..................................................... 35
GUÍA DE CONECTORES............................................................... 39
Suscribirse a:
Entradas (Atom)